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La fiscal ni siquiera levantó la vista del escritorio cuando el inspector entró.

—Llegas tarde.

La puerta se cerró a su espalda. Cruz dejó el expediente sobre la mesa sin abrirlo. La fiscal ya lo había leído. Ambos lo sabían.

—Explícamelo tú —dijo ella, apoyándose en el respaldo de la silla—. No el sumario. Tu lectura.

El inspector se pasó la mano por la barba.

—Mi lectura es que nada de esto fue improvisado... hasta que dejó de serlo.

—Eso no es una respuesta.

—Es una alerta —corrigió él—. Jacob Masferrer no es torpe, impulsivo ni caótico. Si lo que pasó aquella tarde fue un homicidio, hubo planificación. Lo que describe parece una desaparición clásica, pero todo apunta a un caso sin cuerpo. Pensó que no habría pruebas.

—Y algo falló.

—El coche. Ahí es donde todo se rompe.

—Te escucho, Cruz.

—En un primer momento, todo parece cuadrar; sin embargo, cuando lo analizas despacio aparecen demasiadas inconsistencias. No hay marcas de frenada. El terreno no ayuda. Además, los daños del vehículo tampoco coinciden. El golpe es leve, no explica la herida que él tenía en la frente.

—Una herida profunda.

—Y contusa. Demasiado grave para el golpe que presenta el coche. Y no olvidemos los surcos ungueales en la cara: cuatro marcas paralelas, compatibles con uñas humanas. Eso es una lesión defensiva.

La fiscal asintió mirando sus notas con expresión concentrada.

—¿La sangre?

Cruz soltó una risa seca.

—No está donde debería. No hay en el asiento del copiloto.

En cambio, hay una cantidad anómala en la parte trasera: asientos, techo y alfombrillas.

No se ve a simple vista, pero con luminol el coche se iluminó como una feria.

Y también hay restos en el maletero, compatibles con una cobertura incompleta.

—Intentó limpiarlo.

—Sí. Lo hizo de forma irregular. Algunas zonas sí, otras no. Eso no cuadra con alguien meticuloso... salvo que una parte del plan se le fuera de las manos.

La fiscal le sostuvo la mirada.

—Y a partir de ahí improvisó.

—Eso creo.

—¿Crees que pensaba deshacerse del coche?

—Es lo más probable. Conservarlo implicaba demasiado riesgo. A pesar de todo, llegó al hospital.

—¿Por qué?

Cruz exhaló despacio.

—Porque ya no estaba pensando con claridad. Estaba herido, aturdido.

—Y no contó con la policía.

—No. Y eso es lo que nos indica que ahí ya había perdido el control.

La fiscal guardó silencio unos segundos.

—¿Qué pasó cuando lo llevasteis al terreno?

—No aportó nada nuevo. Repitió lo mismo que ya había declarado. Sin reacción. Como una estatua de mármol. Y su puñetero mantra...

—«No lo sé. No lo recuerdo».

—Exacto. No conseguimos sacarlo de ahí.

La fiscal hojeó el dosier.

—¿Y el bebé?

—No tenemos nada que pruebe que exista. Aparte de una ecografía al final de la semana diecinueve.

—La morfológica —dijo la fiscal.

—Sí. Esa. Según Masferrer, todo el resto del seguimiento se hizo de forma domiciliaria, pero esa prueba no se hace en casa. Requiere centro médico, equipo adecuado y registro. Por eso quedó constancia.

—Y después de eso, nada.

—Nada. Ningún ingreso, ningún seguimiento registrado, ningún control posterior. Bartomeu Masferrer, el padre de Jacob, nos entregó dos fotos de un bebé recién nacido. Dice que es su nieta, que su hijo se las mandó el día en que nació.

—¿Pudisteis verificarlo?

—No. Son dos primeros planos de un recién nacido. Podrían ser de esa niña o de cualquier otra.

—Entonces no sirven para nada, Cruz.

—No.

—Y todo lo que viene después es un vacío —dijo la fiscal.

—Exacto.

—Y ahí entra la vecina.

Cruz asintió.

—Es la única que sostiene una versión. Dice que Lara le contó que perdió el bebé en la semana veinte, en casa, que la atendieron allí. Que él se ocupó.

—Sin rastro, sin registro y sin nadie más que lo confirme.

—Sí.

—Y, aun así, él mantiene que la niña nació.

—Lo mantiene.

—Entonces tenemos dos versiones incompatibles y ningún elemento que sustente la suya.

—Fuimos a la casa la misma noche de la desaparición —continuó él—. No había ropa, no había cuna. Nada que indicara que allí vivía un bebé. Y tardó horas en mencionarla.

—Un padre puede estar en shock, puede no recordar detalles. Pero no olvida que tiene un hijo. Con lo que tenemos, para la fiscalía esa niña no existe.

—Eso es lo que indica todo.

—¿Hay algo que te haga dudar, Cruz?

No respondió enseguida.

—No es duda. Es extrañeza.

—¿Cuál?

—No ha cambiado su versión. No añade nada, no exagera, no se contradice. Sigue en lo mismo incluso cuando le perjudica.

—Eso puede ser cálculo. Sabe que cuanto más hable, más se expone.

—Hay una cosa que dice siempre. Es lo único que no me cuadra.

—¿Qué?

—Que no recuerda haberlo hecho ni tampoco recuerda no haberlo hecho.

La fiscal frunció el ceño.

—Eso no es habitual.

—No. Y cuando le preguntas si fue premeditado, dice algo más.

—¿El qué?

—Que un plan así no se construye en cinco minutos. Si lo hubiera planeado, recordaría haberlo trazado, y de los días anteriores sí se acuerda, aunque no con precisión.

—¿Y tú qué crees?

Cruz mantuvo su mirada un instante.

—Creo que hubo un plan. Y creo que algo salió mal.

La fiscal cerró la carpeta.

—Quiero verlo declarar. Cara a cara. Quiero oír cómo puede no saber si mató a su mujer o no lo hizo. Tanto si dice la verdad como si miente, tenemos un problema. Y, en cualquiera de los dos casos, no es inocente.