Recuérdame 5
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El despacho estaba en silencio. Paula se sentó, cruzó las manos sobre el escritorio y dejó que la conversación del día anterior volviera sola, sin forzarla.

Había empezado casi como una broma incómoda y había terminado dejando demasiados frentes abiertos.

Jac había hablado de crecer sintiéndose raro, observado y fuera de lugar.

De acostumbrarse tanto a ciertas miradas que, al final, terminaban formando parte de uno mismo.

De construir la propia imagen al mismo tiempo que levantaba muros para protegerla.

La distancia defensiva estaba tan arraigada en su personalidad que ya no era consciente de que existía.

Y eso encajaba con su forma de recordar: bordeaba las cosas importantes, las describía desde fuera, sin entrar del todo en ellas.

Volvió al olor, a la precisión con la que lo evocaba y a la alteración de su respiración cada vez que lo hacía. Algunos días era más evidente que otros, siempre suficiente para que alguien atento lo notara. Había visto varias fisuras, mínimas, pero importantes.

Pensó en Emma. En su ausencia en el relato del primer día. En su aparición espontánea unos días más tarde. Desde entonces siempre la había mencionado con naturalidad. No sabía aún qué significaba aquello, solo que no era casual.

En dos meses de sesiones diarias habían hablado de muchas cosas, no todas relacionadas con el caso.

No creía que Jac le hubiera mentido, al menos no de forma deliberada; Paula tenía esa sensación incómoda que a veces dejaban los pacientes cuando omitían más que falseaban.

La intuición de que, cada vez que se habían aproximado a lo ocurrido el día del accidente, él no le había contado toda la verdad.

Apoyó la espalda en la silla y miró el reloj. Faltaban dos minutos.

Si aceptaba avanzar, no sería reconstruyendo hechos. Sería entrando en su propio cuerpo, en las sensaciones, en aquello que había aprendido a mantener a distancia. Con cuidado y con tiempo.

Oyó pasos en el pasillo. Respiró hondo, se inclinó hacia delante y abrió la carpeta.

La sesión estaba a punto de empezar.

La puerta se abrió con un golpe suave.

—Hola —dijo Jac desde el umbral.

—Hola —respondió Paula—. Pasa.

Entró, cerró la puerta y se sentó sin prisa, todavía incómodo en aquel espacio.

—¿Qué tal estás hoy?

—Normal. Supongo —respondió mientras alineaba las cajas de forma casi inconsciente.

Ella no dijo nada, observó el gesto: exacto cada vez que se sentaba ante la mesa.

—He estado pensando en cómo hablas de ciertos recuerdos.

—¿Y?

—Da la impresión de que los observas desde fuera. Los describes, incluso los analizas, sin llegar a entrar en ellos.

Jac mantuvo su mirada unos segundos.

—Porque es así.

—Y creo que ahí está la barrera —continuó Paula—. No en recordar los hechos; en permitirte volver a ellos de verdad.

Él dejó escapar una exhalación leve.

—Le he dado vueltas. Desde antes de que tú llegaras aquí.

Una sonrisa distante apareció en sus labios.

—Y te voy a decir la verdad. Por primera vez voy a decírsela a alguien. Tengo miedo. No a recordar. Eso no. Quiero saber lo que pasó. Lo que me preocupa es cómo funciona la mente cuando deja de recordar.

Asintió, invitándolo a seguir.

—A la mente no le gustan las lagunas. Cuando no puede rellenarlas con recuerdos reales, muchas veces lo hace con otra cosa.

—Con recuerdos falsos.

—Exacto. Y cuando aparecen en el contexto adecuado, pueden parecer reales y coherentes, tanto que puedes acabar integrándolos y entonces dejas de saber qué es cierto. Ahora sé que no recuerdo. Es horrible, pero al menos sé dónde estoy atrapado.

Respiró hondo.

—Y luego está lo otro. Que alguien termine guiándome sin querer.

Una palabra. Una pregunta mal planteada.

No digo que sea intencionado, digo que puede pasar.

Por eso no quise hacerlo con Salvat y aún menos con Josep.

No confío en ellos, ni en su medicación ni en su manera de llevar las cosas.

Y no me voy a dejar guiar en algo tan delicado cuando no me siento seguro con la persona que me acompaña.

—Lo entiendo. Aun así, podría ser el camino, Jac.

—Tampoco garantiza nada. No voy a entrar en un trance revelador que me dé todas las respuestas.

—Eso está claro. No es magia ni hipnosis —respondió Paula—.

No se trata de inducirte nada, sino de acercarte a las sensaciones, al cuerpo, a lo que recuerdas de forma fragmentada, viviéndolo desde dentro, y ver si desde ahí aparece algo.

Seguirás estando aquí todo el tiempo. Y si te sobrepasa, se para.

—Lo sé. Creo que ya lo he probado todo excepto la reconstrucción sensorial, y nada ha funcionado, no he conseguido entrar. Quizá debería haberlo intentado.

Paula habló entonces con calma.

—Sabes que hacerlo solo es mucho más difícil.

—Lo sé —respondió—. Hacerlo respaldado es más efectivo; por eso también es más peligroso.

Ella negó despacio.

—Yo no diría que es más arriesgado. Diría que lo es de otra manera. Intentarlo solo, en alguien con episodios disociativos, tampoco es una buena idea.

—En eso tienes razón. Pero ya me entiendes.

—Sí. Te entiendo. No voy a empujarte. No voy a inducirte a nada. No voy a llevarte a ningún sitio. Si algún día haces esto conmigo, no será para que recuerdes algo, sino para que estés con lo que aparezca. Y nada más.

—Y si quisieras hacer lo contrario, tampoco me lo dirías.

Paula no se ofendió.

—Es verdad. Por eso esta decisión no puede ser mía.

—Y no es solo eso —añadió él, más serio—.

También me da miedo perder el control. He visto reconstrucciones salir muy mal.

A veces aparece algo que la mente no puede soportar y el paciente se desregula por completo.

—Se le marcó una sonrisa seca—. Ya sabes.

Gritos, contenciones, gente persiguiéndote con sedantes...

Como un documental de fauna salvaje, solo que bastante menos bonito.

Paula resopló apenas.

—Tranquilo. Creo que todavía no han incorporado pistolas tranquilizantes al protocolo del hospital.

—No, aunque algunos disfrutarían la experiencia muchísimo.

—Qué exagerado eres.

A Jac se le alzó un poco la comisura de los labios.

—Ya irás conociendo a la gente.

La sonrisa desapareció rápido.

—Ahora en serio, siempre me ha parecido aterrador que alguien deje de poder controlar su propia mente y, encima, también le quiten el control de su cuerpo. Cuando no puedes controlar nada... ¿qué te queda?

—Entiendo lo que dices. No se trata de forzar las cosas. Si notas que te activas, se acaba.

—Cuando esté preparado, si es que lo estoy, te lo diré.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

—Jac —dijo Paula—. Hay algo que necesito preguntarte.

—Dime.

—¿Crees que mataste a tu mujer?

Aguantó su mirada unos segundos.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Crees que lo hice?

La pregunta quedó suspendida en el aire.

Paula sintió ese silencio particular que aparece cuando una sesión deja de ser clínica del todo. No era hostil ni defensivo; era un silencio pesado.

Jac no esperó respuesta. Se levantó, la miró un segundo y salió de la consulta.

Ella se quedó mirando la puerta cerrada.

No había esperado esa pregunta.

Se obligó a levantarse. Tenía otro paciente esperando.

Durante el resto de la mañana hizo lo que sabía hacer: escuchar, preguntar, tomar notas, mantener la distancia justa, asentir cuando tocaba y reconducir cuando era necesario. Todo transcurrió con normalidad y, aun así, la pregunta seguía ahí.

Pensó en él mientras caminaba por el pasillo, mientras se servía un café demasiado aguado, mientras intercambiaba un par de frases banales con una compañera...

Intentó responderse con frialdad.

Sí, era posible. Entonces, ¿por qué algo dentro de ella se resistía tanto a aceptar esa realidad con una intensidad que no conseguía justificar desde lo estrictamente clínico?