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Los dos meses siguientes cambiaron la relación entre Paula y Jac más rápido de lo que ella había imaginado.

Había creído que sería complicado e incómodo; en cambio, se instaló una cercanía tranquila, casi natural.

Él acudía a las sesiones, hablaba, respondía y, en determinados momentos, incluso parecía relajado.

A veces podían mantener conversaciones que escapaban del marco clínico e incluso reírse.

No obstante, en el terreno terapéutico no había logrado avances significativos.

Seguía sin conseguir entrar en los recuerdos del día del accidente, y eso empezaba a generar una tensión difícil de ignorar.

Jac estaba en el jardín cuando Víctor lo encontró.

Se conocían desde hacía cinco años. Jacob Masferrer había llegado a Vallclosa como psiquiatra y Víctor trabajaba de celador mientras estudiaba enfermería en los ratos que le dejaban los turnos.

Ahora acababa de incorporarse como enfermero. Su relación no partía de cero.

Era la única familiaridad real que Jac había tenido en aquel lugar.

Con los demás apenas hablaba más allá de lo imprescindible.

No comía en la cafetería si podía evitarlo, no participaba en conversaciones de pasillo y nadie sabía demasiado de su vida fuera del centro.

Para algunos era arrogancia; para otros, simple rareza.

También estaban los que bromeaban con que tenía más pinta de psicópata que muchos de los pacientes ingresados.

Víctor, en cambio, se acercó. Tal vez porque, a sus dieciocho años, todavía no confundía la brusquedad con la soberbia.

Aquella forma de hablar tan directa, sin filtros ni adornos, no lo incomodaba.

El médico nuevo no le pareció prepotente ni huraño, sino claro: decía lo que pensaba, a veces con demasiada crudeza, sin obligar a nadie a interpretar lo que callaba.

Sentado en uno de los bancos de piedra, con la chaqueta abierta y las manos apoyadas en los muslos, Jac parecía más un visitante que un paciente.

El césped estaba húmedo y el aire olía a tierra removida.

Había dejado de llover hacía un rato. Sin embargo, el jardín conservaba ese brillo apagado de después de la tormenta.

—Hombre, vuelvo al trabajo y me entero de que te han puesto con la doctora guapa, ¿eh, figura? ¡Qué suerte tienes!

—Sí —respondió Jac—. Toda la suerte del mundo.

—¿Y ese tonito?

—¿Qué tonito?

—Ese. El de «esto no me gusta ni un poco».

—Nada, hombre.

—Venga ya. Te conozco. Cuando dices «nada» así, es que hay algo.

—Me han puesto con la doctora nueva. Primer trabajo después de la residencia. Tiene ganas de hacerlo bien, solo que es curioso.

—¿Qué tiene de curioso?

—No le das un caso que consideras muy complicado a alguien sin experiencia con pacientes difíciles. No empiezas una casa por el tejado... a no ser que quieras controlar tú las obras o que no quieras que el edificio se levante.

Víctor soltó una risa corta.

—Qué dices, tío. ¿Insinúas que Josep le ha dado el caso para manejarla o para que se estanque?

—No tiene por qué ser una cosa o la otra.

—O puede ser justo lo que han dicho. Que ella no te conocía de antes. No había trabajado contigo. No tenía una imagen previa de ti como colega. Partía de cero.

—Sí. También puede ser eso.

—A veces la explicación más sencilla es la correcta. Ya sabes, la navaja de Ockham.

—Exacto. Como la navaja de Ockham.

Víctor le dio una palmada en el hombro.

—Venga. No le des tantas vueltas. A lo mejor esta doctora es justo lo que necesitas.

Se alejó por el sendero sin esperar respuesta.

Jac se quedó solo. Miró el suelo húmedo, las hojas caídas y el banco de piedra bajo sus manos.

—La opción más simple...

No tenía claro qué era más fácil de creer: que Paula hubiera llegado sin prejuicios o que alguien prefiriera que su historia no terminara de resolverse nunca.

Pilar, una de las pacientes más veteranas del sanatorio, alzó la voz antes de que nadie pudiera decir nada más.

—He dicho que no quiero hablar contigo. Que te vayas.

El doctor Morales contuvo la respuesta. Paula dio un paso al frente.

—Buenos días, Pilar. ¿Puedo...?

Pilar la recorrió con una mirada rápida.

—Tú eres muy mona, niña, pero contigo tampoco quiero hablar. Lárgate tú también.

Señaló a Morales.

—Quiero a mi médico. Al guapo, al joven, al del cuerpazo de anuncio. No a vosotros.

Jac oyó la discusión y se acercó.

—Pilar. ¿Qué pasa?

—¡Tú! ¿Dónde estabas tú? Llevo rato esperando.

—Ya hemos hablado de esto. Yo no puedo atenderte. Ya no soy médico.

—¿Y por qué no? Sigues aquí. Yo quiero que me atiendas tú. No el viejo ese.

—No lo llames así.

—¿Por qué? Es viejo.

—No lo es.

—Pues lo parece.

—Es tu médico. Tienes que tratarlo con respeto y hablar con él.

—No. Yo solo hablo contigo. Así que quiero que se larguen.

Morales miró a Jac.

—Me voy. Luego hablamos.

Se alejó con tranquilidad.

Pilar sonrió.

—Ves. Tenías que haber venido tú desde el principio.

—Pilar, yo no me niego a hablar contigo. Si quieres, te escucho , pero hay cosas que ya no puedo decidir. Eso le corresponde al doctor Morales.

Pilar lo observó un momento y sonrió.

—Yo quiero verte a ti en consulta.

Se acercó un poco.

—Alegras la vista.

—Pilar...

—Me pensaré si le cuento algo a Morales o no. No me agobies.

Se alejó balanceando los brazos.

Paula dejó escapar una risa baja.

—Ya veo. Tus pacientes confiaban en ti por los másteres, el doctorado cum laude y todo eso. He leído que eres una eminencia.

Jac alzó la vista.

—¿Perdón?

—Ah, no. —Negó con la cabeza—. No era por eso. Es porque eres joven y guapo.

La expresión de Jac se cerró.

—Eso es ironía. Y no sé si me parece divertido.

—No. Es sarcasmo. Y no te lo parece.

Jac se pasó una mano por la nuca.

—Es que estas cosas me incomodan mucho, ¿vale?

—Se nota —repitió Paula, sin dureza.

—Cuando alguien dice que soy guapo... —dudó—, me entra una sensación rarísima. Como un síndrome del impostor.

—¿Un síndrome del impostor?

—Sí. Aplicado a esto. Suena absurdo, lo sé.

—No —dijo Paula—. Suena curioso.

—Nunca fui guapo, ni de niño ni de adolescente. Era más bien raro. Eso decían todos. Supongo que aprendí a asumirlo. Y ahora, cuando me dicen algo distinto, no sé muy bien qué hacer.

—Vale. Retiro oficialmente el cachondeo.

Jac la observó un momento y sonrió.

—¿Retiras también el halago?

—¿Quieres que lo haga?

—En los últimos tiempos me han recordado bastante que puedo no responder a todas o a alguna de las preguntas que se me formulen. Así que voy a dejar esta sin contestar, doctora.

Entró en el pabellón. Paula se quedó mirándolo desde la puerta y entonces se dio cuenta de que también estaba sonriendo.

No era solo la broma. Le costaba entender que alguien como él pudiera sentirse un impostor ante algo tan evidente; no solo por los rasgos, sino por la forma de estar, por esa elegancia natural y distante con la que se movía incluso allí dentro, siendo un paciente del centro.

Se colocó bien la bata, se apoyó un instante en la pared, respiró el aire fresco del jardín y se obligó a apartar esos pensamientos de su mente antes de volver al trabajo.