3
Paula llegó a la sala de entrevistas unos minutos antes de la hora marcada.
Dejó la carpeta sobre la mesa, se sentó y respiró hondo.
El espacio era neutro hasta rozar lo impersonal: paredes claras, una mesa rectangular con tres cajitas metálicas mal alineadas, dos sillas enfrentadas y una ventana alta por la que entraba una luz blanca, sin matices.
«Me han endosado este paciente, no me lo han cedido», pensó. La explicación oficial era razonable, aun así, su intuición le decía otra cosa.
Había leído el expediente con atención la noche anterior y tenía la sensación incómoda de estar entrando en terreno inestable.
Lo que la inquietaba eran las características del caso: un psiquiatra brillante convertido en paciente, una desaparición sin cuerpo, una hija que de forma oficial no existía y un relato lleno de huecos.
Oyó pasos al otro lado de la puerta y levantó la vista justo cuando Jacob Masferrer entró.
Cerró la puerta con cuidado, sin hacer ruido innecesario.
Vestía de forma sencilla y su aspecto era sereno, casi demasiado.
Caminaba con la seguridad de quien conoce bien ese tipo de ambientes.
Se sentó, miró las cajas y las colocó rectas, dejando el mismo espacio exacto entre cada una de ellas.
—Buenos días, doctora Allende —saludó.
—Buenos días, señor Masferrer. A partir de hoy soy la psiquiatra responsable de su seguimiento clínico.
—Lo imaginaba —respondió—. Tiene sentido.
—¿Ah, sí?
—Sí. Usted no ha trabajado conmigo. No tiene recuerdos previos que interfieran.
No dijo «sesgos», pero lo pensó.
—Antes de empezar, necesito preguntarle algo.
—Adelante.
—¿Tiene por costumbre decir cosas que no son ciertas?
No hubo sobresalto ni enfado ni defensa inmediata.
—No —respondió con calma—. ¿Por qué lo pregunta?
—Ayer, cuando nos conocimos, me dio a entender que trabajaba aquí.
A Jacob se le escapó una leve sonrisa, casi imperceptible.
—Eso no es exacto —corrigió—. Le dije que soy psiquiatra. Y lo soy. Usted dedujo lo demás.
Paula lo observó. Tenía razón y eso, lejos de tranquilizarla, la tensó un poco más. También la obligó a mirarlo con más atención de la que habría querido. Apartó la vista en cuanto fue consciente de ello.
—De acuerdo —concedió—. Era importante aclararlo.
—No hay problema.
—Esta es una primera entrevista. No es un interrogatorio policial. No estoy aquí para juzgarlo.
—Eso siempre se dice —replicó él con suavidad—, y casi nunca es cierto.
—Voy a empezar con algo sencillo. ¿Cómo se encuentra hoy?
—Lúcido y centrado. No estoy ansioso ni alterado. Ah, tampoco enfadado.
Paula lo observó con atención clínica.
—¿Triste?
—Cierto, me he olvidado de esa. La respuesta también es negativa.
Respuestas precisas. Conocía el protocolo y quería dejar constancia de ello. Paula lo apuntó en el expediente.
—¿Sabe qué día es hoy?
—Miércoles.
—¿Dónde estamos?
—Hospital psiquiátrico de la Vallclosa. Unidad de alta contención.
—¿Sabe por qué está aquí?
—De forma oficial, porque mi mujer desapareció. Y porque tengo lagunas de memoria.
—¿Y de forma no oficial?
—Porque alguien decidió que mi mente es inestable y mis recuerdos poco fiables.
—¿Usted cree que lo son?
—Creo que los recuerdos mienten más de lo que pensamos. Tengamos lagunas o no.
Paula sintió una ligera desazón interna.
—Si le parece —propuso él—, antes de seguir, me gustaría pedirle algo.
Paula lo miró, expectante.
—Prefiero que nos tuteemos y que me llame Jac. Hablar de usted dificulta la cercanía terapéutica y, en mi experiencia, sin cercanía no hay trabajo posible. ¿Puedo llamarla Paula?
Ella valoró la petición durante un instante. Había algo en él que hacía que cada gesto y cada palabra tuviera más intención de la que mostraba.
—Está bien. Empecemos. Quiero que me cuentes cómo recuerdas el día del accidente. No la versión ordenada ni la que ya has contado. Háblame de lo que recuerdas de verdad, tal como aparece en tu cabeza.
Él no respondió de inmediato. Cerró los ojos y asintió.
—Es la primera vez que me piden eso. Gracias.
—¿Por qué?
—Porque nadie se había interesado por lo que yo recuerdo, solo por reconstruir los hechos.
—Comienza por donde puedas.
—No empieza con una acción ni con un pensamiento —dijo—. Empieza con un olor.
—Adelante.
—Huele a flores. Jazmín, quizá. O dama de noche. Siempre confundo esos olores; en mi cabeza se mezclan.
Frunció el ceño.
—En nuestro jardín no hay ninguna de esas flores.
Sé que ese olor no podía estar ahí. Aun así, lo recuerdo con claridad.
Abro los ojos y el olor llega antes que la luz.
Lara duerme a mi lado, respira despacio.
Todo parece normal. Me levanto. El suelo está frío.
Me pongo la ropa de correr. La camiseta está helada, demasiado fría para haber pasado la noche dentro de la habitación.
Calló un instante.
—No recuerdo haberla sacado del armario. Y eso me molesta más de lo que debería. Salgo al pasillo. El suelo de madera cruje. La casa suena distinta, vacía. Abro la puerta principal. El aire me golpea como una ola de agua fría. El jardín está cubierto de un vapor muy fino, pegado al suelo. Corro.
Sus manos se cerraron despacio sobre las rodillas.
—Mis pasos suenan raros. A veces fuertes, a veces casi no se oyen.
Hay un eco. No sé si viene del campo o de mi cabeza.
Un sonido seco, breve: tac, tac. Y estoy otra vez frente a la casa.
No sé cómo he vuelto. Mi respiración está tranquila.
Entro. La cocina huele a café y a limón. Un olor ácido. Me molesta mucho.
No pudo evitar un gesto de repulsión.
—Lara ya está levantada. Eso es extraño.
Yo suelo preparar el desayuno y luego la despierto.
No recuerdo frases concretas. Recuerdo la prisa.
La sensación de que llegábamos tarde a algún sitio.
Salimos de casa. Parpadeo. Estoy en el coche.
El volante bajo mis manos. Las manos mojadas, tibias.
No sé si es agua o sangre. Tiro del cinturón. No se mueve. Tiro otra vez. Salgo.
Respiró hondo.
—El campo está en silencio. Grito un nombre. Nadie responde. Y entonces sé que tengo que volver a casa. No lo pienso. Solo arranco el coche y vuelvo.
Abrió los ojos.
—Eso es lo que recuerdo. No la versión ordenada que expliqué a la policía. Esto.
Paula no habló durante varios segundos. Había detalles sensoriales precisos, coherentes con un episodio disociativo, pero un vacío demasiado grande ocupaba el centro del relato.
—Jac, ¿estás seguro de que no hay nada importante que no hayas mencionado?
Él la miró con absoluta serenidad.
—Sí.
No dudó.
Paula cerró la carpeta despacio.
—De acuerdo. Por hoy lo dejamos aquí.
Se levantó sereno.
—Hasta mañana, doctora.
Abrió la puerta y salió. Paula permaneció sentada unos segundos más, con una sensación extraña instalada en el pecho.
El despacho de Josep Sanz estaba inundado de luz, demasiada. Paula entró y cerró la puerta tras ella.
—Siéntate —le dijo él—. ¿Qué te ha parecido?
—Coherente. Correcto. Muy contenido.
Josep apoyó las manos sobre el escritorio.
—¿Has notado las grietas?
—Sí.
—Es ahí donde hay que mirar.
—No ha hablado de la niña.
—Ante la policía sí lo hizo. Desde el primer momento. Con una convicción absoluta.
—¿Entonces piensa que su silencio ha sido deliberado?
—Exacto —respondió—. Con el inspector Cruz decidió hablar de ella. Hoy ha decidido no hacerlo.
—¿No cree que pueda haberla olvidado durante la entrevista?
—Jacob no olvida cosas importantes por azar, y menos cuando se le da espacio para recordar.
No se me ocurre ningún motivo para que haya actuado así —admitió—, y eso es lo inquietante.
Estructura sus relatos, decide qué muestra y qué oculta.
Aunque desde fuera aún no veamos la lógica, dentro de su cabeza la hay.
—¿Cree que está jugando, doctor Sanz?
—Creo que sabe con exactitud lo que hace —respondió—. Eso no significa que mienta. Significa que decide y elige. Por eso quería que llevaras tú el caso —añadió—. Queremos ver cómo responde si lo descolocan.
—¿Algún consejo?
—No intentes desenmascararlo —dijo Josep—. Aún no. Escúchalo. Registra qué dice... y qué no.
Se pusieron en pie y la acompañó hasta la puerta. La abrió.
—Paula, no des por sentado que la versión más explícita es la más verdadera. En Jacob, a veces, el silencio dice mucho más que las palabras.
Ella salió del despacho pensando en la niña. La pregunta ya no era si Jacob Masferrer la había omitido de forma deliberada, sino por qué.