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El edificio principal era lo opuesto al lugar que acababa de visitar.

La claridad entraba por los ventanales y se deslizaba por los pasillos, resaltando la funcionalidad del espacio, mientras a su alrededor los pasos y las voces del personal de enfermería marcaban un ritmo rápido y seguro.

En el aire flotaba ese olor reconocible a café de máquina mezclado con desinfectante, una combinación cotidiana que reforzaba la sensación de normalidad.

Todo allí tenía una cadencia distinta y previsible.

Paula sintió un alivio inmediato al cruzar la puerta.

Una enfermera la acompañó hasta la última planta y la dejó frente a una puerta de cristal esmerilado con una placa discreta:

Dr. Josep Sanz

Dirección Médica

—Puede pasar.

El despacho era amplio y estaba ordenado hasta el extremo, sin un solo objeto fuera de lugar. Los libros estaban alineados por tamaño, no por tema, y una ventana grande dejaba entrar la luz de la mañana.

Josep Sanz se levantó al verla entrar. Rondaba los sesenta años, con el cabello entrecano bien cuidado y la expresión correcta de quien ha aprendido a utilizar la sonrisa como una herramienta de trabajo más.

—Doctora Allende, bienvenida a la Vallclosa.

Le estrechó la mano con una firmeza medida.

—Antes de nada, quiero explicarle algunas cosas de este lugar.

Paula asintió, sentándose frente a él.

—Creo que una pequeña parte ya me la han explicado.

La frase salió sola, sin tiempo para pensarla.

Las cejas de Sanz se arquearon apenas un milímetro.

—¿Ah, sí?

—Sí. El doctor Masferrer.

El efecto fue inmediato. Sanz dejó de moverse. No fue teatral; solo se detuvo en seco.

—¿Quién ha dicho? —preguntó muy despacio.

—Jacob Masferrer. Me lo he encontrado en el pabellón antiguo y...

Paula no terminó la frase. Sanz ya había cogido el teléfono. Marcó un número sin apartar los ojos de ella.

—¿Por qué está abierto el pabellón antiguo? —dijo con una voz contenida, tensa—. ¿Quién ha autorizado el acceso?

Escuchó unos segundos.

—Quiero que lo revisen ahora mismo. Si hay alguien allí, lo quiero de vuelta. Ya.

Colgó sin despedirse.

El silencio que siguió fue denso. Paula sintió que algo se replegaba en su estómago.

—Necesito que me confirme una cosa, doctora Allende.

Sanz abrió un cajón, sacó una carpeta fina y extrajo una fotografía. Se la tendió.

—¿Es este el hombre con el que ha hablado?

Paula sintió un alivio extraño al reconocerlo.

—Sí. Él mismo. Con el ambiente del pabellón antiguo pensé..., no sé, que quizá me había sugestionado.

—Es Masferrer. Sí.

Hizo una ligera pausa.

—Pero hace meses que no trabaja aquí.

Paula parpadeó.

—¿Cómo que no...?

—Tuvo un problema laboral —respondió Sanz con un tono tenso que intentaba sonar natural—, y dos semanas después, su mujer desapareció. Se halló sangre de ella en el coche de ambos, en el asiento trasero y en el maletero.

Paula sintió que el aire se enfriaba un poco más. Una certeza empezaba a formarse en su mente, aunque esta se negaba a aceptarla.

—Él dice que no recuerda nada —continuó Sanz—. Habla de lagunas, de amnesia... La reconstrucción de los hechos es complicada.

—¿Complicada cómo?

Formuló la pregunta conociendo la respuesta de antemano y a la vez esperando que el director dijera algo que descartara que el paciente complicado, el hombre del que había oído hablar antes de llegar al hospital psiquiátrico de la Vallclosa, fuera Jacob Masferrer.

—La familia, los vecinos, el entorno cercano..., todos coinciden en algo —dijo sin apartar la mirada—: la mujer tenía miedo de él. Fue algo muy extraño, ni siquiera sabíamos que estaba casado. En fin, lleva casi dos meses ingresado en el módulo especial.

Paula respiró hondo antes de hablar. No sabía si estaba más sorprendida o asustada.

—Hay algo que no entiendo. Si trabajó aquí, ¿cómo puede ser que ahora sea paciente del mismo centro?

Sanz suspiró, no como quien se molesta, sino como quien ha tenido que responder esa pregunta demasiadas veces.

—No es lo ideal. Sin embargo, es legal y fue inevitable. El ingreso fue urgente, por orden judicial. No había ningún otro centro cerrado con camas disponibles en un radio razonable. La ambulancia llegó aquí. Aquí se quedó.

—Pero... ha salido de su pabellón. ¿No debería haber más control?

—Lo hay —aseguró—. Está en una unidad distinta a la que utilizaba como profesional. Él trabajaba en trastornos depresivos y prevención de conductas autolíticas; ese no es su perfil. Masferrer no ha mostrado ni un solo indicio de querer hacerse daño a sí mismo. Jamás.

—¿Y a otras personas del centro?

—De momento no; sin embargo, no podemos descartar un posible riesgo hacia terceros —dijo al fin—. Es uno de los motivos por los que está en unidad cerrada. El principal, por supuesto, son las medidas cautelares dictadas por el juez.

—Hoy estaba fuera —susurró Paula.

—Lo sé. Este centro es antiguo. Tiene rincones, zonas heredadas de otras épocas, y él conoce el edificio mejor que nadie.

Cuando trabajaba aquí le gustaba explorarlo en sus ratos libres.

Masferrer es una persona muy particular.

Lleva tiempo estable, es educado y colaborador.

Eso relaja la vigilancia. Y él sabe cómo actuar, qué pedir y a quién.

—¿Manipula?

—Es psiquiatra, brillante y demasiado inteligente para que podamos permitirnos bajar la guardia.

Paula sintió ese nudo frío formarse de nuevo en la espalda.

—¿Debería preocuparme?

—Debería ser prudente, doctora Allende. Con él y con todo lo que rodea su caso. Ha estado sola con un paciente investigado por desaparición violenta, en el edificio más aislado del complejo. Eso no debería haber ocurrido.

Paula apretó los labios. Pensó, sin decirlo: «¿Y quién debía haberlo evitado?».

Sanz pareció interpretar su silencio como incomodidad, no como reproche.

—Su llegada, en realidad, nos facilita el trabajo.

—¿En qué sentido?

—Usted va a hacerse cargo del caso Masferrer.

—¿Yo?

—Sí. Es lo más adecuado.

—Jacob conoce demasiado bien al resto del equipo. Prevé preguntas, estrategias y silencios. Con usted no tiene referencias.

Paula sintió una mezcla de rechazo y alerta.

—No puede anticiparme.

—Exacto.

—Y eso nos da una oportunidad clínica que no podemos desaprovechar.

Le estaban entregando un caso difícil. Un paciente que ya había cruzado límites y el sistema parecía más dispuesto a observar que a proteger.

Vallclosa, comprendió entonces, no iba a recibirla como a una recién llegada. Iba a ponerla a prueba.