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Recuérdame

Recuérdame

Por Laura Garcia-Martin

© inepub.com

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Paula Allende no había cerrado aún la puerta del coche cuando el frío la estremeció. No era un frío intenso, sino húmedo y fino, que parecía pegarse a la ropa y a la piel. No llovía y, sin embargo, el aire mojaba.

El arco de piedra del Sanatorio psiquiátrico de la Vallclosa se alzaba ante ella, silencioso e inmóvil. El olor era una mezcla de metal, moho y piedra saturada de agua estancada.

La enfermera que la recibió le indicó el camino hacia el edificio central. Paula sonrió, le dio las gracias y, entre los nervios y la inseguridad de empezar una vida nueva, tomó el sendero equivocado. La humedad del aire se volvió más densa y el frío más áspero.

El sendero desembocó en un edificio antiguo y majestuoso de piedra clara restaurada, con molduras limpias y una placa renovada tras una intervención reciente.

Era un pabellón histórico, conservado por fuera con el cuidado reservado a las reliquias. Las ventanas estaban cerradas, no tapiadas, sino clausuradas para proteger el interior.

Paula vaciló un instante y entró.

El cambio fue inmediato. El olor era rancio, encorchado, con un matiz terroso, a madera ajada y a historias estancadas en el tiempo.

El contraste con la fachada perfecta era casi violento.

Por dentro, el pabellón conservaba intacta su verdadera edad: pintura que se desprendía en diminutas escamas, baldosas que crujían bajo sus pies y pasillos estrechos donde la luz parecía no haber entrado en décadas; como si el exterior fuera una máscara y el interior el rostro real.

Dudó. Aun así, avanzó. En algunos puntos, el aire parecía espesarse.

—¿Hola? —susurró.

La palabra murió enseguida, absorbida por un eco demasiado profundo para un murmullo tan leve.

Siguió caminando hasta una placa oxidada que señalaba: Sala d’Hidroteràpia . Dentro, una bañera, que conservaba marcas antiguas de sujeciones, ocupaba el centro de la estancia. La cuerda rota de una persiana golpeaba la pared con un ritmo irregular, movida por un viento que no debería existir allí.

Otra corriente de aire le rozó el cuello, suave, cercana, imposible de localizar. Tragó saliva.

«Solo es un edificio viejo», se dijo.

Estaba observando una pared cubierta de inscripciones antiguas —nombres casi borrados, fechas incompletas, palabras que ya no significaban nada para nadie—, cuando lo oyó a su espalda.

—Impresiona, ¿verdad?

La voz no fue brusca ni alta, pero en aquel lugar cualquier sonido parecía amplificarse por el peso del silencio. Paula se sobresaltó y se giró de golpe.

Un hombre alto, con jersey oscuro y expresión serena, estaba de pie bajo un rayo de luz que descendía desde un hueco del techo.

No se había acercado ni invadía su espacio.

Permanecía quieto, tan integrado en la arquitectura que parecía llevar allí tanto tiempo como el propio edificio.

No parecía atrapado en aquel lugar; más bien lo miraba con la familiaridad de quien pertenece a él.

No vestía uniforme ni bata. Tampoco daba la impresión de haber llegado por casualidad.

—Perdón —dijo enseguida—. No quería asustarla.

Paula tardó un segundo en responder.

—No... no pasa nada. Es que no esperaba encontrar a nadie aquí. Solo me ha impactado.

Él asintió con naturalidad.

—Es normal. Este lugar provoca eso.

Miró alrededor, no a ella.

—Tiene carácter, personalidad, historia... No siempre amable.

Luego la miró con una atención tranquila y precisa, y le tendió la mano.

—Jacob Masferrer. Psiquiatra.

Paula dudó un instante antes de estrecharla. Al hacerlo reparó en la alianza, un dato mínimo que su cabeza retuvo antes incluso de saber por qué.

—Paula Allende.

—Ah... la doctora nueva.

—Sí. Creo que me he perdido.

—Es fácil. Este es el pabellón antiguo, el viejo sanatorio. Se conserva por su valor arquitectónico. Está declarado patrimonio cultural.

Alzó una mano en un ademán vago, casi afectuoso.

—Es el edificio más interesante del complejo, a nivel artístico...

y por todo lo que encierra. Si quiere, puedo enseñárselo y después acompañarla al que está en uso.

Nosotros lo llamamos «nuevo» por contraste —añadió, señalando la estructura—, aunque en realidad es un edificio viejo que se ha ido ampliando y reformando.

Está detrás de este, por eso no lo ha visto.

Paula dudó apenas un instante.

—De acuerdo.

Lo siguió por pasillos que parecían estrecharse con cada paso. Él iba mostrando rejas artesanales, antiguas salas de observación y habitaciones donde los espejos parecían negarse a devolver imágenes del presente, mientras la humedad se les pegaba a la piel.

Jacob hablaba con naturalidad, con una seguridad tranquila que parecía protegerlo de todo, sin embargo, hubo una expresión mínima: mientras comentaba una moldura, su atención se quebró un segundo, giró la cabeza hacia una puerta entreabierta, parpadeó despacio y luego sonrió.

La sonrisa llegó tarde, con el retraso de quien recuerda que debe hacerlo.

Paula sintió un tirón frío en el estómago. No era miedo, o no del todo; era más bien la sensación incómoda de que él estaba prestando atención a algo que a ella se le escapaba.

—No debería entretenerme más. Tengo que ver al doctor Sanz.

—La acompaño.

Al salir del pabellón antiguo, el cambio fue inmediato: el aire era más ligero, la luz más limpia y el edificio nuevo, con sus cristales claros y sus líneas de ladrillo, la devolvió al mundo real.

—Tengo entendido que no es un centro fácil —comentó Paula, más por mantener una conversación distendida que por auténtica curiosidad.

—Tenemos un pabellón cerrado —corroboró él mientras caminaban—, con casos delicados y vigilancia estricta.

—He leído algo sobre un paciente investigado por homicidio, en circunstancias especiales —dijo Paula.

—Sí. Es un caso complicado. No tanto por el cuadro clínico como por todo lo que lo rodea.

Se detuvieron ante la entrada principal.

—Mantiene una versión que no encaja con los hechos: una línea temporal imposible, una mujer desaparecida, una menor de la que no existe rastro...

Paula guardó silencio.

—¿Y usted qué cree?

Él no la miró al responder.

—No es paciente mío. Lo trata el doctor Salvat.

Se giró entonces hacia ella.

—Mi opinión personal no cuenta, doctora. Y, si me permite el consejo, no escuche a nadie. Haga su propio diagnóstico.

Habían llegado.

—El despacho de Josep Sanz está en la última planta —le indicó—; al salir del ascensor, a la derecha.

Paula dudó.

—¿Usted no viene?

Jacob volvió la vista hacia atrás, hacia el pabellón antiguo.

—Tengo que volver. Hay cosas que no he terminado allí.

No sonó a obligación, sino a algo personal.

—Y además... Josep no se alegraría mucho de verme ahora mismo.

Paula sonrió, sin saber muy bien por qué.

—Gracias, doctor Masferrer. Nos veremos por aquí.

—Seguro que sí.

Dio unos pasos hacia el ascensor.

—Doctora Allende.

Jacob la observó con una seriedad inesperada, los ojos verdes, atentos, demasiado lúcidos. Había algo inquietante en aquella nitidez, una intensidad que traspasaba la superficie.

—No se fie demasiado de nada ni de nadie. Este lugar...

Esbozó una sonrisa mínima y lanzó una mirada fugaz hacia el pabellón antiguo.

—Da igual. Ya lo irá entendiendo.

Paula tardó un momento en entrar al edificio nuevo. Tenía la sensación extraña de haber vivido algo que no terminaba de comprender.