Capítulo 19
Durante los días siguientes apenas conseguí apartar de mis pensamientos el nombre de María Pita.
Lo había escrito en una hoja de mi cuaderno, rodeado de interrogantes, y cada vez que encontraba un momento libre regresaba a los documentos que habían despertado mi curiosidad.
Sabía que compartir un apellido con una figura histórica no demostraba ningún parentesco, pero las coincidencias que había encontrado entre fechas, nombres y referencias familiares merecían una investigación más cuidadosa.
Había aprendido a desconfiar de las conclusiones apresuradas.
La genealogía podía convertirse en una actividad apasionante, pero también estaba llena de errores transmitidos durante generaciones.
Una fecha mal interpretada, dos personas con nombres semejantes o un apellido repetido podían llevar a construir relaciones familiares que nunca habían existido.
Por eso decidí no entusiasmarme demasiado hasta encontrar documentos que respaldaran aquella posibilidad.
Sin embargo, cada vez que recordaba la estatua de la Plaza de María Pita, experimentaba la misma emoción que había sentido durante mi primera visita.
No podía olvidar la figura de aquella mujer sosteniendo su lanza, ni la impresión que me produjo conocer la historia de su esposo muerto durante la defensa de La Coruña.
En aquel momento me había conmovido su capacidad de actuar en medio de una tragedia.
Ahora, la posibilidad de que su historia estuviera relacionada con la mía despertaba preguntas que iban mucho más allá de la simple curiosidad.
Comencé por estudiar su vida con mayor profundidad.
Busqué publicaciones históricas, consulté referencias documentales y tomé notas sobre las circunstancias que habían rodeado el ataque inglés de 1589.
También intenté conocer a la mujer que había existido detrás del personaje convertido en símbolo de la ciudad.
Descubrí que María Pita había llevado una vida mucho más compleja de lo que podía imaginarse al contemplar su monumento.
Su participación en la defensa de La Coruña era solamente uno de los episodios de una existencia marcada por matrimonios, viudeces, responsabilidades familiares, dificultades económicas y disputas en las que tuvo que defender sus derechos.
No había sido una figura distante, ajena a los problemas cotidianos.
Había sido una mujer de carácter firme, capaz de reclamar lo que consideraba justo y de enfrentarse a situaciones que muchas personas habrían preferido evitar.
Aquella faceta de su historia comenzó a interesarme tanto como su valentía durante la batalla.
Resultaba fácil admirar a alguien por un acto extraordinario, pero me parecía mucho más revelador descubrir cómo había vivido durante los años anteriores y posteriores a aquel acontecimiento.
María Pita no había permanecido eternamente en el instante heroico que representaba su estatua.
Después de la defensa de la ciudad había tenido que continuar viviendo, criar hijos, resolver problemas y enfrentarse a las dificultades propias de su tiempo.
Me pregunté cuántas veces habría sentido cansancio, frustración o incertidumbre.
Cuántas decisiones habría tomado sin saber si eran las correctas y cuántas noches habría pasado preocupada por el futuro de su familia.
No podía conocer sus pensamientos íntimos, pero los documentos me permitían comprender que su vida había sido bastante más complicada que la imagen de una mujer invencible.
Y eso me hizo admirarla todavía más.
No necesitaba imaginarla perfecta para reconocer su valentía.
Seguramente había cometido errores, discutido con personas cercanas y tomado decisiones que otros no compartieron.
Había vivido en una sociedad diferente a la mía, con costumbres y limitaciones que no podía juzgar únicamente desde mi experiencia.
Pero nada de aquello disminuía el valor de haber actuado cuando su ciudad estaba amenazada.
Comencé a comprender que admirar a una persona no significaba justificar todas sus decisiones ni convertirla en un ejemplo imposible de alcanzar. Podía reconocer sus contradicciones y, al mismo tiempo, valorar su determinación para enfrentarse a las circunstancias adversas.
Aquella reflexión me acompañó durante varias semanas, mientras continuaba reconstruyendo la rama familiar que había despertado mis sospechas.
***
Fue Carmen quien me ayudó a organizar mejor la búsqueda. Una mañana llegó a Aroma a ti con una carpeta bajo el brazo y la expresión satisfecha de quien acaba de encontrar algo interesante.
—Te traje algunas referencias que podrían servirte —anunció mientras se acomodaba en su mesa habitual—. Estuve hablando con una antigua compañera que conoce bastante sobre documentación histórica.
Le serví su café y me senté frente a ella durante unos minutos.
—¿Sobre María Pita?
—Sobre las familias de aquella época. Pero quiero advertirte algo: encontrar un apellido no es suficiente. Vas a tener que seguir cada generación hasta comprobar cómo se relacionan unas personas con otras.
Sonreí.
—Eso mismo llevo repitiéndome desde que apareció su nombre.
Carmen abrió la carpeta y me mostró varias anotaciones sobre archivos y publicaciones que podían orientarme.
Había referencias a documentos conservados en distintas instituciones y recomendaciones para consultar investigaciones históricas que distinguían los datos comprobados de las tradiciones transmitidas con el tiempo.
—Lo importante es que no intentes hacer encajar la historia a la fuerza —me aconsejó—. Si el parentesco existe, tendrás que encontrar la manera de demostrarlo. Y si no existe, también habrás aprendido algo.
Le agradecí sinceramente su ayuda. Durante los meses que llevaba viviendo en La Coruña había conocido personas que se interesaban por mi investigación sin esperar nada a cambio.
Algunas compartían recuerdos familiares, otras me recomendaban lecturas y unas pocas, como Carmen, dedicaban parte de su tiempo a buscar información que pudiera resultarme útil.
Aquella generosidad había contribuido a que dejara de sentirme una extranjera de paso.
Con paciencia fui reuniendo nuevas referencias.
Algunas confirmaban datos que ya conocía; otras me obligaron a corregir nombres y fechas que había anotado incorrectamente.
Hubo jornadas enteras en las que no conseguí avanzar y otras en las que una pequeña coincidencia me permitió relacionar documentos que hasta entonces parecían inconexos.
La investigación terminó conduciéndome a una línea de descendencia vinculada con uno de los hijos de María Pita.
A partir de allí tuve que seguir matrimonios, nacimientos y cambios de apellido a lo largo de numerosas generaciones.
No fue sencillo. Algunos registros estaban deteriorados, otros contenían diferencias en la escritura de los nombres y varios documentos exigieron consultas adicionales.
Recuerdo especialmente una tarde en la que regresé al apartamento con una copia documental que llevaba semanas intentando conseguir.
Había encontrado una referencia que permitía enlazar dos generaciones entre las que hasta entonces existía un vacío.
La revisé varias veces, comparándola con los registros anteriores y con las anotaciones que había preparado.
Por primera vez, la relación que había comenzado como una sospecha adquiría una continuidad documental que podía seguir de una generación a otra.
No me conformé con aquella coincidencia.
Solicité orientación para revisar las fuentes originales y comprobar que no estuviera confundiendo personas con nombres semejantes.
Después de varias semanas de verificaciones, conseguí completar una línea de ascendencia que conectaba mi familia con la de María Pita.
Me quedé inmóvil frente al escritorio.
Allí estaba.
La mujer cuya historia me había impresionado durante mi primer paseo por La Coruña formaba parte de mis antepasados.
Volví a recorrer con el dedo los nombres escritos en el árbol genealógico.
Cada generación representaba vidas que apenas comenzaba a conocer.
Había matrimonios, hijos, cambios de residencia y personas cuyos nombres habían sobrevivido únicamente porque alguien los había registrado en un documento.
Aquella sucesión de existencias terminaba conduciéndome hasta mis bisabuelos, mis abuelos, mis padres y, finalmente, hasta mí.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
No porque hubiera descubierto un apellido famoso entre mis antepasados.
Tampoco porque creyera que aquel parentesco me convertía en alguien diferente o más importante.
Lo que me conmovía era comprender que aquella mujer cuya valentía tanto había admirado pertenecía a la misma historia familiar que yo estaba intentando reconstruir.
Recordé mi primera visita a la plaza. Había permanecido largo rato frente al monumento, preguntándome cómo una mujer que acababa de perder a su esposo había encontrado fuerzas para continuar luchando. En aquel momento no sabía absolutamente nada de aquella posible conexión.
Ahora comprendía que, entre las innumerables personas que habían contribuido a mi existencia, también se encontraba ella.
Me llevé una mano al pecho y respiré profundamente.
—María Pita —murmuré—. Quién me habría dicho que terminaría encontrándote aquí.
Permanecí varios minutos contemplando los documentos. Después busqué la fotografía del monumento que había guardado entre mis recuerdos del viaje y la coloqué junto al árbol genealógico.
Me sentí profundamente conmovida.
No había heredado sus experiencias ni podía asegurar que poseyera su carácter.
La valentía no era una cualidad que pudiera demostrarse mediante un apellido o una línea de descendencia.
Pero saber que aquella mujer había formado parte de mi historia familiar me invitaba a mirar de otra manera las dificultades que yo misma había atravesado.
Pensé en mi separación de Roberto, en los años felices junto a Sergio, en su enfermedad y en la alegría inmensa que sentimos cuando los médicos nos hablaron de remisión.
Después recordé el accidente, la desesperación de aquellos primeros días y el largo período durante el cual había creído que nunca conseguiría recuperar las ganas de vivir.
Finalmente miré alrededor.