Recuérdalos Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Estaba en mi apartamento de La Coruña, sobre la cafetería que había abierto después de cambiar de país y abandonar un trabajo que durante años había considerado indispensable.

Había tomado decisiones difíciles. Algunas me habían dado miedo y otras habían nacido de circunstancias que jamás habría elegido. Sin embargo, seguía allí, intentando construir una vida que tuviera sentido para mí.

Por primera vez me permití reconocerlo sin sentir vergüenza.

Yo también había sido valiente.

***

Unos días después regresé a la Plaza de María Pita. Era una mañana luminosa y el cielo había dejado atrás las nubes que durante la semana anterior habían cubierto buena parte de la ciudad. Caminé lentamente hasta el monumento y me detuve frente a la figura de bronce.

La observé con una emoción diferente.

La primera vez había visto a una heroína española cuya historia me recordaba mi propio dolor. Ahora contemplaba a una mujer que había vivido siglos antes de mi nacimiento y cuya descendencia, después de atravesar numerosas generaciones, había llegado hasta mi familia.

Me impresionó pensar en todas las circunstancias que habían tenido que coincidir para que yo estuviera allí.

Si alguno de mis antepasados hubiera tomado una decisión diferente, si Víctor y su padre no hubieran cruzado el océano o si mis padres nunca se hubieran conocido, mi historia habría sido otra.

Durante mucho tiempo había considerado mi existencia únicamente desde los acontecimientos que recordaba.

Mi infancia, mi matrimonio con Roberto, el nacimiento de mis hijos, mi divorcio y los años junto a Sergio formaban parte de una historia que conocía bien.

Pero ahora comenzaba a comprender que aquella narración había empezado mucho antes de que yo llegara al mundo.

Miré el rostro de María Pita y sonreí.

—No eras perfecta —murmuré—. Y tampoco necesitabas serlo.

Me gustaba pensar que la verdadera fortaleza de aquella mujer no estaba en una supuesta ausencia de miedo, sino en haber actuado a pesar de él. Había vivido, amado, perdido y continuado enfrentándose a las dificultades de su tiempo.

Permanecí unos minutos más frente al monumento. Después tomé una fotografía y se la envié a Jeremy y Allison junto con un mensaje en el que les contaba el descubrimiento.

La respuesta de Jeremy llegó primero.

¿Me estás diciendo que tenemos una antepasada que defendió una ciudad durante una invasión?

Sonreí.

Eso indican los documentos que he conseguido reunir. Todavía quiero organizar toda la información para que puedan revisarla.

Allison respondió poco después.

¡Mamá, es increíble! Ahora entiendo por qué te emocionó tanto aquella estatua.

Me reí al leerla.

Cuando la conocí no tenía idea de que podía existir una relación familiar.

Jeremy volvió a escribir.

Vas a tener que contarnos toda la historia cuando vayamos.

Guardé el teléfono con una sonrisa. Pensé que mis hijos también estaban comenzando a interesarse por aquellos nombres que durante años apenas habían formado parte de nuestras conversaciones.

Quizás ese fuera uno de los regalos más importantes de mi investigación: ofrecerles la oportunidad de conocer una historia familiar que había permanecido dispersa entre recuerdos y documentos.

***

El descubrimiento de María Pita no fue el único que me emocionó durante los meses siguientes. A medida que continuaba investigando, comenzaron a aparecer otras historias que, aunque no estuvieran vinculadas con personajes conocidos, me resultaron igualmente valiosas.

Una de ellas surgió mientras revisaba antiguos registros relacionados con una rama familiar que había permanecido en Galicia durante varias generaciones.

Encontré referencias a un hombre dedicado al oficio de panadero.

Al principio anoté el dato como una curiosidad más, pero después descubrí que uno de sus hijos había continuado trabajando en el mismo oficio y que, años más tarde, otro descendiente también aparecía relacionado con una panadería.

Aquello despertó inmediatamente mi interés.

Durante varias semanas intenté reconstruir la historia de aquella familia. Los documentos no me permitían conocer todos los detalles de sus vidas, pero sí comprobar que el trabajo con la harina, los hornos y la elaboración del pan había formado parte de su sustento durante varias generaciones.

Me emocionó imaginar a aquellos hombres levantándose antes del amanecer para preparar la masa, encender los hornos y comenzar una jornada de trabajo mientras buena parte de la ciudad todavía dormía.

Pensé en las manos cubiertas de harina, en el calor de los hornos y en el aroma del pan recién hecho extendiéndose por las calles.

Una tarde, mientras preparaba bizcochos en Aroma a ti, recordé aquellas anotaciones y me quedé observando la masa que tenía entre las manos.

Sonreí.

Resultaba curioso que, después de haber trabajado tantos años en un banco, terminara dedicándome a un negocio donde buena parte de mi tiempo transcurría entre harina, mantequilla, huevos y azúcar.

Por supuesto, no creía que mi afición por la repostería fuera consecuencia directa de aquel parentesco.

Había aprendido a cocinar por gusto y perfeccionado mis recetas durante años.

Sin embargo, descubrir que algunos de mis antepasados habían dedicado su vida a un oficio relacionado con la elaboración de alimentos me produjo una alegría difícil de explicar.

Era como encontrar una coincidencia entrañable entre dos épocas separadas por generaciones.

Aquella noche incorporé los documentos a mi archivo y escribí unas páginas sobre la historia de aquellos panaderos.

No quería limitarme a registrar sus nombres y fechas.

Deseaba dejar constancia de que habían trabajado para sostener a sus familias, que probablemente habían enseñado el oficio a sus hijos y que, durante varias generaciones, el pan había formado parte de su vida cotidiana.

A partir de entonces, cada vez que encendía el horno de Aroma a ti, recordaba aquella rama familiar con una sonrisa.

El descubrimiento hizo que amara todavía más mi pequeño negocio. Ya no lo veía únicamente como el proyecto que había nacido de una sugerencia de Sergio, sino también como una actividad que, de manera inesperada, me acercaba a personas de mi propia historia.

***

Otras investigaciones me condujeron hacia relatos menos alegres.

Encontré cartas de una pareja que había tenido que permanecer separada durante varios años.

Él había emigrado a América buscando trabajo y ella se había quedado en Galicia al cuidado de familiares enfermos.

Las cartas conservadas no eran numerosas, pero bastaban para comprender la dificultad de aquella distancia.

En una de ellas, el hombre preguntaba por la salud de su esposa y le contaba que había conseguido un empleo que le permitiría comenzar a ahorrar. En otra, ella describía la soledad de los domingos y la tristeza de asistir a celebraciones familiares sin tenerlo a su lado.

Me impresionó la paciencia que exigía aquella relación. Las cartas tardaban semanas en cruzar el océano y, cuando finalmente llegaban, las noticias que contenían ya pertenecían al pasado. Imaginé a aquella mujer esperando al cartero y al hombre contando los días hasta recibir una respuesta.

No conseguí averiguar inmediatamente cómo había terminado su historia. Durante un tiempo solamente tuve aquellas cartas y algunas referencias dispersas. Después encontré documentos que indicaban que ella había viajado finalmente a reunirse con su esposo.

Me alegró descubrirlo, aunque no pude evitar preguntarme cuántas parejas habrían intentado lo mismo sin conseguirlo.

También encontré historias de viudez. Mujeres que habían quedado solas con hijos pequeños y hombres que habían tenido que hacerse cargo de sus familias después de perder a sus esposas.

Algunos volvieron a casarse; otros permanecieron solos durante el resto de sus vidas.

Los documentos apenas registraban aquellos acontecimientos, pero detrás de cada fecha de defunción imaginaba una casa donde alguien había dejado de ocupar su lugar.

Aquellas historias me resultaban especialmente cercanas.

Pensaba en Sergio y en la vida que habíamos construido juntos. Pensaba también en su primera esposa y en el dolor que él había atravesado antes de conocerme. Ambos habíamos experimentado pérdidas, aunque en momentos diferentes, y habíamos encontrado la manera de volver a amar.

Ahora era yo quien debía aprender a continuar después de despedirlo.

Sin embargo, ya no contemplaba aquella tarea con la desesperación de los primeros meses.

Había comenzado a comprender que seguir viviendo no significaba olvidar a quienes habían muerto.

Las personas podían permanecer presentes en nuestros recuerdos y en las decisiones que tomábamos, sin impedirnos descubrir nuevas razones para sentir alegría.

Entre los documentos también aparecieron historias de padres e hijos separados por el océano.

Algunos hombres habían emigrado solos con la intención de reunir dinero y enviar a buscar a sus familias.

Otros habían dejado hijos adultos en Galicia mientras ellos comenzaban una nueva vida en América.

Hubo familias cuyos integrantes terminaron establecidos en países diferentes y que nunca volvieron a reunirse por completo.

Una de aquellas historias me conmovió especialmente.

Se trataba de una madre que había permanecido en Galicia mientras dos de sus hijos emigraban.

En las cartas conservadas preguntaba por sus trabajos, por sus hogares y por los nietos que apenas conocía a través de noticias escritas.

En una de ellas mencionaba que guardaba las cartas recibidas en una caja y que las releía durante las tardes en que la casa le parecía demasiado silenciosa.

Tuve que detenerme al terminar de leerla.

Pensé en Jeremy y Allison, que vivían al otro lado del océano mientras yo comenzaba una nueva etapa en España.

Nuestra situación era muy diferente. Podíamos hablar por teléfono, enviarnos fotografías y organizar visitas con una facilidad que aquella mujer jamás había conocido.

Pero el sentimiento de extrañar a los hijos, de preguntarse cómo estarían y de desear compartir con ellos los pequeños acontecimientos cotidianos seguía siendo profundamente humano.