Capítulo 18 #4
El apellido aparecía en una rama que había comenzado a reconstruir a partir de registros de generaciones anteriores a mis bisabuelos.
Había nombres repetidos, fechas aproximadas y referencias a distintas parroquias de la zona.
Nada de aquello resultaba especialmente sorprendente, porque los apellidos podían repetirse entre familias sin que existiera un parentesco directo.
Pero aquella vez había algo diferente.
En uno de los documentos aparecía una referencia a una familia cuyo apellido reconocí inmediatamente.
Pita.
Me quedé observándolo.
Recordé la plaza, el monumento y la historia de aquella mujer que tanto me había impresionado durante mis primeros días en La Coruña.
María Pita.
Sacudí ligeramente la cabeza. El apellido podía ser una simple coincidencia. No había motivo para relacionar automáticamente a una familia antigua con la heroína de la ciudad. Aun así, la curiosidad me llevó a revisar los documentos con mayor atención.
Busqué una anotación que había realizado semanas atrás y comparé los nombres. Después abrí otro archivo y revisé una referencia familiar que hasta entonces había considerado secundaria.
Fue entonces cuando encontré algo que me hizo incorporarme en la silla.
En una de las ramas más antiguas que estaba intentando reconstruir aparecía una mujer identificada con el nombre de María Pita.
La referencia estaba incompleta y no permitía establecer todavía de quién se trataba, pero junto a ella figuraban otros datos que parecían relacionarse con la familia de Mayor Fernández de la Cámara y Pita.
Sentí que el corazón comenzaba a latirme con fuerza.
Volví a leer la anotación.
Después la leí otra vez.
No podía tratarse de una conclusión definitiva.
Necesitaba comprobar fechas, parentescos y fuentes originales antes de aceptar cualquier relación.
Había aprendido que las coincidencias genealógicas podían resultar engañosas y que bastaba confundir a dos personas con nombres semejantes para construir una historia completamente equivocada.
Sin embargo, aquella referencia había despertado una curiosidad que ya no podía ignorar.
Me levanté y caminé hasta la ventana. La lluvia continuaba cayendo sobre la calle y algunas personas avanzaban apresuradamente bajo sus paraguas. Desde mi apartamento podía distinguir el cartel iluminado de Aroma a ti, reflejado sobre el pavimento mojado.
Pensé en la primera vez que había llegado a la Plaza de María Pita. Recordé la impresión que me produjo aquella estatua, la historia de su esposo muerto durante el ataque y la extraña emoción que experimenté mientras imaginaba a la heroína enfrentándose a los invasores.
Entonces no había encontrado ninguna explicación para aquella sensación de cercanía.
Ahora, sobre mi escritorio, tenía un nombre que aparecía inesperadamente entre los documentos de mi propia investigación familiar.
Regresé a la mesa y abrí una página nueva en el cuaderno.
Escribí cuidadosamente:
María Pita. Investigar posible vínculo familiar.
Debajo anoté las referencias de los documentos y las preguntas que necesitaba resolver. Tendría que consultar nuevas fuentes, revisar los registros originales y determinar si aquella coincidencia conducía realmente a una conexión genealógica o simplemente a una familia con un apellido compartido.
Miré nuevamente el nombre.
Durante meses había seguido las huellas de Víctor y Blanca, convencida de que mi investigación me permitiría conocer mejor las vidas de aquellos antepasados que habían cruzado el océano.
Nunca había imaginado que, al avanzar hacia generaciones más antiguas, terminaría encontrándome con una referencia que me devolvía a una de las primeras historias que había descubierto en La Coruña.
Tomé la fotografía del monumento que había guardado entre mis recuerdos del viaje y la coloqué junto a los documentos.
Observé a la mujer de bronce, erguida sobre su pedestal, sosteniendo la lanza con aquella determinación que tanto me había impresionado.
—María Pita —murmuré—. ¿Qué tienes que ver con mi historia?
Por supuesto, la fotografía no podía responderme.
Pero aquella noche, mientras la lluvia continuaba golpeando los cristales y el aroma tenue del café recién preparado todavía parecía flotar desde la planta baja, comprendí que mi investigación acababa de tomar una dirección inesperada.
Había llegado a La Coruña buscando el pasado de mi familia y, sin proponérmelo, había construido allí una nueva vida.
Tenía un hogar, un negocio que comenzaba a prosperar y personas agradables con quienes compartir mis días.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentía que estuviera esperando a que algo cambiara para comenzar a vivir.
Y, sin embargo, el pasado todavía parecía tener algo importante que contarme.
Volví a observar el nombre escrito en mi cuaderno y sentí aquella misma curiosidad que me había acompañado durante el vuelo hacia España, cuando imaginaba a mis antepasados cruzando el océano en busca de un futuro diferente.
El hilo invisible seguía allí.
Solo que ahora parecía conducirme hacia una mujer cuya historia ya había logrado conmoverme antes de que yo sospechara siquiera que su nombre pudiera aparecer entre los de mi propia familia.