Capítulo 18 #3
Tenía una memoria extraordinaria para las historias del barrio y disfrutaba contando cómo habían cambiado las calles durante las últimas décadas.
También conocí a Carmen, una profesora retirada que solía visitar la cafetería después de sus caminatas.
Era una mujer conversadora, interesada en la literatura y la historia, que comenzó a traerme recomendaciones de libros y artículos sobre Galicia.
Cuando descubrió que yo había llegado desde Uruguay para investigar mis raíces familiares, se mostró especialmente entusiasmada.
—Aquí hay muchísimas familias con parientes en América —me explicó una mañana—. Durante generaciones se marcharon gallegos buscando oportunidades. Algunos regresaron, otros se quedaron allá y muchos dejaron descendientes que ahora vienen a conocer de dónde salieron sus abuelos.
—Eso es exactamente lo que estoy haciendo —respondí mientras le servía el café—. Aunque cada vez que creo haber encontrado una respuesta aparecen nuevas preguntas.
Carmen sonrió.
—Entonces estás investigando bien. La historia rara vez se deja ordenar con facilidad.
Con el tiempo, aquellas conversaciones se volvieron parte de mi rutina.
Algunos vecinos me recomendaron archivos y publicaciones; otros recordaban apellidos de familias antiguas o conocían personas que podían orientarme.
Aprendí que no toda información transmitida oralmente era confiable, pero también descubrí que una conversación casual podía ofrecer pistas valiosas para continuar buscando.
Don Manuel, por ejemplo, me habló de antiguos comercios y de cómo algunas familias habían cambiado de residencia dentro de la ciudad.
Carmen me ayudó a identificar referencias históricas que aparecían en documentos antiguos y me recomendó consultar ciertas publicaciones locales.
Una clienta que trabajaba con documentación histórica me explicó dónde podía solicitar orientación sobre determinados registros.
Agradecía cada sugerencia, aunque procuraba comprobar los datos antes de incorporarlos a mi árbol genealógico. Había aprendido a distinguir entre una historia familiar, una posibilidad razonable y un hecho respaldado por documentos.
Mis tardes libres y algunas mañanas de descanso continuaron dedicadas a la investigación.
Había organizado un pequeño escritorio en el apartamento, junto a una estantería donde guardaba carpetas, copias de documentos y fotografías.
Allí pasaba horas revisando registros, comparando fechas y tratando de comprender las relaciones entre las distintas ramas de mi familia.
En ocasiones, después de cerrar la cafetería, subía con una taza de té y continuaba trabajando hasta que el cansancio me obligaba a detenerme.
Otras veces prefería salir a caminar, visitar una librería o sentarme frente al mar.
Había aprendido que la investigación debía seguir siendo una actividad que disfrutara, no una obligación que terminara consumiendo todo mi tiempo.
También había comenzado a escribir pequeños relatos sobre los descubrimientos que realizaba. No eran textos destinados a publicarse, sino una manera de conservar la información de forma comprensible para mis hijos. Quería que, si algún día decidían leerlos, encontraran algo más que nombres y fechas.
Mientras tanto, la cafetería se convirtió en una fuente inesperada de satisfacción. Había jornadas difíciles, pedidos que se retrasaban y problemas cotidianos que debía resolver como cualquier comerciante. Pero también existían momentos capaces de compensar buena parte del esfuerzo.
Me gustaba observar a una pareja compartir una porción de tarta mientras conversaba, escuchar a un grupo de amigas reír alrededor de una mesa o ver a un cliente regresar porque deseaba probar nuevamente una receta.
En aquellas escenas encontraba una alegría sencilla que durante mucho tiempo había creído perdida.
La primera vez que una mujer me dijo que nuestra Red Velvet le recordaba a una tarta que preparaba su madre, tuve que contener la emoción. Pensé en Sergio y en todas las veces que había elogiado aquella receta.
Poco a poco, ver a otras personas disfrutar de los sabores que él tanto amaba comenzó a llenarme el alma.
No era lo mismo que tenerlo conmigo, por supuesto. Seguía extrañando su voz, sus abrazos y las conversaciones que habíamos compartido. Pero había descubierto una manera de conservar algo hermoso de nuestra vida sin convertir cada recuerdo en una herida.
Aroma a ti había comenzado como un proyecto comercial y se estaba transformando en un espacio donde yo también aprendía a vivir nuevamente.
***
Una tarde de otoño, después de cerrar la cafetería, subí al apartamento con una carpeta que había recogido esa misma mañana.
Contenía copias de documentos relacionados con una de las ramas familiares que estaba investigando.
Había conseguido avanzar en varias generaciones anteriores a Víctor y Blanca, aunque todavía necesitaba confirmar algunos vínculos.
Preparé una taza de té, encendí la lámpara del escritorio y extendí los papeles sobre la mesa.
Afuera comenzaba a oscurecer y la lluvia golpeaba suavemente los cristales.
Me gustaban aquellas tardes tranquilas, cuando el trabajo había terminado y podía dedicar algunas horas a mis investigaciones sin interrupciones.
Había recibido información sobre un matrimonio antiguo relacionado con uno de los apellidos que aparecían en los documentos familiares.
Al principio no le había prestado demasiada atención, porque todavía debía comprobar si pertenecía realmente a mi línea de ascendencia.
Sin embargo, al comparar los datos con otras partidas, encontré una coincidencia que me hizo detenerme.
Tomé mi cuaderno y revisé las anotaciones anteriores.