Recuérdalos Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Al terminar la llamada me quedé mirando la pantalla apagada. Sentía tristeza por la distancia que nos separaría, pero también una tranquilidad que no había experimentado en mucho tiempo. Mis hijos no necesitaban que permaneciera inmóvil para demostrarles cuánto los amaba.

Aquella noche llamé a Patricia. Escuchó mis planes en silencio y, cuando terminé, soltó una carcajada.

—¡Al fin vas a hacerle caso a mi hermano!

Me emocioné al escucharla.

—Parece que sí.

—Lauren, Sergio estaría feliz. Siempre decía que tus tartas merecían un local propio.

—Tengo miedo de equivocarme.

—Por supuesto que tienes miedo. Estás pensando en cambiar de país, de trabajo y de vida. Lo extraño sería que no lo tuvieras.

Su respuesta me hizo sonreír.

—¿Y si no funciona?

—Entonces buscarás otra solución. Ya lo has hecho antes.

Permanecimos hablando largo rato. Patricia me recordó que podía contar con ella y que, aunque la distancia cambiara nuestras rutinas, nuestra amistad no dependía de vivir en la misma ciudad.

Cuando nos despedimos, sentí que mi decisión comenzaba a adquirir una forma definitiva.

***

Encontrar el lugar adecuado llevó más tiempo del que imaginaba.

Visité varios locales comerciales, algunos demasiado grandes para mis posibilidades y otros que necesitaban reformas costosas.

También encontré espacios bien ubicados cuyo alquiler superaba el presupuesto que había establecido.

No quería comprometer todos mis ahorros ni comenzar aquella nueva etapa con una presión económica que terminara arrebatándome la tranquilidad que buscaba.

Fue una agente inmobiliaria quien me mostró una propiedad que llamó mi atención desde el primer momento.

Se encontraba en una calle tranquila, a una distancia razonable del centro histórico, y tenía una particularidad que la hacía especialmente interesante: en la planta baja funcionaba antiguamente un pequeño comercio y, sobre él, había un apartamento independiente con una habitación, baño,

cocina y una sala luminosa.

La fachada necesitaba pintura y el local llevaba algún tiempo vacío.

Sin embargo, al entrar, imaginé inmediatamente una cafetería acogedora.

Había espacio suficiente para colocar varias mesas, una barra de atención y una pequeña vitrina de repostería.

En la parte posterior se encontraba una zona que podía adaptarse para la preparación de alimentos, siempre que las obras y autorizaciones correspondientes lo permitieran.

Subimos al apartamento por una escalera interior. No era grande, pero tenía todo lo que necesitaba. La sala recibía abundante luz natural y una de las ventanas daba hacia la calle. Desde allí podía observar a los vecinos caminar, conversar y detenerse frente a los comercios cercanos.

—Tiene muchas posibilidades —comentó la agente—. Aunque necesitará algunas mejoras.

Recorrí las habitaciones con una emoción que intenté disimular. No era una propiedad lujosa ni especialmente moderna, pero podía imaginarme viviendo allí.

—Me gusta —admití.

Antes de tomar una decisión, solicité asesoramiento para comprobar que el local pudiera destinarse a una cafetería y que las condiciones de la propiedad fueran compatibles con mis planes.

También revisé los costos de acondicionamiento, el equipamiento necesario y las obligaciones fiscales y sanitarias.

La ilusión seguía intacta, pero quería que estuviera acompañada de decisiones responsables.

Finalmente, después de completar las gestiones necesarias para mi residencia y actividad económica, firmé el contrato de arrendamiento de la propiedad. La cafetería todavía era un proyecto, pero por primera vez tenía un lugar concreto donde comenzar a construirlo.

Los meses siguientes estuvieron llenos de trabajo.

Contraté a profesionales para realizar las reformas y acondicionar el espacio.

Elegí colores cálidos para las paredes, mesas de madera clara y sillas cómodas.

Quería que las personas sintieran que podían entrar a tomar un café sin prisa, leer un libro o conversar tranquilamente con alguien.

En una de las paredes coloqué estanterías con novelas, libros de historia y algunas publicaciones sobre Galicia.

También reservé un pequeño rincón para fotografías antiguas, aunque decidí no utilizar imágenes familiares demasiado personales.

Prefería conservar ciertos recuerdos en el apartamento, donde podía contemplarlos sin sentir que debía explicárselos a desconocidos.

La parte más emocionante fue organizar la cocina. Pasé horas seleccionando utensilios, probando recetas y ajustando cantidades. Quería ofrecer una variedad reducida de productos preparados con cuidado, en lugar de intentar abarcar demasiado desde el principio.

La tarta Red Velvet ocupó un lugar especial entre mis propuestas.

Cada vez que preparaba una, recordaba a Sergio sentado a la mesa, esperando impaciente a que terminara de colocar la cobertura de queso crema.

También incorporé su bizcocho de limón favorito, galletas de mantequilla, tartas de frutas y algunas recetas que fui adaptando después de conocer los gustos de mis futuros clientes.

Fue durante aquellos preparativos cuando apareció la pregunta que todavía no había conseguido responder.

¿Cómo iba a llamar a la cafetería?

Durante días anoté nombres en mi cuaderno. Algunos me parecían demasiado comunes; otros no transmitían lo que deseaba expresar. Quería algo sencillo, cálido y personal, pero sin convertir el negocio en un monumento a mi tristeza.

Una tarde, mientras preparaba una Red Velvet de prueba, el aroma de la vainilla y del bizcocho recién horneado llenó la cocina. Cerré los ojos y recordé a Sergio entrando en nuestra casa después de trabajar.

—No necesito preguntar qué estás preparando —decía, acercándose para besarme—. El aroma se siente desde la puerta.

Sonreí ante el recuerdo. Había sido una de esas escenas cotidianas que, mientras ocurrían, parecían insignificantes y que después de una pérdida adquirían un valor inmenso.

Miré la tarta sobre la mesa y pensé en todo lo que deseaba conservar de nuestra historia.

Sergio no estaba allí para compartir aquel proyecto, pero muchas de las recetas que ofrecería habían sido parte de nuestra vida juntos.

Prepararlas me permitía recordar sus gustos, sus bromas y las pequeñas celebraciones familiares que tanto disfrutábamos.

Entonces escribí dos palabras en una hoja.

Aroma a ti.

Las observé durante varios minutos.

No necesitaba explicar a quién estaba dedicado aquel nombre. Para los clientes sería simplemente una invitación a disfrutar de un lugar acogedor, lleno de aromas agradables. Para mí, en cambio, representaría algo mucho más íntimo.

Era una manera de recordar a Sergio sin quedarme detenida en su ausencia.

***

La inauguración llegó una mañana de primavera.

Había dormido poco durante los días anteriores, preocupada por los últimos detalles y por la posibilidad de que algo saliera mal.

Revisé varias veces las mesas, la vitrina, la máquina de café y los productos preparados para la jornada.

Había contratado ayuda para la atención y el funcionamiento de la cocina, porque pronto comprendí que no podía ocuparme de todo por mi cuenta.

Sobre la entrada, un cartel discreto anunciaba el nombre del establecimiento: Aroma a ti.

Antes de abrir, permanecí unos segundos frente a la puerta.

Recordé el día en que había dejado la casa de Roberto con algunas maletas, convencida de que mi vida se había derrumbado.

Después pensé en Sergio, en nuestro matrimonio y en aquellos años felices que terminaron de una manera tan inesperada.

Finalmente recordé el avión que me había llevado hasta España y las primeras veces que recorrí las calles de La Coruña sin saber qué encontraría.

Había atravesado demasiados cambios para llegar hasta allí.

Respiré profundamente y abrí la puerta.

Los primeros clientes fueron dos mujeres que trabajaban en un comercio cercano.

Entraron atraídas por el aroma del café y se sentaron junto a la ventana.

Poco después llegó un hombre mayor que pidió un cortado y una porción de bizcocho de limón.

Más tarde entró una pareja de turistas y, antes del mediodía, varias personas se acercaron para preguntar por los horarios y los productos que ofrecíamos.

No fue una inauguración multitudinaria, pero terminó siendo una jornada agradable. Al cerrar, estaba agotada y tenía los pies doloridos, aunque me sentía satisfecha. Había vendido buena parte de la repostería y recibido comentarios alentadores sobre el ambiente del local.

Subí al apartamento, me quité los zapatos y me dejé caer en el sofá. Después tomé el teléfono y llamé a mis hijos.

—¡Sobreviví al primer día! —anuncié apenas respondieron.

Jeremy soltó una carcajada.

—¿Y cuántos clientes tuviste?

—Los suficientes para mantenerme ocupada.

—¿Vendiste la Red Velvet? —preguntó Allison.

—Hasta la última porción.

—Entonces ya tienes una especialidad —comentó Jeremy.

Conversamos un rato y les mostré algunas fotografías del local. Ambos parecían sinceramente contentos y prometieron organizar una visita cuando sus obligaciones universitarias se lo permitieran.

Antes de dormir, envié una fotografía del cartel a Patricia.

Ya abrimos. Aroma a ti está oficialmente en funcionamiento.

Su respuesta llegó acompañada de varios corazones.

Mi hermano estaría presumiendo de ti con todo el mundo.

Me quedé mirando aquellas palabras y sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

—Ojalá pudieras verlo, Sergio —murmuré.

Aquella noche lloré un poco, pero no solamente de tristeza.

***

Con el paso de los meses, Aroma a ti comenzó a encontrar su lugar dentro del barrio.

Algunos clientes llegaban por curiosidad y regresaban porque les gustaban las tartas; otros descubrían que podían sentarse tranquilamente a leer o trabajar mientras tomaban café.

Poco a poco fui reconociendo rostros, aprendiendo nombres y descubriendo las preferencias de quienes nos visitaban con frecuencia.

Entre los primeros clientes habituales estaba don Manuel, un hombre jubilado que vivía a pocas calles del establecimiento.

Llegaba casi todas las mañanas, pedía café solo y se sentaba junto a la ventana con el periódico.