Recuérdalos Capítulo 18
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Capítulo 18

Los días comenzaron a sucederse con una rapidez que no había previsto.

Lo que inicialmente había organizado como un viaje de algunas semanas terminó convirtiéndose en una estancia mucho más prolongada.

Cada documento que encontraba me conducía hacia una nueva pregunta, cada conversación despertaba mi curiosidad y cada calle de La Coruña parecía ofrecerme una razón para continuar explorando.

Había llegado buscando respuestas sobre mis antepasados, pero poco a poco descubrí que también estaba comenzando a preguntarme qué deseaba hacer con mi propia vida.

Durante las primeras semanas dediqué buena parte de mis mañanas a visitar archivos, consultar registros y recorrer los lugares mencionados en las cartas de Blanca.

Había conseguido confirmar algunos datos familiares, aunque otros continuaban envueltos en contradicciones.

Encontré partidas antiguas, referencias a matrimonios y apellidos que se repetían entre distintas generaciones.

Aprendí a interpretar documentos escritos con una caligrafía que al principio me parecía imposible descifrar y descubrí que la paciencia era tan importante como la curiosidad cuando se intentaba reconstruir una historia familiar.

Por las tardes caminaba por la ciudad. Regresaba con frecuencia a la Plaza de María Pita, donde me gustaba sentarme a observar el movimiento de las personas.

La historia de aquella mujer continuaba impresionándome y, aunque ya había leído bastante sobre ella, siempre encontraba algún detalle nuevo que despertaba mi interés.

También recorría las calles de la Ciudad Vieja, visitaba pequeñas librerías y entraba en cafeterías donde podía pasar horas leyendo o trabajando en mis anotaciones.

Fue precisamente en aquellos establecimientos donde comenzó a tomar forma una idea que al principio me pareció absurda.

Una tarde lluviosa me refugié en una cafetería pequeña, atendida por una mujer mayor que preparaba tartas caseras.

El lugar tenía apenas seis mesas, una vitrina de madera y un aroma delicioso a café recién hecho.

Mientras observaba a los clientes conversar tranquilamente, recordé una de las bromas favoritas de Sergio.

—Deberías dejar el banco y abrir una cafetería —me decía cada vez que preparaba una de mis tartas—. Te aseguro que tendrías clientes haciendo fila desde la primera semana.

Siempre me reía de sus ocurrencias. Me gustaba cocinar, especialmente preparar postres, pero jamás había considerado seriamente convertir aquella afición en un negocio.

Mi trabajo en el banco me ofrecía estabilidad, independencia económica y una rutina que durante años había considerado indispensable.

Abrir una cafetería significaba abandonar buena parte de aquella seguridad para enfrentar un mundo completamente diferente.

Sin embargo, mientras contemplaba el pequeño establecimiento, me sorprendí imaginando cómo sería tener un lugar semejante.

Un espacio acogedor, con algunas mesas junto a las ventanas, estanterías con libros y una vitrina donde ofrecer las recetas que tanto le gustaban a Sergio.

Pensé en mi tarta Red Velvet, en los bizcochos de limón que preparaba los domingos y en las galletas de mantequilla que siempre desaparecían cuando nuestros cuatro hijos nos visitaban.

La idea me acompañó durante el resto del día.

Intenté descartarla, convencida de que se trataba de una ocurrencia pasajera, pero volvió a aparecer durante las semanas siguientes.

Cada vez que entraba en una cafetería observaba la distribución del espacio, la atención a los clientes y la variedad de productos.

Comencé a preguntarme cuánto costaría alquilar un local, qué permisos necesitaría y si realmente sería capaz de administrar un negocio propio.

Mientras tanto, mi estancia en La Coruña continuaba extendiéndose.

Había conseguido organizar una rutina que me resultaba agradable.

Me levantaba temprano, desayunaba mientras revisaba mis notas y dedicaba algunas horas a la investigación.

Después salía a caminar, hacía compras y aprovechaba para conocer nuevos rincones de la ciudad.

Por las noches hablaba con mis hijos y con Patricia, que seguía interesándose por mis descubrimientos.

Un día, durante una de aquellas conversaciones, Allison me preguntó cuándo pensaba regresar.

—Todavía no lo sé, cariño —respondí mientras acomodaba el teléfono sobre la mesa—. Hay algunos documentos que quiero consultar antes de volver.

—Mamá, llevas bastante tiempo diciendo lo mismo.

Me reí porque tenía razón.

—Es que cada vez que encuentro algo aparecen tres preguntas nuevas.

—Jeremy dice que terminarás mudándote a España.

La observé en la pantalla. Había pronunciado aquellas palabras en tono de broma, pero sentí que algo dentro de mí se detenía.

—No sería una idea tan descabellada —respondí después de unos segundos.

Allison dejó de sonreír.

—¿Lo estás pensando en serio?

Miré hacia la ventana de mi habitación. Afuera comenzaba a oscurecer y las luces de la calle se reflejaban sobre el pavimento húmedo.

—No lo sé todavía. Pero me gusta estar aquí. Mucho más de lo que esperaba.

Aquella conversación me obligó a reconocer algo que llevaba semanas evitando admitir: no tenía demasiadas ganas de regresar a mi antigua vida.

No se trataba de que hubiera dejado de querer a mis hijos, a Patricia o a las personas que formaban parte de mi mundo.

Tampoco deseaba escapar de los recuerdos de Sergio, porque había comprendido que viajar miles de kilómetros no conseguía borrar una ausencia.

Lo que ocurría era diferente. Por primera vez en mucho tiempo, comenzaba a imaginar un futuro que no dependía de recuperar lo que había perdido.

La Coruña me ofrecía la posibilidad de construir algo nuevo.

***

La decisión no llegó de un día para otro.

Durante varias semanas analicé mis posibilidades, revisé mis ahorros y consulté con profesionales sobre los requisitos necesarios para residir legalmente en España y abrir un negocio.

No quería cometer el error de confundir entusiasmo con viabilidad.

Había aprendido demasiado a lo largo de mi vida como para abandonar mi estabilidad sin comprender las consecuencias.

También tuve que pensar en mi trabajo. Llevaba casi veinte años vinculada al banco y renunciar significaba cerrar una etapa importante.

Había construido allí una carrera, amistades y una independencia que me había permitido sostenerme cuando decidí separarme de Roberto.

Aquella estabilidad había sido fundamental para recuperar el control de mi vida y no estaba dispuesta a restarle valor.

Pero también comprendí que agradecer lo que una etapa me había ofrecido no significaba estar obligada a permanecer en ella para siempre.

Cuando finalmente me sentí preparada, organicé una videollamada con Jeremy y Allison. Quería que ambos escucharan mis planes directamente de mí, antes de que cualquier comentario familiar terminara convirtiéndose en una preocupación innecesaria.

—Tengo algo importante que contarles —comencé.

Jeremy levantó las cejas.

—Eso suena serio.

—Lo es, pero no quiero que se alarmen. He estado pensando mucho durante estas últimas semanas y creo que quiero quedarme a vivir en La Coruña.

Durante unos segundos ninguno de los dos respondió.

—¿Quedarte definitivamente? —preguntó Allison.

—Quiero intentarlo. Todavía tengo trámites que resolver y muchas cosas que organizar, pero sí. Me gustaría establecerme aquí.

Jeremy se acomodó en su asiento.

—¿Y qué vas a hacer con el trabajo?

—Tendré que renunciar cuando tenga todo preparado. No es una decisión sencilla, pero he revisado mis posibilidades económicas y creo que puedo hacerlo.

—¿Y de qué vas a vivir? —preguntó Allison, preocupada.

Sonreí.

—Estoy considerando abrir una cafetería.

Ambos me miraron con sorpresa.

—¿Una cafetería? —repitió Jeremy.

—Sí. Una pequeña, con repostería casera. Llevo semanas estudiando la idea.

Allison fue la primera en sonreír.

—A Sergio le habría encantado.

Sentí una emoción inesperada al escuchar su nombre.

—Lo sé. Fue él quien me lo sugirió tantas veces que terminé recordándolo cuando menos lo esperaba.

Jeremy permaneció pensativo unos segundos antes de hablar.

—Mamá, ¿estás segura de que quieres quedarte allí sola?

Comprendí su preocupación. Mis hijos habían presenciado mi sufrimiento después de la muerte de Sergio y sabían cuánto me había costado recuperar cierta tranquilidad. La idea de que me instalara en otro continente, lejos de ellos, seguramente despertaba temores que no podían expresar con facilidad.

—Sí, Jeremy. Estoy segura de que quiero intentarlo.

—Pero aquí tienes a tu familia.

—Y siempre voy a tenerla. Que viva en otro país no significa que deje de ser su madre ni que ustedes dejen de ser lo más importante para mí. Podemos visitarnos, hablar todos los días si queremos y seguir compartiendo nuestras vidas. Además, ustedes están construyendo sus propios caminos.

Allison bajó la mirada.

—Es que me da tristeza pensar que no vas a estar cerca.

—A mí también me va a costar no verlos tan seguido —admití—.

Pero hay algo que necesito que comprendan.

Durante muchos años organicé mi vida alrededor de las necesidades de otras personas.

Primero las de su padre, después las de ustedes mientras crecían y más adelante las de Sergio cuando estuvo enfermo.

No me arrepiento de haber cuidado a quienes amo, pero ahora tengo la oportunidad de hacer algo que deseo por mí misma.

Jeremy asintió lentamente.

—Entonces hazlo, mamá. Solo queremos que estés bien.

—Y que no te metas en un problema económico por abrir una cafetería —agregó Allison, intentando aligerar la conversación.

Me reí.

—Prometo no hacerlo sin estudiar cada detalle.

Hablamos durante casi una hora. Les expliqué mis planes, las gestiones pendientes y la posibilidad de instalarme en un pequeño apartamento cercano al negocio.

También les prometí que, cuando todo estuviera organizado, podrían visitarme y conocer la ciudad que tanto había comenzado a significar para mí.