Recuérdalos Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Para algunas personas significaba defender una ciudad; para otras, abandonar su tierra buscando oportunidades.

Y para otras, simplemente levantarse una mañana después de haber perdido a alguien amado y encontrar una razón para continuar.

No sabía si aquello era suficiente para considerarme valiente, pero comenzaba a preguntarme si había sido demasiado dura conmigo misma.

***

Me levanté del banco y caminé lentamente hacia el monumento. Quería observar los detalles de cerca. La expresión de la mujer, la posición de sus brazos y la manera en que sostenía la lanza parecían transmitir un movimiento que el bronce había conseguido detener para siempre.

Me situé frente a ella y levanté la mirada.

Entonces experimenté una sensación extraña.

No sabría explicar exactamente qué ocurrió.

Tal vez fue la intensidad con la que había leído su historia o la emoción que todavía me provocaba pensar en su pérdida.

Quizás influyó el sonido del viento atravesando la plaza, mezclado con las voces de las personas y el eco de los pasos sobre el pavimento.

Durante unos instantes, mientras contemplaba la figura de María Pita, tuve la impresión de que el monumento dejaba de ser una representación inmóvil. Casi pude imaginarla viva.

La vi, en mi imaginación, entre el humo y el estruendo de una batalla.

Su ropa se agitaba mientras avanzaba entre los defensores de la ciudad.

A su alrededor había hombres y mujeres que gritaban, corrían y trataban de impedir que los atacantes continuaran avanzando.

Imaginé el miedo en los rostros de aquellas personas y el cansancio acumulado después de tantos días de resistencia.

Después la imaginé junto a su esposo caído.

Por un instante, el dolor pareció detenerla.

Conocía aquella expresión. La había visto reflejada en mi propio rostro durante las semanas posteriores a la muerte de Sergio.

Era el desconcierto de quien acaba de perder a alguien y todavía no consigue comprender que el mundo pueda continuar existiendo sin esa persona.

Pero en mi imaginación María Pita levantó la mirada. A su alrededor, la batalla continuaba. Entonces se incorporó. No porque hubiera dejado de sufrir, sino porque todavía había algo que defender.

La imaginé tomando la lanza y llamando a quienes permanecían cerca.

Vi a otras mujeres sumarse a la resistencia, algunas con miedo, otras con rabia, todas decididas a impedir que su ciudad fuera derrotada.

Aquella escena se formó con tanta claridad en mi mente que durante unos segundos olvidé el movimiento de la plaza.

Un sonido cercano me devolvió al presente. Una niña corría detrás de unas palomas mientras su madre le pedía que no se alejara demasiado. Un grupo de turistas se acomodaba para tomar una fotografía y, desde una terraza, llegaba el murmullo de varias conversaciones.

Parpadeé y volví a contemplar la estatua. Seguía allí, inmóvil, sosteniendo su lanza sobre el cuerpo de su esposo. Sonreí ligeramente, sorprendida por la intensidad de mi imaginación.

Siempre había disfrutado de las historias, pero pocas veces una figura histórica había despertado en mí una emoción semejante. Había algo en aquella mujer que me resultaba cercano, aunque nuestras vidas estuvieran separadas por siglos y circunstancias completamente diferentes.

No sabía por qué. Tal vez fuera su condición de viuda, su capacidad para continuar actuando después de una pérdida o aquella determinación que parecía atravesar el tiempo desde lo alto del monumento.

Pero sentí una energía especial. No una fuerza misteriosa que pudiera identificar o explicar, sino una emoción profunda, una mezcla de admiración y cercanía que me hizo permanecer allí más tiempo del previsto.

Era como si aquella historia hubiera encontrado una manera de alcanzarme precisamente cuando más necesitaba escucharla.

***

Decidí sentarme en una cafetería de la plaza. Elegí una mesa desde la que podía continuar observando el monumento y pedí un café. Mientras esperaba, saqué mi cuaderno de viaje y escribí la fecha junto al nombre del lugar: Plaza de María Pita. La Coruña.

Debajo anoté algunos datos sobre la heroína y su participación en la defensa de la ciudad. También escribí el nombre de su esposo y el año del ataque. Quería recordar aquella historia y, quizás, investigar más sobre ella cuando tuviera tiempo.

Después permanecí unos segundos con el bolígrafo suspendido sobre la página. Finalmente escribí:

Hoy conocí la historia de una mujer que perdió a su esposo y encontró fuerzas para defender aquello que amaba.

Me impresionó su valentía, pero también me hizo pensar en el dolor que debió sentir.

A veces admiramos los actos extraordinarios sin detenernos a imaginar el sufrimiento de quienes los protagonizaron.

Leí aquellas palabras y continué:

No sé si algún día conseguiré sentirme fuerte nuevamente. Pero quizás la fortaleza no consista en dejar de sufrir, sino en descubrir que todavía podemos hacer algo con nuestra vida a pesar del dolor.

Cerré el cuaderno y miré nuevamente hacia el monumento. Recordé una de las conversaciones que había mantenido con Teresa antes de viajar. Ella me había dicho que las mujeres de nuestra familia habían enfrentado dificultades de muchas clases y que yo también encontraría mi manera de continuar.

En aquel momento sus palabras me habían parecido demasiado optimistas.

Ahora, sentada frente a la estatua de María Pita, comenzaba a comprenderlas desde otra perspectiva.

No necesitaba convertirme en una heroína ni demostrarle nada a nadie.

Solamente debía permitirme descubrir qué deseaba hacer con los años que todavía tenía por delante.

Saqué el teléfono y tomé una fotografía del monumento. Después busqué la conversación con Patricia y se la envié.

Hoy conocí la historia de María Pita. Fue una mujer extraordinaria. Perdió a su esposo durante un ataque a la ciudad y aun así encontró fuerzas para participar en su defensa. Me hizo pensar mucho.

Patricia respondió poco después.

No la conocía. Voy a buscar su historia. ¿Cómo estás tú?

Observé la pregunta durante unos segundos.

Estoy bien. Me emocioné bastante, pero creo que necesitaba conocer algo así.

Su respuesta llegó enseguida.

Me alegra que el viaje te esté haciendo bien. Sergio estaría orgulloso de ti.

Sentí que los ojos se me humedecían. Guardé el teléfono y permanecí contemplando la plaza mientras terminaba el café.

Pensé en Sergio y en todas las veces que me había animado a confiar en mí misma. Nunca había intentado decidir por mí ni imponerme sus deseos. Había celebrado mis pequeños logros y acompañado mis proyectos con un entusiasmo que todavía podía recordar con claridad.

Me pregunté qué habría dicho si hubiera estado sentado frente a mí. Probablemente habría escuchado con interés la historia de María Pita y después me habría recordado, con aquella sonrisa suya, que yo también había demostrado valor en más de una ocasión.

Lo extrañé profundamente. Pero, por primera vez, aquel recuerdo no me llevó solamente a pensar en lo que había perdido. También me hizo agradecer lo que habíamos compartido.

***

Después de pagar, decidí continuar mi recorrido por las calles cercanas. Antes de abandonar la plaza, me detuve una última vez frente al monumento.

Observé a María Pita desde cierta distancia.

Había algo profundamente conmovedor en saber que, siglos después de su muerte, las personas continuaban pronunciando su nombre y recordando su valentía.

Pensé en la cantidad de mujeres que habían vivido durante aquellos mismos años sin dejar apenas rastros de su existencia.

Mujeres que habían trabajado, criado hijos, enfrentado pérdidas y sostenido a sus familias sin que sus nombres llegaran a formar parte de los libros de historia.

Blanca había sido una de ellas. Mi abuela Lina también. Y seguramente existían muchas otras mujeres dentro de mi familia cuyas historias todavía desconocía.

Aquella reflexión me recordó el verdadero motivo de mi viaje.

Había llegado a La Coruña para investigar mis raíces, recuperar nombres y reconstruir acontecimientos que el paso del tiempo había ido borrando.

Quería conocer la vida de mis antepasados, no solamente sus fechas de nacimiento o matrimonio.

Deseaba descubrir quiénes habían sido, qué habían amado, qué temores habían enfrentado y qué decisiones habían tomado cuando la vida los obligó a elegir entre permanecer donde estaban o comenzar nuevamente.

Volví a mirar la estatua.

—Qué mujer tan valiente —murmuré.

No sabía por qué me costaba apartar la vista de ella. Había visitado monumentos en otras ciudades y admirado historias de personajes importantes, pero pocas veces había experimentado aquella sensación de cercanía.

Quizás se debiera a que ambas habíamos conocido el dolor de perder a un esposo amado. O tal vez fuera simplemente la emoción de encontrarme en una ciudad que, desde mi llegada, parecía ofrecerme nuevas razones para reflexionar sobre mi propia vida.

No intenté buscar una explicación. Me limité a contemplarla unos segundos más antes de continuar caminando.

Mientras me alejaba de la plaza, pensé que algunas historias llegaban a nosotros en momentos inesperados. No siempre porque las estuviéramos buscando, sino porque, de alguna manera, estábamos preparados para escucharlas.