Recuérdalos Capítulo 17
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Capítulo 17

Desperté con el sonido lejano de las gaviotas y una claridad tenue que comenzaba a filtrarse entre las cortinas de la habitación.

Durante unos segundos permanecí inmóvil, intentando reconocer el lugar donde me encontraba.

Después recordé que estaba en La Coruña, a miles de kilómetros de mi casa, en la ciudad donde mis bisabuelos habían comenzado una parte importante de su historia.

Me incorporé lentamente y miré hacia la ventana.

El cielo estaba cubierto por nubes claras y una brisa fresca movía las cortinas que había dejado entreabiertas durante la noche.

Había dormido mejor de lo que esperaba. El cansancio del viaje y las emociones de los últimos días habían terminado por vencerme, aunque todavía me despertaba algunas veces buscando instintivamente a Sergio.

Aquella mañana también lo había recordado, pero, por primera vez en mucho tiempo, el pensamiento no consiguió arrebatarme las ganas de levantarme.

Tenía una ciudad por descubrir y una investigación que apenas comenzaba.

Después de ducharme, bajé a desayunar. Elegí una mesa junto a la ventana y pedí café con leche y unas tostadas.

Mientras esperaba, abrí el mapa que había guardado en mi teléfono y repasé los lugares que quería conocer.

Las primeras consultas relacionadas con mi investigación genealógica estaban previstas para los días siguientes, de modo que había decidido dedicar aquella jornada a caminar por la ciudad sin demasiadas obligaciones.

Quería familiarizarme con sus calles, escuchar a sus habitantes y observar aquellos lugares que, de alguna manera, habían formado parte del mundo de mis antepasados.

No sabía si Víctor y Blanca habían recorrido los mismos caminos que yo estaba a punto de transitar, pero me gustaba pensar que existía esa posibilidad.

Al salir del alojamiento, el aire fresco me recibió con una intensidad que agradecí.

Caminé sin prisa, deteniéndome frente a algunos edificios y observando los detalles de sus fachadas.

Había algo especial en aquella ciudad. Quizás fuera su cercanía con el mar, la mezcla de construcciones antiguas y modernas o la manera en que las calles parecían conservar pequeñas historias que los transeúntes ya no se detenían a escuchar.

Mientras avanzaba, pensé en Blanca. En su diario había descrito la tristeza de abandonar su tierra, pero también había dejado entrever el cariño que sentía por ella.

Me pregunté qué lugares habría frecuentado durante su juventud, dónde habría conocido a Víctor y qué rincones de la ciudad habrían permanecido en su memoria después de emigrar.

Sabía que La Coruña había cambiado enormemente desde entonces, pero deseaba descubrir si todavía existían lugares capaces de acercarme a aquella época.

Fue durante ese paseo cuando llegué a una plaza amplia, rodeada de edificios de fachadas elegantes y soportales que enmarcaban el espacio.

Me detuve para contemplarla. A un lado se levantaba un edificio imponente, coronado por torres y adornado con detalles arquitectónicos que captaron inmediatamente mi atención.

Frente a él, un monumento de grandes dimensiones dominaba la plaza.

Me acerqué con curiosidad. La figura de una mujer se alzaba sobre un pedestal de piedra.

Sostenía una lanza con una actitud desafiante y, junto a ella, aparecía el cuerpo de un hombre caído.

Había algo sobrecogedor en aquella composición.

No era solamente la fuerza de la mujer representada, sino el contraste entre su postura decidida y la tragedia que parecía desarrollarse a sus pies.

Levanté la mirada para observarla mejor. La mujer parecía enfrentarse a un enemigo invisible, con el cuerpo erguido y el brazo extendido. No había resignación en su gesto. Había determinación, rabia y una voluntad que parecía resistirse a cualquier derrota.

Busqué la inscripción del monumento. María Pita. Repetí el nombre en voz baja. No sabía demasiado sobre ella. Había escuchado alguna referencia a la heroína gallega, pero nunca me había detenido a conocer su historia. Saqué el teléfono y comencé a buscar información.

Descubrí que su nombre completo había sido Mayor Fernández de la Cámara y Pita y que había vivido durante el siglo XVI.

En 1589, cuando las tropas inglesas comandadas por Francis Drake atacaron La Coruña, María Pita participó en la defensa de la ciudad junto a numerosos vecinos, entre ellos muchas mujeres que se habían sumado a la resistencia.

Continué leyendo hasta encontrar el episodio que había convertido su nombre en un símbolo de valentía.

Durante el asalto, su esposo, Gregorio de Racamonde, había muerto combatiendo.

Según los relatos históricos, María Pita, lejos de retirarse ante aquella pérdida, se enfrentó a uno de los hombres que encabezaban el ataque inglés y consiguió derribarlo.

Su intervención contribuyó a levantar el ánimo de los defensores en un momento crítico.

La tradición le atribuía un grito que había atravesado los siglos: «Quen teña honra, que me siga». Quien tenga honor, que me siga.

Volví a levantar la mirada hacia la estatua y sentí un escalofrío.

Aquella mujer había visto morir a su esposo en medio de una batalla y, aun así, había encontrado fuerzas para enfrentarse a quienes amenazaban su ciudad.

No había permanecido inmóvil ante la tragedia.

Había actuado, impulsando a otros a continuar resistiendo cuando todo parecía perdido.

Me impresionó especialmente descubrir que no había estado sola.

Otras mujeres habían participado activamente en la defensa de La Coruña, transportando materiales, ayudando a los combatientes y enfrentándose al peligro.

María Pita había pasado a la historia como el rostro más conocido de aquella resistencia, pero detrás de su nombre también permanecían las acciones de muchas mujeres cuyos recuerdos apenas habían sobrevivido.

Observé nuevamente el monumento y me detuve en la figura del hombre caído.

Su esposo. Sentí que algo se removía dentro de mí.

Conocía demasiado bien el dolor de perder al hombre amado.

Sabía lo que significaba despertarse una mañana y comprender que la persona con quien se habían compartido sueños y proyectos ya no regresaría.

Sabía cómo podía cambiar la vida en un instante y cómo el mundo continuaba avanzando mientras una parte de nosotros permanecía detenida en el momento de la pérdida.

Pero aquella mujer había enfrentado una situación que me resultaba imposible imaginar.

Había perdido a su esposo mientras su ciudad era atacada.

No había tenido tiempo de encerrarse en una habitación, llorar durante días o intentar comprender lo sucedido.

A su alrededor continuaba desarrollándose una batalla y muchas otras vidas dependían de que la resistencia no se derrumbara.

Me pregunté de dónde habría sacado semejante fuerza.

¿Había sentido miedo? ¿Había deseado arrodillarse junto al cuerpo de Gregorio y permanecer allí, ajena a cuanto sucedía a su alrededor?

¿Había sido la rabia por su muerte lo que la impulsó a levantarse o el deseo de impedir que otras familias sufrieran la misma tragedia? Quizás todo al mismo tiempo.

Permanecí observando la estatua durante varios minutos.

Las personas caminaban a mi alrededor, algunas se detenían para tomar fotografías y otras atravesaban la plaza sin prestar demasiada atención al monumento.

Para ellas, aquella figura formaba parte del paisaje cotidiano.

Para mí, en cambio, acababa de convertirse en algo profundamente conmovedor.

Me senté en uno de los bancos cercanos y continué leyendo sobre su historia.

Descubrí que María Pita no había sido una mujer cuya vida se redujera a un único acto heroico.

Había atravesado dificultades personales, enviudado en distintas ocasiones y tenido que defender sus intereses y los de sus hijos en una sociedad donde las mujeres enfrentaban numerosas limitaciones.

Aquello me impresionó tanto como su participación en la batalla.

Era fácil contemplar una estatua y pensar que las personas representadas habían nacido con una fortaleza extraordinaria.

Pero detrás del bronce había existido una mujer real, con preocupaciones, afectos y responsabilidades.

Una mujer que seguramente había conocido el cansancio, la incertidumbre y la tristeza, aunque la historia hubiera elegido recordarla principalmente por su coraje.

Volví a mirar su figura. Me pregunté cómo habría sido María Pita cuando nadie la observaba.

Cómo hablaba con sus hijos, qué cosas la hacían reír o cuáles eran sus temores más íntimos.

Me pregunté si alguna vez habría sentido que la vida le exigía demasiado y si, después de tantas dificultades, habría deseado disfrutar simplemente de una existencia tranquila.

Aquellas preguntas me recordaron inmediatamente a Blanca.

Mi bisabuela también había atravesado circunstancias que exigían fortaleza, aunque nadie hubiera levantado un monumento en su honor.

Había abandonado su tierra, enfrentado la incertidumbre de la emigración y construido un hogar en un continente desconocido.

Su valentía no había quedado registrada en los grandes acontecimientos históricos, sino en las páginas de un diario que había sobrevivido gracias al cuidado de distintas generaciones.

Pensé en mi abuela Lina, que había aprendido a continuar viviendo después de perder a Juan.

Y pensé en Teresa, que durante su visita me había recordado que yo también había demostrado fortaleza al salir de un matrimonio donde no era feliz.

Sin embargo, aquella comparación me resultaba difícil.

No podía imaginarme enfrentando a un ejército ni liderando una resistencia.

Apenas estaba consiguiendo reunir fuerzas para atravesar mis propios días sin Sergio.

Bajé la mirada hacia mis manos. Durante meses había sentido que mi vida había perdido su dirección.

La muerte de mi esposo me había dejado sin los proyectos que habíamos construido juntos y, aunque la investigación genealógica comenzaba a devolverme cierta ilusión, todavía existían momentos en los que la tristeza me resultaba insoportable.

Volví a observar a María Pita. Quizás la valentía no siempre consistiera en realizar actos extraordinarios.

Tal vez hubiera distintas formas de enfrentarse a aquello que parecía imposible.