Recuérdalos Capítulo 16 #3
71%

Capítulo 16 #3

Cuando el tren comenzó a moverse, observé cómo los edificios de Madrid quedaban atrás. Poco a poco, el paisaje urbano fue dando paso a campos, pequeñas poblaciones y extensiones de terreno que cambiaban a medida que avanzábamos hacia el noroeste de España.

Me acomodé junto a la ventanilla y abrí el libro que había comprado en Madrid.

Durante un rato leí sobre las distintas etapas de la emigración gallega y las razones que habían llevado a tantas familias a buscar oportunidades en América.

Encontré referencias a las dificultades económicas, a la falta de perspectivas laborales y a las redes familiares que facilitaban la llegada de nuevos emigrantes.

Pensé nuevamente en Víctor y su padre. Quizás habían conocido a alguien que ya vivía en el nuevo continente.

Tal vez habían recibido una carta que describía oportunidades de trabajo o habían escuchado historias de personas que consiguieron prosperar después de emigrar.

No podía asegurarlo, pero aquellas posibilidades me ayudaban a formular nuevas preguntas para mi investigación.

Cerré el libro y observé el paisaje. A medida que nos acercábamos a Galicia, comenzaron a aparecer extensiones de vegetación más abundante, colinas y pequeñas localidades rodeadas de campos verdes.

El cielo estaba cubierto por algunas nubes y la luz adquiría una tonalidad suave que me resultó especialmente hermosa.

Me pregunté si Blanca habría contemplado paisajes semejantes durante su juventud.

Si habría recorrido caminos rurales, visitado pueblos cercanos o acompañado a su familia en alguna celebración.

El diario mencionaba lugares y personas que todavía no había conseguido identificar, pero ahora estaba acercándome al territorio donde aquellas experiencias habían sucedido.

Sentí nuevamente aquella impresión de estar siguiendo un hilo invisible.

Cada fotografía, cada carta y cada palabra escrita por mi bisabuela parecían señalarme una dirección.

No sabía exactamente qué encontraría al llegar, pero tenía la sensación de que el viaje estaba adquiriendo un significado que iba mucho más allá de una simple visita turística.

Cuando el tren anunció su llegada a A Coruña, guardé mis pertenencias y me preparé para bajar.

Al salir de la estación, respiré profundamente.

El aire era fresco y percibí aquella humedad característica de las ciudades cercanas al mar.

Observé los edificios, las calles y las personas que caminaban a mi alrededor, intentando asimilar que finalmente había llegado al lugar que durante tantos meses había ocupado mis pensamientos.

Tomé un taxi hasta el alojamiento que había reservado.

Durante el trayecto contemplé las avenidas y algunos edificios de fachadas claras.

Me llamó la atención la manera en que la ciudad combinaba construcciones antiguas con espacios modernos, y sentí una curiosidad creciente por recorrer sus barrios y conocer su historia.

Después de dejar la maleta, me acerqué a la ventana de mi habitación. Desde allí podía observar una parte de la ciudad y, a lo lejos, distinguir el cielo sobre el Atlántico.

La Coruña.

Pronuncié el nombre en voz baja.

Pensé en Blanca, en Víctor y en todas las personas que habían formado parte de aquella historia antes de que yo existiera.

En algún lugar de aquella ciudad habían caminado, trabajado, amado y soñado con un futuro diferente.

Quizás algunas de las calles que recorrería todavía conservaran edificios que ellos habían conocido.

Tal vez encontrara documentos capaces de confirmar fechas, parentescos o acontecimientos que hasta entonces solamente conocía por relatos familiares.

Saqué de mi bolso una copia de la fotografía de mis bisabuelos y la coloqué sobre la mesa.

—Llegué —murmuré.

Me quedé contemplando sus rostros. No sabía si conseguiría reconstruir toda su historia.

Era posible que muchos documentos se hubieran perdido y que algunas preguntas permanecieran sin respuesta.

Pero estaba allí, dispuesta a dedicar tiempo y paciencia a conocer el lugar donde habían comenzado sus vidas.

Después busqué la fotografía de Sergio y la coloqué junto a la de ellos.

Sentí una emoción profunda al ver ambas imágenes sobre la mesa.

Representaban momentos muy diferentes de mi historia, pero todas aquellas personas habían dejado una huella en mi existencia.

Unas me habían precedido por generaciones; otra me había acompañado durante algunos de los años más importantes de mi vida.

Abrí la ventana y dejé entrar el aire fresco.

Durante mucho tiempo había sentido que mi historia había quedado interrumpida con la muerte de Sergio. Ahora comenzaba a comprender que mi vida formaba parte de un relato mucho más amplio, construido con decisiones, pérdidas, encuentros y nuevos comienzos.

No sabía qué descubriría en La Coruña ni cuánto tiempo necesitaría para encontrar las respuestas que buscaba. Pero aquella tarde, mientras contemplaba por primera vez la ciudad de mis bisabuelos, sentí que había llegado al lugar correcto.

No porque allí estuviera necesariamente la solución a mi tristeza, sino porque había algo de mi propia historia que todavía necesitaba conocer. Y estaba decidida a descubrirlo.