Capítulo 16 #2
Me pregunté qué habría sentido si alguien le hubiera dicho que, muchas décadas después, una bisnieta suya viajaría desde el continente al que ella había emigrado para conocer las calles donde había transcurrido su juventud.
Probablemente le habría parecido imposible.
Y, sin embargo, allí estaba yo.
***
Cuando desperté, la cabina comenzaba a iluminarse y algunas personas abrían las ventanillas para observar el amanecer. La tripulación anunció que nos aproximábamos a Madrid y sentí una emoción inesperada al escuchar el nombre de la ciudad.
Me incliné hacia la ventanilla. Debajo de nosotros comenzaron a distinguirse campos, carreteras y pequeñas poblaciones que poco a poco dieron paso a una extensión urbana mucho mayor.
Observé aquel paisaje con la curiosidad de quien llega por primera vez a un lugar que conoce solamente a través de imágenes.
Cuando el avión aterrizó en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, experimenté una mezcla de cansancio y entusiasmo. Había cruzado el océano y finalmente estaba en España.
Mientras esperaba para desembarcar, pensé en mis bisabuelos llegando al nuevo continente.
Ellos seguramente habían observado el puerto con una mezcla de esperanza y temor, preguntándose cómo sería su vida a partir de aquel momento.
Yo, en cambio, llegaba a la tierra que ellos habían dejado atrás, buscando respuestas sobre un pasado que había comenzado mucho antes de mi nacimiento.
Había decidido permanecer un par de días en Madrid antes de continuar hacia Galicia. Quería conocer la capital, recuperarme del viaje y permitirme disfrutar de aquella primera experiencia europea sin convertir cada minuto en una obligación relacionada con mi investigación.
Después de realizar los trámites correspondientes y recoger mi equipaje, me dirigí al alojamiento que había reservado.
Durante el trayecto observé las avenidas, los edificios y el movimiento de la ciudad.
Todo me resultaba nuevo y, al mismo tiempo, extrañamente familiar.
Escuchaba hablar español a mi alrededor, aunque con expresiones y acentos diferentes a los que estaba acostumbrada, y me divertía descubrir pequeñas particularidades en las conversaciones cotidianas.
Dejé la maleta en el hotel, descansé un rato y salí a caminar. No tenía un itinerario demasiado exigente para aquella primera tarde. Solamente quería comenzar a conocer Madrid.
Llegué a la Puerta del Sol y permanecí unos minutos observando el movimiento de las personas.
Había turistas tomando fotografías, trabajadores que caminaban apresuradamente y grupos de amigos que conversaban junto a los comercios.
Me llamó la atención aquella mezcla de historias individuales que se cruzaban continuamente sin conocerse.
Continué caminando hasta la Plaza Mayor.
Me detuve bajo sus soportales y observé las fachadas, los balcones y los detalles arquitectónicos que hablaban de siglos de historia.
Me gustaba imaginar cómo habría sido aquel mismo lugar muchos años atrás, cuando las personas vestían de otra manera y las noticias viajaban con una lentitud que hoy resultaba difícil de comprender.
Entré en una cafetería y pedí algo para comer.
Mientras esperaba, saqué mi teléfono y tomé una fotografía de la plaza.
Mi primer impulso fue enviársela a Sergio.
Durante un instante sentí nuevamente aquella punzada dolorosa que aparecía cuando olvidaba que ya no podía compartir mis descubrimientos con él.
En lugar de guardar el teléfono, busqué la conversación con Patricia.
Ya estoy en Madrid. Es una ciudad preciosa. Sergio habría disfrutado muchísimo de este lugar.
La respuesta llegó unos minutos después.
Estoy segura. Y también estaría encantado de saber que estás allí. Disfruta mucho, Lauren. Te lo mereces.
Sonreí con tristeza y guardé el teléfono.
Durante el resto de la tarde recorrí algunas calles del centro histórico, observé escaparates y me detuve frente a edificios que despertaban mi curiosidad. No intenté verlo todo. Preferí caminar sin demasiada prisa, disfrutar del ambiente y dejar que la ciudad me sorprendiera.
Al día siguiente visité los alrededores del Palacio Real y paseé por algunos jardines.
Me impresionaron la arquitectura y la cantidad de personas que llegaban de diferentes lugares para conocer aquellos espacios.
También aproveché para entrar en una librería, donde pasé más tiempo del previsto examinando publicaciones sobre historia española y movimientos migratorios.
Terminé comprando un libro dedicado a la emigración gallega hacia América. No sabía si encontraría información directamente relacionada con mi familia, pero pensé que podría ayudarme a comprender mejor las circunstancias históricas que habían rodeado la partida de mis bisabuelos.
Aquella noche regresé al hotel cansada, aunque satisfecha. Me preparé una taza de té y me senté junto a la ventana para revisar las fotografías que había tomado durante el día.
Había disfrutado. La constatación me sorprendió.
No porque hubiera olvidado a Sergio, sino porque durante mucho tiempo había creído que la felicidad se había marchado definitivamente con él.
Ahora comprendía que todavía podía experimentar momentos agradables, aunque fueran breves y estuvieran acompañados por cierta melancolía.
Miré una fotografía de la Plaza Mayor y sonreí. Quizás Teresa tenía razón. No necesitaba resolver mi vida de una vez ni exigirme una recuperación inmediata. Podía comenzar por pequeñas experiencias, por días en los que descubriera algo nuevo y por momentos en los que el dolor me permitiera respirar.
***
Dos días después llegó el momento de continuar hacia La Coruña. Había elegido viajar en tren desde Madrid porque deseaba observar el paisaje y disfrutar del trayecto. Después de desayunar, recogí mis pertenencias y me dirigí a la estación de Madrid-Chamartín-Clara Campoamor.
Mientras esperaba la salida, revisé nuevamente mi carpeta de investigación.
Había confirmado algunas consultas para los días siguientes y preparado una lista de lugares que deseaba conocer.
También llevaba anotadas las referencias a calles y parroquias mencionadas en los documentos familiares, aunque sabía que muchas denominaciones podían haber cambiado con el paso del tiempo.