Recuérdalos Capítulo 16
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Capítulo 16

Cuando el avión comenzó a desplazarse por la pista, acomodé la cabeza contra el respaldo y observé las luces del aeropuerto a través de la ventanilla.

Había imaginado aquel momento durante semanas, pero ahora que finalmente estaba allí me resultaba extraño pensar que, en unas horas, estaría al otro lado del océano.

Había dejado mi casa cerrada, mis asuntos organizados y una pequeña montaña de documentos familiares cuidadosamente guardados en mi equipaje de mano.

Sin embargo, sentía que llevaba conmigo mucho más que una maleta y unas cuantas fotografías antiguas.

Mientras el avión aceleraba para despegar, pensé en mis bisabuelos.

Víctor y Blanca también habían cruzado aquel océano, aunque en circunstancias completamente diferentes.

Ellos lo habían hecho a bordo de un barco, con un futuro incierto y la posibilidad de no volver a ver jamás su tierra.

Yo viajaba cómodamente sentada, con un pasaje de regreso, reservas confirmadas y la tranquilidad de poder comunicarme con mis hijos en cualquier momento.

Aquella diferencia me hizo reflexionar sobre la magnitud de la decisión que habían tomado.

¿Qué habrían sentido al contemplar por última vez las costas de España?

¿Cuántas veces se habrían preguntado si estaban cometiendo un error?

¿Habrían llorado al despedirse de sus familiares o habrían intentado mostrarse fuertes para no preocupar a quienes se quedaban?

Imaginé a Víctor, todavía joven, acompañando a su padre en aquella primera travesía.

Después pensé en Blanca, enfrentándose a la posibilidad de abandonar todo cuanto conocía para construir una vida junto al hombre que amaba.

El diario de mi bisabuela había comenzado a responder algunas de esas preguntas, aunque también había despertado muchas otras.

Blanca escribía sobre la nostalgia, el temor a lo desconocido y las pequeñas satisfacciones de comenzar a construir un hogar.

Pero yo deseaba comprender algo más profundo: qué circunstancias habían convertido la emigración en una posibilidad real para aquella familia y cómo habían llegado a tomar una decisión que terminaría cambiando la vida de varias generaciones.

Cuando alcanzamos la altura de crucero, la tripulación comenzó a recorrer el pasillo y las luces de la cabina se atenuaron.

Saqué mi cuaderno de anotaciones y repasé las preguntas que había preparado para la investigación.

Había organizado los nombres por generaciones, señalado las fechas que necesitaba confirmar y reunido las referencias a La Coruña que aparecían en los documentos familiares.

También llevaba direcciones de archivos, horarios de atención y algunos contactos que había conseguido establecer antes de viajar.

Sonreí al observar mis propias anotaciones.

Nunca habría imaginado que la genealogía terminaría convirtiéndose en uno de mis pasatiempos favoritos.

Durante años había escuchado las historias de la abuela Lina con cariño, pero sin sentir la necesidad de comprobar cada detalle.

Ahora podía pasar horas comparando registros, buscando fotografías o intentando descifrar una palabra escrita con tinta desvanecida.

Cada pequeño descubrimiento despertaba nuevas preguntas y, cuando encontraba una coincidencia, experimentaba una satisfacción difícil de explicar.

Aquella investigación me había devuelto algo que creí perdido después de la muerte de Sergio: la capacidad de interesarme profundamente por una actividad.

No había conseguido borrar mi tristeza, pero sí ofrecerme momentos de concentración en los que el dolor dejaba de ocupar todos mis pensamientos.

Había aprendido que podía extrañar a mi esposo y, al mismo tiempo, sentir entusiasmo por descubrir una historia familiar.

Ambas emociones podían convivir, aunque todavía me costara aceptarlo.

Miré el asiento vacío junto a mí y pensé en Sergio.

De haber estado vivo, seguramente habría disfrutado del viaje tanto como yo.

Lo imaginé revisando las opciones de comida, haciendo comentarios sobre la duración del vuelo y preguntándome qué lugares quería visitar primero.

Habría insistido en reservar tiempo para conocer restaurantes, caminar sin rumbo y sentarnos a tomar café en alguna plaza.

Probablemente se habría divertido con mis carpetas y mis listas, aunque después habría sido el primero en acompañarme a cada archivo.

Sentí una punzada de tristeza. Había tantos momentos que todavía deseaba compartir con él que a veces me parecía imposible aceptar que nuestra historia hubiera terminado.

Cerré los ojos y recordé su voz durante nuestra última conversación, aquella promesa de llegar pronto a casa y la manera en que me había dicho que me amaba.

Durante meses había intentado apartar esos recuerdos porque siempre terminaban conduciéndome al estruendo del accidente.

Aquella noche, sin embargo, me esforcé por detenerme en los momentos anteriores: su risa, sus bromas y la felicidad que habíamos compartido.

Saqué de mi bolso una fotografía pequeña que había decidido llevar conmigo.

Aparecíamos abrazados durante uno de nuestros viajes, con el cabello revuelto por el viento y una sonrisa despreocupada.

La observé durante unos segundos antes de guardarla entre las páginas de mi cuaderno.

No quería que su recuerdo quedara asociado únicamente a su muerte.

Sergio había sido mucho más que aquella tragedia y yo había tenido la fortuna de conocerlo, amarlo y compartir con él algunos de los años más felices de mi vida.

***

Después de la cena, mientras la mayoría de los pasajeros intentaba dormir, volví a mirar por la ventanilla.

Afuera solamente podía distinguir la oscuridad y, de vez en cuando, el reflejo de alguna luz del avión.

En algún lugar debajo de nosotros se extendía el Atlántico, aquel mismo océano que había separado a mis antepasados de la tierra donde habían nacido.

Pensé en lo diferente que debía haber sido su travesía.

Ellos habían pasado días rodeados de desconocidos, compartiendo espacios reducidos y enfrentando las incomodidades propias de un viaje marítimo de aquella época.

Yo apenas llevaba unas horas de vuelo y ya comenzaba a sentirme impaciente.

Me pregunté cómo habrían soportado la incertidumbre de no saber exactamente qué encontrarían al llegar.

En una de las páginas del diario, Blanca había escrito que el nuevo continente le parecía inmenso y que durante sus primeras semanas se había sentido tan pequeña como una visitante que no sabía cuánto tiempo le permitirían quedarse.

Recordé aquella reflexión mientras intentaba imaginarla caminando por calles desconocidas, escuchando voces con acentos diferentes y buscando en cada detalle algo que le recordara su hogar.

También pensé en las personas que habían quedado atrás.

Los padres, hermanos, amigos y vecinos que probablemente se habían despedido sin saber si volverían a encontrarse.

En aquellos tiempos, una carta podía tardar semanas en llegar y las noticias de una familia viajaban con una lentitud que hoy resultaba difícil de comprender.

La distancia no solamente se medía en kilómetros, sino en cumpleaños perdidos, enfermedades conocidas demasiado tarde y acontecimientos familiares que ocurrían sin que todos pudieran compartirlos.

Aquella idea me conmovió especialmente. Yo había perdido a mis padres, a mis abuelos y a Sergio, pero conservaba fotografías, mensajes y recuerdos que podía recuperar cuando quisiera.

Mis antepasados, en cambio, habían tenido que aprender a vivir lejos de personas que seguían existiendo al otro lado del océano, sin la certeza de volver a abrazarlas.

Me pregunté si alguna vez se habían arrepentido de emigrar.

Si, durante alguna noche difícil, Blanca habría deseado regresar a España y recuperar la vida que conocía.

O si Víctor, después de una jornada agotadora, habría recordado las calles de su infancia con una nostalgia que prefería no compartir.

No tenía respuestas. Y quizás nunca las tendría.

Sin embargo, había comenzado a sentir algo que me resultaba difícil describir.

Era como si un hilo invisible me uniera a aquellas personas y tirara suavemente de mí, invitándome a prestar atención.

No se trataba de una presencia sobrenatural ni de una señal que pudiera explicar.

Era más bien una necesidad íntima de mirar hacia atrás, de buscar entre los restos de la memoria familiar las brasas de las experiencias de quienes me habían precedido.

Me gustaba imaginar aquellas historias como un fuego que había pasado de una generación a otra.

Algunas llamas se habían extinguido con el tiempo, pero otras permanecían encendidas en una fotografía, una carta o una anécdota repetida durante una sobremesa.

Mi abuela Lina había conservado muchas de esas pequeñas brasas sin proponérselo.

Cada vez que me hablaba de Juan, de Víctor o de las dificultades que había atravesado nuestra familia, estaba impidiendo que una parte de aquel pasado desapareciera.

Ahora que ella ya no estaba, sentía una responsabilidad que nunca antes había experimentado.

No pretendía reconstruir una historia perfecta ni convertir a mis antepasados en personajes extraordinarios.

Deseaba conocerlos como personas reales, con sus virtudes, sus equivocaciones, sus temores y sus esperanzas.

Quería descubrir qué decisiones habían tomado y cómo aquellas elecciones habían influido en las generaciones siguientes.

Pensé en mis hijos. Jeremy y Allison conocían algunos relatos familiares, pero todavía había mucho que podía contarles.

Tal vez algún día ellos también sintieran curiosidad por sus raíces y agradecieran encontrar una carpeta organizada con fotografías, nombres y documentos.

Quizás mis futuros nietos quisieran saber quién había sido Blanca o por qué Víctor había decidido cruzar el océano con su padre.

Sonreí ante aquella posibilidad. Durante mucho tiempo había considerado la genealogía una actividad reservada a personas especialmente interesadas en la historia.

Ahora comprendía que también podía ser una forma de conservar afectos, comprender decisiones y reconocer la continuidad entre vidas que parecían separadas por el tiempo.

Guardé el cuaderno y me acomodé para descansar.

Antes de cerrar los ojos, volví a pensar en Blanca.