Capítulo 15 #3
—De alguna manera, fue ella quien te puso en este camino. Si no te hubiera contado tantas historias, quizás nunca habrías sentido curiosidad por conocerlas.
Asentí.
—Creo que tienes razón.
Teresa tomó el diario de Blanca y acarició suavemente la tapa.
—Cuídalo mucho. Ha sobrevivido a más de una vida.
—No pienso llevar el original. Voy a viajar con copias y fotografías de las páginas.
—Me parece una excelente idea.
Nos quedamos conversando durante un rato. Antes de marcharse, Teresa me abrazó.
—Disfruta del viaje, querida. No conviertas cada día en una obligación de encontrar respuestas. También permítete conocer la ciudad, caminar y descubrir cosas que no tengan nada que ver con nuestra familia.
Sonreí.
—Lo intentaré.
***
La noche anterior a mi partida terminé de preparar la maleta y dejé los documentos organizados dentro de mi bolso de mano.
Después recorrí la casa comprobando que todo estuviera en orden.
Al llegar al dormitorio, me detuve frente a una fotografía de Sergio.
Era una imagen tomada durante uno de nuestros viajes.
Estábamos sentados en una terraza, sonriendo a la cámara mientras el sol comenzaba a ocultarse detrás de unas montañas.
La tomé entre mis manos.
—Voy a viajar, amor —murmuré.
Sentí que las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos.
—Voy a conocer el lugar del que vinieron mis bisabuelos. Ojalá pudieras acompañarme.
Permanecí contemplando su sonrisa.
—Seguramente estarías haciendo bromas sobre todas las carpetas que preparé. Y ya habrías buscado alguna cafetería donde probar todos los postres.
Me reí suavemente entre lágrimas. Después apoyé la fotografía sobre la cómoda y me senté en la cama.
Todavía me dolía profundamente su ausencia.
Sabía que habría momentos durante el viaje en los que desearía llamarlo, contarle lo que había descubierto o compartir con él alguna experiencia.
También sabía que tendría que aprender a disfrutar de ciertas cosas sin sentirme culpable por continuar viviendo.
No esperaba que aquel viaje curara mi tristeza. Tampoco creía que descubrir los nombres de mis antepasados pudiera ofrecerme respuestas sobre todas las pérdidas que había sufrido. Pero había comenzado a comprender que conocer el pasado podía ayudarme a mirar mi propia vida desde otra perspectiva.
Blanca y Víctor habían dejado atrás su tierra buscando un futuro mejor. Mi abuela Lina había conservado sus recuerdos para que no desaparecieran. Mis padres y abuelos ya no estaban para contarme sus historias, pero yo todavía podía intentar recuperarlas.
Quizás aquella fuera una manera de honrarlos. No mediante grandes homenajes ni monumentos, sino dedicando tiempo a descubrir quiénes habían sido, qué habían amado y cuáles eran los sueños que los habían acompañado.
Apagué la luz y me acosté. Por primera vez en mucho tiempo, el día siguiente no me produjo solamente tristeza. También sentí ilusión.
***
A la mañana siguiente, Patricia me acompañó al aeropuerto. Durante el trayecto hablamos de los detalles del viaje, de las recomendaciones que me había hecho Teresa y de algunas cosas que quería visitar en La Coruña.
Cuando llegamos, Patricia me ayudó a bajar la maleta y me abrazó con fuerza.
—Escríbeme cuando aterrices.
—Lo haré.
—Y envíame muchas fotografías.
—Te vas a cansar de recibirlas.
—Imposible.
Nos quedamos abrazadas unos segundos más.
—Cuídate mucho, Lauren —me dijo.
—Tú también.
Antes de despedirnos, Patricia me tomó de las manos.
—Mi hermano estaría muy feliz de verte hacer esto.
Sentí que los ojos se me humedecían.
—Ojalá fuera cierto.
—Lo conocíamos bien. Sabes que lo es.
Asentí y la abracé nuevamente. Después tomé mi maleta y caminé hacia el sector de embarque.
Mientras esperaba el vuelo, abrí mi bolso y comprobé que llevaba la carpeta con los documentos familiares. Entre ellos había una copia de la fotografía de Víctor y Blanca, una imagen de mis abuelos Lina y Juan y algunas páginas del diario que había despertado toda aquella curiosidad.
Observé sus rostros durante unos segundos. Aquellas personas habían vivido mucho antes de que yo naciera. Habían tomado decisiones que cambiaron el rumbo de nuestra familia y, sin saberlo, habían contribuido a que mi vida fuera posible.
Ahora era yo quien cruzaría el océano. No para abandonar mi tierra, como habían hecho ellos, sino para conocerla desde el otro lado de la historia.
Cuando anunciaron el embarque, guardé los documentos y me puse de pie. Sentía miedo, tristeza y una emoción que todavía no sabía definir. Pero también tenía una certeza: por primera vez desde la muerte de Sergio, no estaba viajando solamente para alejarme del dolor. Estaba viajando hacia algo.
Hacia una ciudad desconocida que, de alguna manera, también me pertenecía. Hacia las historias de quienes habían vivido antes que yo. Hacia las raíces que mi abuela había conservado con tanto cariño.
Y mientras caminaba hacia el avión, comprendí que aquel viaje no significaba dejar atrás a las personas que había perdido. Significaba llevarlas conmigo para descubrir todo aquello que todavía no sabía sobre nuestra historia.
La Coruña me esperaba al otro lado del océano. Y yo estaba preparada para comenzar a conocerla.