Capítulo 15 #2
—¿En qué?
—Tal vez debería viajar.
Patricia me observó con una sonrisa.
—¿A España?
Asentí.
—A La Coruña.
***
Durante los días siguientes no pude dejar de pensar en aquella posibilidad.
Comencé a buscar información sobre la ciudad, sus archivos históricos y los lugares donde podría encontrar registros relacionados con mis bisabuelos.
Descubrí que existían archivos municipales, parroquiales y provinciales que podían conservar documentos útiles para mi investigación.
También comprendí que algunos registros requerirían consultas previas y que no bastaría con presentarme en una oficina esperando encontrar todas las respuestas.
Decidí organizar el viaje con cuidado. Escribí correos electrónicos solicitando orientación sobre la documentación disponible y las condiciones para consultar determinados fondos.
Preparé una lista de nombres, fechas aproximadas y lugares mencionados en el diario de Blanca.
Revisé los documentos que había conseguido y marqué aquellos datos que todavía necesitaba confirmar.
También comencé a estudiar la historia de Galicia durante los años en que mis bisabuelos habían vivido allí.
Quería comprender qué circunstancias económicas y sociales habían influido en su decisión de emigrar.
No me alcanzaba con saber cuándo habían partido.
Deseaba conocer el mundo que habían dejado atrás y las razones que los habían llevado a buscar oportunidades al otro lado del océano.
Una noche extendí un mapa sobre la mesa y busqué La Coruña.
Me sorprendió descubrir lo poco que conocía de aquella ciudad.
Había leído sobre sus paisajes, sus calles antiguas y su relación histórica con el mar, pero nunca la había visitado.
Intenté imaginar a Blanca caminando por sus calles, entrando en alguna tienda o contemplando el océano mientras pensaba en el futuro que la esperaba.
Me pregunté si alguna vez habría regresado, si había vuelto a ver a sus padres y si había conseguido sentirse completamente en casa en el continente al que había emigrado. Aquellas preguntas comenzaron a adquirir una importancia que iba mucho más allá de la curiosidad genealógica.
Yo ya no tenía a mis padres ni a mis abuelos.
Sus voces, sus recuerdos y muchas de las historias que podrían haberme contado se habían perdido con ellos.
Durante años había dado por sentado que siempre existiría alguien a quien preguntar por el pasado familiar.
Ahora comprendía que cada generación que desaparecía se llevaba consigo una parte de nuestra memoria.
Sin embargo, entre fotografías, cartas y documentos estaba descubriendo un tesoro que jamás habría imaginado poseer.
No se trataba de riquezas materiales ni de grandes acontecimientos históricos.
Eran las vidas de personas comunes que habían amado, trabajado, tenido miedo y tomado decisiones difíciles.
Personas que habían construido familias, atravesado crisis y buscado oportunidades para sus hijos.
Personas gracias a las cuales yo existía.
Y cuanto más conocía sus historias, más deseaba comprenderlas.
***
La decisión definitiva llegó una mañana de domingo. Había despertado temprano y preparado café. Después me senté junto a la ventana con el diario de Blanca y releí una de sus primeras anotaciones.
«No sé qué nos espera al otro lado del océano. Solamente sé que hemos decidido intentarlo. Tal vez algún día nuestros hijos comprendan por qué tuvimos que marcharnos y encuentren en esta nueva tierra las oportunidades que nosotros no conseguimos tener en la nuestra».
Permanecí mirando aquellas palabras durante varios minutos.
Pensé en Blanca y Víctor, en la incertidumbre de abandonar un país y en la valentía que había requerido aquella decisión.
Pensé también en mi abuela Lina, que había conservado sus historias durante tantos años, y en Teresa, que había llegado a mi casa con una caja de recuerdos cuando yo apenas encontraba fuerzas para levantarme cada mañana.
Después miré la fotografía de Sergio. Recordé aquella noche en el jardín, cuando me habló de todos los lugares que todavía quería conocer conmigo.
Tenemos muchas cosas por hacer, me había dicho.
Sentí que los ojos se me humedecían. Durante meses había pensado que viajar sin él sería una traición a los planes que habíamos compartido.
Me parecía imposible disfrutar de un paisaje, conocer una ciudad o sentarme a cenar en un lugar desconocido sin sentir su ausencia.
Pero aquella mañana comprendí que no necesitaba dejar de extrañarlo para volver a vivir experiencias nuevas.
Podía llevarlo conmigo de otra manera. En mis recuerdos, en las conversaciones que habíamos tenido y en todo aquello que me había enseñado sobre el amor y la importancia de aprovechar el tiempo.
Tomé mi computadora y comencé a buscar vuelos. No compré el pasaje inmediatamente. Primero revisé las fechas, las posibilidades de alojamiento y el tiempo que necesitaría para visitar los archivos. Después consulté las condiciones de mi licencia en el banco y calculé cuánto podía destinar al viaje.
Pero cuando terminé de organizar los primeros detalles, sentí una emoción que hacía mucho tiempo no experimentaba. Tenía un proyecto, un destino y una razón para mirar el calendario con interés.
***
Cuando les conté a mis hijos que estaba pensando en viajar a España, ambos reaccionaron con entusiasmo. Nos reunimos a cenar un viernes y, después del postre, saqué una carpeta con algunos documentos familiares.
—Quiero contarles algo —anuncié.
Jeremy levantó la mirada.
—Eso suena importante.
—Lo es para mí.
Les expliqué cómo había avanzado mi investigación y les mostré algunas fotografías de Víctor y Blanca. Allison escuchaba con atención mientras examinaba las imágenes.
—No puedo creer que tengamos documentos tan antiguos —comentó.
—Yo tampoco. Y todavía hay muchas cosas que no sabemos.
Jeremy observó el mapa que había llevado.
—¿Entonces quieres ir a La Coruña?
Asentí.
—Quiero conocer la ciudad donde vivieron mis bisabuelos. Visitar los lugares que pueda identificar y buscar documentos que me ayuden a completar la historia.
Allison sonrió.
—Mamá, me parece maravilloso.
—¿De verdad?
—Por supuesto. Hace mucho que no te veo tan entusiasmada con algo.
Jeremy dejó la fotografía sobre la mesa.
—Además, siempre nos enseñaste que era importante conocer de dónde veníamos. Ahora vas a poder hacerlo de verdad.
Me emocionó escucharlo.
—No sé cuánto voy a encontrar.
—Eso es parte de la aventura —respondió.
Sonreí.
—Hay algo más que quiero decirles. No estoy pensando en viajar porque quiera olvidarme de Sergio.
Allison tomó mi mano.
—Mamá, nadie piensa eso.
—Es que a veces siento que estoy dejando atrás demasiadas cosas.
Jeremy negó lentamente con la cabeza.
—No estás dejando atrás a nadie. Estás haciendo algo por ti.
Permanecí en silencio. Mi hijo continuó:
—Cuando decidiste separarte de papá, tuviste que aprender a vivir de otra manera. Después conociste a Sergio y construiste una vida hermosa con él. Ahora estás atravesando algo terrible, pero eso no significa que tengas que renunciar a todo lo que todavía puedes hacer.
Sentí un orgullo inmenso al escucharlo hablar con aquella madurez. Allison me abrazó.
—Nosotros vamos a estar bien, mamá. Y queremos que tú también encuentres cosas que te hagan bien.
Aquella noche regresé a casa con la tranquilidad de saber que mis hijos comprendían mi decisión.
También hablé con los hijos de Sergio. Les conté sobre el viaje y sobre la investigación familiar que había comenzado.
Ambos se alegraron por mí y me pidieron que les enviara fotografías de los lugares que visitara.
Patricia, por supuesto, fue la más entusiasmada.
—¡Por fin! —exclamó cuando le confirmé que había decidido viajar—. Ya era hora de que hicieras algo así.
—Todavía tengo que organizar muchas cosas.
—Pues organízalas. Y no olvides llevar una libreta para anotar todo lo que descubras.
—Tengo varias.
—Eso no me sorprende.
Nos reímos. Después Patricia me abrazó.
—Estoy orgullosa de ti, Lauren.
Sentí que la emoción me cerraba la garganta.
—Todavía lo extraño muchísimo.
—Lo sé.
—Y tengo miedo de viajar sola.
—También lo sé. Pero puedes tener miedo y hacerlo de todas maneras.
Aquellas palabras me recordaron inmediatamente el diario de Blanca. Quizás ser valiente no significara dejar de temer.
***
Los preparativos ocuparon las semanas siguientes.
Solicité la licencia en el banco, confirmé las reservas y organicé una carpeta con los documentos que podría necesitar durante las consultas.
También preparé copias digitales de las fotografías y cartas, por si encontraba personas que pudieran ayudarme a identificar lugares o apellidos.
Teresa vino a visitarme pocos días antes de mi partida. Revisamos juntas algunas anotaciones y me entregó una lista con nombres de familiares que habían aparecido en distintas conversaciones.
—No estoy segura de que todos estos datos sean correctos —me advirtió—. Pero quizás te sirvan para hacer preguntas.
—Cualquier pista puede ayudarme.
Teresa observó los documentos extendidos sobre la mesa.
—Lina estaría feliz de verte haciendo esto.
Sonreí con tristeza.
—Ojalá pudiera contarle todo lo que encontré.