Capítulo 15
Durante las semanas siguientes a la visita de Teresa, el diario de mi bisabuela Blanca se convirtió en una compañía inesperada.
Al principio lo abría por las noches, cuando el silencio de la casa comenzaba a resultarme insoportable.
Leía unas pocas páginas y después lo dejaba sobre la mesa, intentando imaginar a aquella mujer que había vivido tantos años antes que yo.
Poco a poco, sin embargo, sus palabras despertaron una curiosidad que terminó ocupando buena parte de mis pensamientos.
Blanca escribía sobre su juventud, sobre las dificultades económicas que atravesaban las familias de su entorno y sobre las conversaciones que mantenía con Víctor acerca de la posibilidad de construir una vida diferente.
También hablaba de sus padres, de algunas celebraciones familiares y de los paisajes que había dejado atrás.
En varias ocasiones mencionaba una ciudad que hasta entonces solamente había conocido por fotografías y referencias históricas: La Coruña, en Galicia, España.
Aquellas dos palabras comenzaron a adquirir un significado especial para mí.
Allí había transcurrido una parte importante de la vida de mis bisabuelos.
Allí se habían conocido, habían formado sus primeros proyectos y habían vivido los años de incertidumbre que terminaron llevándolos a abandonar su tierra.
El diario no aclaraba todas las circunstancias de su emigración.
Algunas fechas parecían contradictorias y todavía tenía dudas sobre el momento exacto en que Víctor había cruzado el océano con su padre y sobre cuándo Blanca se había reunido con él.
Pero, entre aquellas páginas, había suficientes referencias para comprender que aquella ciudad formaba parte esencial de nuestra historia familiar.
Una tarde extendí sobre la mesa del comedor las fotografías que Teresa me había entregado y comencé a ordenarlas.
Coloqué primero las imágenes de Lina y Juan, después las de Víctor y Blanca, y finalmente aquellas en las que aparecían personas cuyos nombres todavía desconocía.
Busqué una libreta y empecé a anotar fechas, parentescos y lugares.
Lo que inicialmente parecía una actividad para ocupar una tarde terminó convirtiéndose en una investigación que me acompañaría durante meses.
Llamé a Teresa para preguntarle por algunos nombres mencionados en el diario.
Ella recordó que Ernesto conservaba otros documentos familiares y se ofreció a organizar una reunión.
Acepté inmediatamente. Nos encontramos el sábado siguiente en casa de Ernesto.
Nos recibió con una caja llena de fotografías, cartas y documentos que había guardado durante años.
Pasamos varias horas revisando papeles, comparando fechas y tratando de identificar a las personas que aparecían en las imágenes.
—Nunca imaginé que alguien volvería a interesarse tanto por estas cosas —comentó Ernesto mientras examinábamos una fotografía.
—Yo tampoco —respondí—. Hasta hace poco solamente conocía las historias que me contaba la abuela.
—Lina tenía una memoria extraordinaria —intervino Teresa—. Recordaba acontecimientos que los demás habíamos olvidado.
Sonreí.
—Y disfrutaba contándolos. Podía escuchar la misma historia veinte veces y siempre encontraba algún detalle nuevo.
Ernesto sacó un sobre amarillento de una carpeta.
—Quizás esto te interese.
En su interior había varias copias de documentos antiguos y una carta escrita con una caligrafía que reconocí inmediatamente.
—Es la letra de Blanca —murmuré.
—Eso creo. Encontré estos papeles entre las pertenencias de mi padre. Nunca supe exactamente de dónde habían salido.
Leí algunos fragmentos. La carta estaba dirigida a una pariente que había permanecido en España y hablaba de las dificultades de adaptarse al nuevo continente.
Blanca mencionaba la nostalgia por las calles de La Coruña, el sonido del mar y las conversaciones con su familia antes de partir.
Sentí una emoción difícil de explicar. Durante toda mi vida había escuchado hablar de mis antepasados como si fueran personajes de una historia lejana.
Ahora tenía delante de mí palabras escritas por una de aquellas personas, palabras que habían cruzado generaciones hasta llegar a mis manos.
—¿Puedo hacer copias? —pregunté.
—Por supuesto —respondió Ernesto—. Si te sirven para reconstruir la historia, me alegrará muchísimo.
Regresé a casa con nuevas fotografías, documentos y una lista de preguntas que parecía crecer cada vez que encontraba alguna respuesta.
***
Mi investigación comenzó a adquirir cierta organización.
Compré carpetas, separadores y un cuaderno donde registraba los datos que conseguía confirmar.
También creé archivos digitales para conservar copias de los documentos y evitar que se perdieran.
Aprendí a distinguir entre las fechas que aparecían en registros oficiales y aquellas que solamente conocíamos por relatos familiares.
Descubrí que algunos nombres estaban escritos de distintas maneras y que las edades mencionadas en ciertos documentos no siempre coincidían.
Había noches en las que permanecía varias horas frente a la computadora, consultando archivos digitalizados, registros históricos y páginas dedicadas a la genealogía.
Buscaba información sobre movimientos migratorios, puertos de salida, registros civiles y parroquiales.
También intenté localizar referencias a los apellidos de Víctor y Blanca en documentos de Galicia.
No siempre obtenía resultados. En ocasiones pasaba una tarde entera revisando información para descubrir que había seguido una pista equivocada.
Otras veces encontraba un nombre que parecía coincidir con el de algún familiar, pero no tenía pruebas suficientes para asegurar que se tratara de la misma persona.
Aquello me enseñó a ser paciente. Y, de alguna manera, también comenzó a ayudarme a sobrellevar la tristeza.
El dolor por la muerte de Sergio no había desaparecido.
Seguía extrañándolo cada mañana y todavía había noches en las que lloraba al recordar nuestra última conversación.
Pero ahora existían momentos durante el día en los que conseguía concentrarme en algo diferente.
Cuando encontraba una fecha, una fotografía o una referencia que podía acercarme a la historia de mis antepasados, sentía una satisfacción que hacía mucho tiempo no experimentaba.
No era felicidad, al menos no de la manera en que la había conocido junto a Sergio. Era interés, curiosidad y la sensación de estar haciendo algo que tenía sentido para mí.
Una noche, mientras revisaba una fotografía de Víctor, me descubrí sonriendo. Había conseguido relacionar dos documentos que hasta entonces parecían inconexos y aquello me permitió confirmar un dato sobre una parte de su vida. Mi primera reacción fue girar la cabeza para contárselo a Sergio.
—Amor, no vas a creer lo que encontré...
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
La silla que él acostumbraba ocupar permanecía vacía.
Sentí que el entusiasmo desaparecía y las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos.
Durante unos segundos permanecí inmóvil, mirando la pantalla.
Después cerré los documentos y me levanté para preparar una taza de té.
Todavía me ocurría con frecuencia. Descubría algo interesante, escuchaba una canción o veía una película que sabía que le habría gustado y, por un instante, olvidaba que ya no podía compartirlo con él.
Pero aquella noche, cuando regresé a la mesa, decidí continuar trabajando.
No porque lo extrañara menos, sino porque comprendí que mi vida no podía quedar detenida para siempre en el momento de su muerte.
***
Una tarde Patricia vino a visitarme y encontró el comedor convertido en una especie de archivo familiar. Había fotografías distribuidas sobre la mesa, carpetas abiertas y una libreta llena de anotaciones.
Se detuvo en la puerta y observó todo con expresión divertida.
—¿Qué sucedió aquí? ¿Estás investigando un crimen?
Me reí.
—Algo parecido. Estoy intentando descubrir quiénes fueron mis antepasados.
Patricia se acercó y examinó una fotografía.
—¿Ese es Víctor?
—Sí. Mi bisabuelo. El padre de Juan.
—Recuerdo que Lina hablaba mucho de él.
—Y eso que todavía no sabía todas las cosas que estoy encontrando.
Le mostré algunos documentos y le expliqué cómo había comenzado a reconstruir los movimientos de la familia. Patricia escuchó con interés y me ayudó a ordenar varias fotografías.
—Me alegra verte así —comentó después de un rato.
La miré.
—¿Así cómo?
—Entusiasmada con algo.
Bajé los ojos hacia la mesa.
—Me mantiene ocupada.
—Creo que es más que eso, Lauren.
Permanecí en silencio. Patricia se sentó frente a mí.
—Sé que sigues extrañando muchísimo a Sergio. Yo también lo extraño. Era mi hermano y hay días en los que todavía me cuesta creer que no voy a volver a verlo. Pero me alegra que hayas encontrado algo que despierte tu interés.
Sentí una punzada de tristeza al escucharla hablar de él.
—A veces me siento culpable —confesé.
—¿Por qué?
—Porque hay momentos en los que estoy tan concentrada en todo esto que paso varias horas sin pensar en lo que sucedió. Y después me doy cuenta y siento que estoy haciendo algo malo.
Patricia negó lentamente con la cabeza.
—Lauren, mi hermano te amaba. ¿De verdad crees que habría querido que pasaras el resto de tu vida encerrada, sufriendo?
—No.
—Entonces no tienes por qué sentirte culpable por volver a interesarte en algo.
Miré una de las fotografías de Sergio que permanecían sobre la repisa.
—Él siempre decía que teníamos que aprovechar la vida.
Patricia sonrió con tristeza.
—Y era el primero en inventar cualquier excusa para organizar un viaje.
—O para pedirme una Red Velvet.
Nos reímos entre lágrimas.
—Estoy segura de que estaría encantado de verte investigando todo esto —añadió—. Probablemente ya habría organizado un viaje a España para acompañarte.
Aquellas palabras quedaron dando vueltas en mi cabeza.
Un viaje a España. Hasta entonces había considerado la investigación como una actividad que podía realizar desde casa.
Había consultado documentos digitales y conversado con familiares, pero nunca me había planteado seriamente visitar los lugares donde había comenzado nuestra historia.
Miré el diario de Blanca, que descansaba junto a la computadora.
—Quizás tengas razón —murmuré.