Recuérdalos Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

—Ahora estás atravesando un dolor enorme y es natural que no puedas imaginar cómo será tu vida dentro de unos meses o unos años. Pero no necesitas resolverlo todo en este momento.

Teresa señaló suavemente el diario que descansaba sobre la mesa.

—Mira a Blanca. Ella tampoco sabía cómo iba a ser su futuro cuando dejó su tierra. Tenía miedo, extrañaba su hogar y seguramente hubo días en los que deseó abandonar todo. Sin embargo, fue construyendo su vida paso a paso.

—Su situación era diferente.

—Claro que lo era. Cada dolor es distinto y no pretendo compararlos.

Solamente quiero que recuerdes que las mujeres de nuestra familia han atravesado dificultades de muchas clases.

Algunas tuvieron que abandonar su país, otras enfrentaron pérdidas, enfermedades o decisiones que parecían imposibles.

Y muchas encontraron maneras de continuar, incluso cuando al principio no sabían cómo.

Permanecí mirando el cuaderno.

—Tú también vas a encontrar tu manera, Lauren —dijo con suavidad—. No porque debas olvidar a Sergio, sino porque todavía tienes una vida que merece ser vivida.

Me cubrí el rostro con una mano.

—Ojalá pudiera creerlo.

Teresa me abrazó nuevamente.

—No importa si hoy no puedes. Yo puedo creerlo por ti mientras tanto.

Aquellas palabras me hicieron llorar otra vez, aunque de una manera diferente. No porque mi tristeza hubiera disminuido, sino porque por primera vez en mucho tiempo sentí que alguien comprendía que no necesitaba escuchar que todo estaría bien.

Necesitaba que me permitieran estar mal. Y que, aun así, no dejaran de confiar en mí.

Antes de marcharse, Teresa me ayudó a ordenar las fotografías y los documentos. Decidimos guardar los objetos de Lina en una caja aparte y colocar el diario de Blanca sobre una repisa de la biblioteca, donde pudiera encontrarlo fácilmente.

—Cuando tengas ganas, léelo con tranquilidad —me recomendó—. Quizás encuentres cosas que te sorprendan.

—Seguro que sí.

—Y si aparecen nombres o lugares que no reconoces, podemos intentar averiguar algo entre las dos. Ernesto también conserva bastante material familiar.

Asentí.

—Me gustaría hacerlo algún día.

Teresa sonrió.

—Entonces ya tenemos una excusa para volver a reunirnos.

La acompañé hasta la puerta y nos despedimos con un abrazo largo.

—Gracias por venir —le dije.

—Voy a volver, querida. Y tú puedes llamarme cuando quieras, incluso si solamente necesitas conversar un rato.

—Lo haré.

Cuando cerré la puerta, el silencio regresó.

Durante unos segundos permanecí inmóvil en el recibidor. Después caminé hasta la sala y observé los objetos que Teresa había dejado sobre la mesa.

La fotografía de Lina y Juan.

El pañuelo bordado.

Las cartas antiguas.

Y aquel pequeño diario de tapas oscuras que había pertenecido a una mujer cuya vida se había desarrollado mucho antes de la mía.

Me senté y lo abrí nuevamente.

Busqué la página que había llamado mi atención durante la tarde y releí las palabras de Blanca.

«Quizás ser valiente no signifique dejar de temer, sino encontrar la manera de seguir viviendo a pesar de ese temor».

Permanecí contemplando la frase.

Pensé en mi bisabuela, en su viaje a un continente desconocido y en los esfuerzos que debió realizar para construir un hogar lejos de todo lo que amaba.

Pensé en mi abuela Lina, que había pasado tantos años junto a Juan y que, después de perderlo, continuó hablando de él con una ternura que nunca se extinguió.

Y pensé en Sergio.

En su sonrisa.

En sus manos.

En la manera en que me había enseñado que el amor podía ser tranquilo, generoso y profundamente feliz.

Sentí que las lágrimas regresaban.

Cerré el diario y lo apoyé sobre mi regazo.

No quería convertirme en un ejemplo de fortaleza. No deseaba que mi sufrimiento sirviera para demostrar que era capaz de superar cualquier cosa. Estaba cansada de tener que encontrar fuerzas después de cada golpe que me daba la vida.

Solamente quería descansar de tanto dolor.

Pero recordé las palabras de Teresa.

No tienes que empezar otra vez hoy.

Quizás eso fuera lo único que podía permitirme por el momento.

No pensar en el futuro.

No exigirme encontrar un nuevo propósito.

No intentar comprender por qué había perdido al hombre que amaba.

Simplemente llegar al día siguiente.

Me levanté y fui hasta la cocina. Preparé una taza de té y regresé a la sala con el diario entre las manos. Afuera comenzaba a oscurecer y las primeras luces de la calle se reflejaban sobre el vidrio de la ventana.

Abrí el cuaderno por la primera página.

No sabía cuánto conseguiría leer aquella noche. Tampoco sabía si la historia de Blanca podría ofrecerme algún consuelo. Pero sentí curiosidad por conocer a aquella mujer que había tenido que abandonar su mundo para construir otro.

Una mujer que había sentido miedo.

Que había extrañado.

Que había dudado.

Y que, a pesar de todo, había dejado escritas sus experiencias para que alguien, muchos años después, pudiera conocerlas.

Acaricié suavemente la tapa del cuaderno.

Por primera vez en meses, hubo algo que despertó mi interés más allá de la tristeza.

Era apenas una curiosidad pequeña, frágil, incapaz de borrar el vacío que Sergio había dejado en mi vida.

Pero estaba allí.