Capítulo 14 #2
Sentí una extraña emoción al imaginar a aquella mujer escribiendo esas palabras tantos años atrás.
Continué leyendo.
«Víctor dice que debemos mirar hacia adelante. Sé que tiene razón, pero hay mañanas en las que despierto y, durante unos segundos, creo que todavía estoy en nuestra antigua casa. Entonces escucho los sonidos de esta ciudad desconocida y recuerdo que estamos muy lejos de todo lo que conocíamos».
Pasé lentamente la página.
«No deseo regresar a las dificultades que dejamos atrás. Fueron años de preocupación, de trabajo escaso y de incertidumbre. Sé que marcharnos era necesario, pero eso no significa que haya sido fácil.
A veces me pregunto si las personas que nos ven caminar por estas calles imaginan cuánto hemos perdido para poder estar aquí».
Permanecí en silencio.
Teresa me observaba con atención.
—Es impresionante, ¿verdad?
Asentí.
—Parece que estuviera hablando de algo que sucedió ayer.
—Eso mismo pensé cuando lo encontré.
Volví a mirar el cuaderno.
En las páginas siguientes Blanca relataba algunas dificultades de sus primeros tiempos en el nuevo continente.
Hablaba de los trabajos que Víctor conseguía, de las largas jornadas, de la preocupación por administrar el dinero y de la soledad que sentía mientras intentaba adaptarse a una vida completamente diferente.
También escribía sobre pequeños momentos de felicidad.
«Hoy hemos conseguido una mesa para nuestra casa. Es vieja y una de sus patas necesita reparación, pero al colocar sobre ella nuestro mantel sentí que por primera vez este lugar comenzaba a parecernos propio. Quizás construir un hogar consista precisamente en eso:
reunir pequeñas cosas hasta que lo desconocido deje de parecernos extraño».
Sonreí con tristeza.
—Qué manera tan bonita de escribir.
—¿Verdad que sí?
Seguí hojeando el diario y encontré otra reflexión.
«Hay días en los que quisiera tener la fortaleza de quienes parecen adaptarse sin dificultad. Después recuerdo que cada mañana me levanto, preparo lo necesario y continúo haciendo lo que debo hacer, aunque todavía tenga miedo. Quizás ser valiente no signifique dejar de temer,
sino encontrar la manera de seguir viviendo a pesar de ese temor».
Me quedé mirando aquellas palabras durante largo rato.
No sabía prácticamente nada sobre Blanca. Hasta ese momento había sido apenas un nombre dentro de mi árbol familiar, la esposa de Víctor y la madre del abuelo Juan. Sin embargo, aquellas páginas me permitían descubrir a una mujer con sentimientos, dudas y esperanzas propias.
Una mujer que había dejado atrás su tierra y que, lejos de vivir aquella decisión como una aventura maravillosa, había tenido que aprender a convivir con la nostalgia, el miedo y la incertidumbre.
—Me gustaría leerlo completo —dije finalmente.
Teresa sonrió.
—Por eso te lo traje.
La miré sorprendida.
—¿Quieres dejármelo?
—Quiero que lo conserves. Lina siempre decía que eras la que más disfrutaba escuchando las historias familiares. Estoy segura de que le habría encantado saber que este cuaderno terminó en tus manos.
Acaricié suavemente la tapa.
—Gracias, Teresa. De verdad.
—No tienes que agradecerme nada.
Pasamos buena parte de la tarde revisando fotografías y tratando de reconstruir algunos parentescos.
Teresa me contó anécdotas que recordaba de su infancia, historias que había escuchado de sus padres y pequeños detalles sobre personas cuyos nombres apenas conocía.
En ocasiones nos reíamos al descubrir alguna coincidencia familiar; otras veces permanecíamos pensativas frente a una fotografía que parecía guardar más preguntas que respuestas.
Por primera vez en mucho tiempo conseguí pasar varias horas sin mirar constantemente el reloj ni sentir que la tarde avanzaba demasiado despacio.
Aquella distracción me hizo bien.
Pero cuando terminamos de guardar los documentos y Teresa se acomodó nuevamente en el sillón, la tristeza regresó con una fuerza inesperada.
Miré la fotografía de Sergio sobre la repisa.
—¿Sabes algo? —murmuré.
Teresa levantó la mirada.
—Dime, querida.
—Te agradezco muchísimo que hayas venido. Me hizo bien escuchar todas estas historias.
—Me alegra.
Bajé los ojos hacia el diario de Blanca.
—Pero cuando te marches voy a quedarme sola otra vez.
Teresa no respondió inmediatamente.
—Y no sé cuánto tiempo más voy a poder soportar esta sensación —continué—. Voy al banco, hago las compras, preparo algo de comer y trato de mantener la casa en orden. Todos me dicen que tengo que seguir adelante, pero no sé cómo hacerlo.
Sentí que las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos.
—Hay días en los que ni siquiera tengo ganas de levantarme. Me despierto y pienso que no tiene sentido hacer planes porque Sergio ya no está para compartirlos conmigo.
Teresa se acercó y tomó mi mano.
—Lauren...
—Sé que tengo a mis hijos. Sé que hay personas que me quieren y que debería estar agradecida por tantas cosas. Pero lo extraño tanto...
La voz se me quebró.
—Después de todo lo que vivimos, después de acompañarlo durante su enfermedad y verlo recuperarse, pensé que finalmente podríamos disfrutar de nuestra vida. Habíamos pasado por tantas cosas que creí que merecíamos un poco de tranquilidad.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas.
—Y ahora no sé qué hacer conmigo misma.
Teresa me abrazó sin decir nada. Permanecimos así durante varios minutos, hasta que conseguí recuperar algo de serenidad.
—No tienes que disculparte por estar triste —me dijo finalmente—. Has perdido a un hombre al que amabas profundamente. Sería extraño que pudieras continuar como si nada hubiera sucedido.
Me sequé las mejillas.
—Todos parecen esperar que en algún momento vuelva a ser la de antes.
—Quizás no vuelvas a ser exactamente la de antes.
La miré.
Teresa acarició suavemente mi mano.
—Las experiencias nos cambian, Lauren. Algunas nos hacen crecer y otras nos dejan heridas que tardan mucho en cicatrizar. Pero eso no significa que nuestra vida haya terminado.
Bajé la mirada.
—No me siento capaz de empezar otra vez.
—No tienes que empezar otra vez hoy.
Permanecimos unos segundos en silencio.
—Quiero recordarte algo —continuó Teresa—. Tú eres una mujer valiente.
Negué lentamente con la cabeza.
—No me siento valiente.
—La valentía no siempre se siente como valentía. A veces se parece mucho al miedo.
Levanté los ojos.
—Saliste de un matrimonio muy difícil —me recordó—.
Sé que no fue sencillo. Patricia me contó algunas cosas y también sé cuánto te costó tomar aquella decisión.
Hay mujeres que pasan toda su vida soportando situaciones que las lastiman porque sienten que no tienen otra alternativa.
Tú encontraste la fuerza para marcharte.
—Tuve mucha ayuda.
—Por supuesto. Y eso no le quita valor a lo que hiciste. Aceptar ayuda también requiere fortaleza.
Me quedé pensativa.
—Después conseguiste construir una vida propia —continuó—. Aprendiste a disfrutar de tu independencia y, cuando apareció Sergio, tuviste el valor de volver a confiar en alguien. Podrías haberte encerrado detrás de todo lo que habías sufrido, pero elegiste permitirte amar nuevamente.
Una lágrima cayó sobre mi mano.
—Y lo perdí.
—Sí, querida. Lo perdiste. Y no voy a decirte que eso tiene alguna explicación ni que sucedió por una razón que debas comprender. Hay cosas terriblemente injustas que simplemente ocurren.
Su sinceridad me conmovió.
—Pero quiero que recuerdes algo —añadió—. El hecho de que Sergio haya muerto no significa que los años que compartieron hayan desaparecido. Ese amor existió. Fue verdadero. Y siempre formará parte de tu historia.
Miré nuevamente su fotografía.
—Lo sé.