Capítulo 14
Habían pasado varios meses desde la muerte de Sergio y todavía había mañanas en las que despertaba esperando encontrarlo a mi lado.
Durante unos segundos, antes de abrir completamente los ojos, imaginaba que estaba en la cocina preparando café o que había salido temprano para comprar el pan.
Después llegaba el recuerdo, inevitable y cruel, y comprendía que tendría que enfrentar otro día sin él.
Nunca había imaginado que la ausencia pudiera ocupar tanto espacio.
Sergio ya no estaba, pero su presencia continuaba en cada rincón de nuestra casa.
Su taza favorita permanecía en el armario, sus libros seguían ordenados junto a los míos y algunas de sus camisas todavía colgaban en el ropero.
Había intentado guardar ciertas pertenencias, pero cada vez que comenzaba terminaba sentada sobre la cama, abrazada a alguna prenda que todavía conservaba vagamente su perfume.
Había regresado al banco después de tomarme un tiempo de licencia.
Mis compañeros me recibieron con cariño y procuraron facilitarme las primeras semanas, aunque pronto descubrí que la rutina no conseguía aliviar el vacío que sentía.
Cumplía con mis tareas, respondía consultas y participaba en reuniones, pero muchas veces llegaba al final de la jornada sin recordar demasiado de lo que había sucedido.
Era como si una parte de mí continuara funcionando por costumbre mientras la otra permanecía detenida en aquella noche.
Jeremy y Allison me llamaban con frecuencia.
Los hijos de Sergio también se mantenían en contacto y procurábamos reunirnos cuando sus obligaciones lo permitían.
Patricia seguía siendo una presencia constante, aunque yo había comenzado a rechazar algunas de sus invitaciones.
No porque no agradeciera su compañía, sino porque me resultaba agotador fingir que tenía ganas de conversar cuando lo único que deseaba era quedarme en silencio.
Lo peor llegaba al regresar a casa.
Durante años había disfrutado de mi independencia y de la tranquilidad de vivir sola.
Después conocí a Sergio y descubrí que compartir la vida con alguien podía ser maravilloso cuando existían el respeto y el amor.
Ahora aquella misma casa que habíamos llenado de proyectos parecía demasiado grande para una sola persona.
Había noches en las que preparaba una taza de té y me sentaba junto a la ventana, esperando que el cansancio terminara por vencerme. Otras veces encendía el televisor solamente para escuchar alguna voz que interrumpiera el silencio. Pero nada conseguía disimular la ausencia de Sergio.
Lo extrañaba de una manera que me dolía físicamente.
Extrañaba sus bromas, su manera de pronunciar mi nombre y aquella costumbre de preguntarme cómo había sido mi día antes de contarme el suyo. Extrañaba verlo leer en el sillón, escucharlo tararear mientras cocinaba y encontrar pequeñas notas que dejaba sobre la mesa cuando salía antes que yo.
Habíamos sobrevivido juntos a su enfermedad. Habíamos celebrado su recuperación y comenzado a hacer planes para los años siguientes. Todavía me resultaba imposible comprender por qué la vida nos había permitido superar aquella prueba para después arrebatármelo de una manera tan absurda.
A veces me sorprendía enojada con todo. Con el destino, con aquella carretera, con el conductor que había provocado el accidente y hasta con Sergio por haber salido de viaje ese día. Después me sentía culpable por pensamientos que sabía injustos.
No encontraba una forma correcta de vivir mi tristeza.
Solamente intentaba llegar al final de cada jornada.
***
Una tarde de sábado, mientras permanecía sentada en la sala con un libro abierto que llevaba casi una hora sin leer, sonó el timbre. No esperaba visitas y estuve a punto de ignorarlo, pero insistieron una segunda vez.
Al abrir la puerta encontré a Teresa, la prima de mi padre con quien había vuelto a conversar durante el funeral de mi abuela Lina.
Llevaba un bolso grande colgado del hombro y una caja de cartón entre los brazos.
—Lauren, querida —me saludó con una sonrisa—. Espero no haberte interrumpido.
La observé sorprendida.
—Teresa. Qué alegría verte.
—Hace tiempo que quería venir. Patricia me contó que estabas pasando días difíciles y pensé que quizás te haría bien un poco de compañía.
Me aparté para dejarla entrar.
—No tenías que molestarte.
—No es ninguna molestia. Además, tengo algo que creo que te va a interesar.
Le indiqué dónde podía dejar la caja y fui a preparar café. Teresa se acomodó en el sillón y comenzó a observar algunas fotografías que Sergio y yo habíamos colocado sobre una repisa.
Se detuvo frente a la imagen de nuestra boda.
—Qué hermosa fotografía —comentó.
Me acerqué.
En ella aparecíamos Sergio y yo abrazados bajo los árboles del jardín donde habíamos celebrado la ceremonia. Él sonreía mientras yo lo miraba con una felicidad que ahora me parecía pertenecer a otra persona.
—Fue un día maravilloso —respondí.
Teresa asintió.
—Recuerdo que Lina estaba encantada con tu matrimonio. Me llamó después de la boda y no dejaba de hablar de lo bien que te había visto.
Sonreí con tristeza.
—La abuela quería mucho a Sergio.
—Decía que se notaba cuánto te respetaba.
Miré nuevamente la fotografía.
—Era un hombre extraordinario.
Teresa guardó silencio durante unos segundos.
—Me hubiera gustado conocerlo mejor.
—A mí me hubiera gustado tener más tiempo con él.
Sentí que la voz se me quebraba y aparté la mirada.
Teresa se acercó y me acarició suavemente el brazo.
—Lo imagino, querida.
Regresamos a la sala y nos sentamos a tomar café.
Durante un rato hablamos de asuntos cotidianos, de nuestros familiares y de algunas personas que ambas conocíamos.
Teresa no intentó obligarme a conversar sobre Sergio ni me pidió que dejara de estar triste.
Simplemente permaneció conmigo, aceptando los silencios cuando aparecían.
Después señaló la caja que había llevado.
—Bueno, ahora quiero mostrarte algo.
La observé con curiosidad.
—¿Qué es?
—Estuve ordenando algunas cosas familiares y encontré documentos que habían quedado guardados durante años. También conseguí recuperar una pequeña caja con pertenencias de Lina que, por distintos motivos, había terminado entre las cosas de una pariente. Pensé que te gustaría tenerlas.
Sentí una emoción inesperada.
—¿Son cosas de la abuela?
—Algunas sí. Otras pertenecieron a personas de la familia mucho antes de que nosotras naciéramos.
Teresa abrió la caja con cuidado.
Lo primero que sacó fue un pequeño pañuelo bordado, de tela blanca y delicada, con unas iniciales en una esquina.
—Este era de Lina —explicó—. Lo usaba cuando era joven. No sé cómo consiguió conservarse tan bien.
Lo tomé entre mis manos.
Recordé inmediatamente a mi abuela guardando pañuelos cuidadosamente doblados dentro de su bolso. Siempre llevaba uno, incluso cuando yo le decía que ya casi nadie utilizaba pañuelos de tela.
—Es precioso —murmuré.
Teresa continuó sacando objetos: una pequeña caja de madera, algunas tarjetas antiguas, fotografías amarillentas y un sobre con cartas escritas a mano.
Entre las imágenes reconocí al abuelo Juan cuando era joven. En otra aparecía junto a Lina, ambos sentados en un banco de plaza, sonriendo tímidamente a la cámara.
—Nunca había visto esta fotografía —comenté.
—Es de cuando estaban de novios.
La observé durante varios segundos.
Mi abuela parecía tan joven que me costaba relacionarla con la mujer de cabello blanco que había conocido durante toda mi vida. Sin embargo, sus ojos conservaban aquella expresión vivaz que tanto recordaba.
—Estaban enamoradísimos —dijo Teresa.
—Nunca dejaron de estarlo.
Continuamos revisando fotografías. Aparecieron rostros desconocidos, reuniones familiares, niños vestidos con ropas antiguas y casas que probablemente ya no existían. Teresa intentaba identificar a las personas y, cuando no estaba segura, me explicaba las distintas posibilidades.
Entonces sacó un cuaderno pequeño, de tapas oscuras y bordes desgastados.
—Este es especialmente interesante —comentó.
Lo observé.
—¿Qué es?
—Un diario personal.
—¿De la abuela?
Teresa negó con la cabeza.
—De Blanca. La esposa de Víctor.
Sentí que algo despertaba dentro de mí.
—¿Mi bisabuela Blanca?
—Exactamente. La madre de tu abuelo Juan.
Tomé el cuaderno con cuidado.
Las tapas estaban gastadas y algunas páginas tenían manchas amarillentas. En la primera hoja aparecía un nombre escrito con una caligrafía inclinada y elegante.
Blanca.
Debajo había una fecha antigua.
—No sabía que ella escribía —murmuré.
—Parece que lo hizo durante varios años. No es un diario completo, al menos no encontré otros cuadernos, pero aquí cuenta algunas cosas de su vida y de cómo fue establecerse en este continente.
Levanté la mirada.
—¿Ella también vino de Europa?
—Por lo que pude entender, sí. Aunque no estoy segura de que haya viajado en el mismo momento que Víctor y su padre. Hay partes difíciles de leer y otras donde menciona acontecimientos sin explicar demasiado.
Recordé inmediatamente las historias que Lina me había contado sobre Víctor y su padre, aquellos hombres que habían cruzado el océano buscando un futuro diferente.
—La abuela hablaba mucho de ese viaje —comenté—. Pero casi siempre contaba lo que habían vivido los hombres de la familia.
Teresa asintió.
—Eso suele suceder. Recordamos quién decidió marcharse, quién consiguió trabajo o quién compró una casa. Pero pocas veces nos preguntamos cómo vivieron aquellos cambios las mujeres que también tuvieron que abandonar su mundo.
Abrí el cuaderno por una de las primeras páginas.
La tinta se había desvanecido en algunos sectores, aunque gran parte del texto todavía podía leerse. Me incliné para observar mejor las palabras y comencé a leer en voz alta.
«Hoy he vuelto a pensar en nuestra tierra. No sé si extraño más las calles que conocía o a las personas que quedaron en ellas. Cuando decidimos partir, todos hablaban de las oportunidades que encontraríamos al otro lado del océano.
Nadie nos explicó cómo se aprende a vivir con la ausencia de todo aquello que una vez llamamos hogar».
Me detuve.