Capítulo 13 #2
Nos explicaron que sería necesario realizar los procedimientos correspondientes y confirmar formalmente la identidad.
No sé cuánto tiempo transcurrió después de aquello.
Recuerdo fragmentos: una silla, un vaso de agua que no pude beber, la voz de Patricia respondiendo preguntas y mis manos temblando sobre el regazo.
Pensé en llamar a nuestros hijos. No pude. ¿Cómo podía decirles que Sergio había muerto si yo misma era incapaz de creerlo?
***
El reconocimiento del cuerpo fue una experiencia que jamás habría imaginado tener que vivir. Nos trasladaron al lugar donde se realizaría la identificación y un funcionario me explicó lo que iba a suceder. Patricia permaneció junto a mí, preguntándome varias veces si estaba segura de querer hacerlo.
No estaba segura de nada. Solamente necesitaba comprobar que se habían equivocado. Que aquel hombre no era Sergio. Que en algún lugar mi esposo seguía esperando que alguien lo ayudara y que pronto podríamos regresar a casa.
Cuando finalmente me permitieron verlo, sentí que el mundo se detenía.
Era él.
Reconocí su rostro, su cabello y aquella expresión que conocía mejor que cualquier otra. Tenía algunas lesiones visibles, pero no necesitaba observarlas para comprender lo que había sucedido. Lo reconocí inmediatamente.
Mi Sergio.
El hombre que aquella misma mañana me había besado antes de salir de casa.
El que se había recuperado de una enfermedad que nos había hecho temer lo peor.
El que me había pedido una Red Velvet para celebrar su mejoría y soñaba con viajar conmigo.
El que apenas unas horas antes me había dicho que me amaba.
Di un paso hacia él.
—Sergio...
Mi voz apenas fue un susurro. Esperé que abriera los ojos. Que sonriera. Que me dijera que todo había sido una confusión.
Pero permaneció inmóvil.
—Amor...
Sentí que las lágrimas comenzaban a deslizarse por mi rostro.
—Por favor...
No sé en qué momento empecé a llorar con desesperación. Recuerdo haber intentado acercarme más y sentir que Patricia me sostenía cuando las piernas dejaron de responderme.
—No puede ser —repetía—. No puede ser él.
Pero lo era. Y aquella certeza resultó más dolorosa que cualquier cosa que hubiera experimentado en mi vida.
Había acompañado a Sergio durante los tratamientos contra el cáncer.
Lo había visto perder peso, agotarse y luchar por recuperar las fuerzas.
Había pasado noches enteras temiendo que la enfermedad terminara arrebatándomelo.
Después lo había visto mejorar. Habíamos celebrado su recuperación rodeados de nuestros hijos. Habíamos vuelto a hacer planes.
Y ahora estaba allí, frente a su cuerpo sin vida, intentando comprender cómo podía terminar todo en cuestión de segundos.
La vida no podía ser tan injusta. No después de todo lo que habíamos atravesado. No después de habernos permitido creer que todavía nos esperaban muchos años juntos.
***
Patricia me llevó a casa cuando terminaron los procedimientos que requerían mi presencia.
Durante el trayecto permanecí en silencio, mirando por la ventanilla sin reconocer apenas las calles.
No sentía el cansancio ni el frío. Solamente un dolor inmenso, agudo, que parecía extenderse desde el pecho hasta cada parte de mi cuerpo.
Al entrar, encontré la cocina exactamente como la había dejado. La tabla con las verduras cortadas seguía junto al fregadero. Había dos platos preparados sobre la mesa y una servilleta doblada en el lugar donde Sergio acostumbraba sentarse. El pollo permanecía dentro del horno apagado.
Me detuve frente a la mesa.
Dos platos.
Había preparado la cena para los dos.
Y él nunca llegaría.
Me acerqué lentamente a su silla y apoyé una mano sobre el respaldo.
—Sergio...
El nombre salió de mi boca como una súplica.
Patricia se quedó a unos pasos de distancia.
—Lauren, ven. Siéntate conmigo.
Negué con la cabeza.
—Me dijo que iba a llegar.
Sentí que las lágrimas regresaban.
—Me dijo que en cuarenta minutos estaría aquí.
Patricia se acercó.
—Lo sé.
—Estábamos hablando de viajar. Me preguntó qué había de postre.
Mi voz se quebró.
—¡Me preguntó qué había de postre, Patricia!
Me cubrí el rostro con las manos.
—¿Cómo puede alguien estar hablando contigo y desaparecer un segundo después?
Patricia me abrazó mientras yo lloraba sin poder detenerme.
—No es justo —repetí—. No es justo.
No recuerdo cuánto tiempo permanecimos en aquella cocina. Finalmente Patricia consiguió que me sentara y me acercó un vaso de agua. Me preguntó si quería que llamara a los chicos.
Asentí. No podía hacerlo yo.
La escuché hablar primero con Jeremy y Allison. Después llamó a los hijos de Sergio. No sé qué palabras utilizó ni cómo consiguió explicarles algo que ni siquiera yo comprendía. Solamente recuerdo escuchar su voz quebrarse mientras intentaba mantenerse serena.
Cuando terminó, se sentó a mi lado.
—Van a venir —me dijo.
Miré hacia el pasillo.
—Sergio tendría que estar aquí.
Patricia me tomó la mano.
—Lo sé, Lauren.
—No debería tener que contarles a sus hijos que su padre murió.
Las lágrimas volvieron a caer.
—Ya perdieron a su madre. ¿Por qué también tenían que perderlo a él?
Patricia no respondió. No había respuesta posible.
***
Aquella noche no quise entrar en nuestro dormitorio. Me quedé sentada en la sala, con una manta sobre las piernas y el teléfono entre las manos. La pantalla permanecía apagada, pero yo seguía observándola como si en cualquier momento pudiera aparecer una llamada de Sergio.
Abrí nuestra conversación. Allí estaban sus mensajes de los últimos días. Una fotografía que me había enviado durante su viaje. Una broma sobre el café que había tomado aquella mañana. Un recordatorio para que no olvidara comprar algunos ingredientes.
Y un mensaje de la noche anterior.
Descansa, preciosa. Te amo.
Lo leí una y otra vez. Después busqué el registro de llamadas. Su nombre aparecía junto a la última conversación que habíamos mantenido.
Quise volver a escucharlo. Quise regresar a aquellos minutos en los que todavía reíamos, en los que Sergio me preguntaba por el postre y yo le decía que no se apurara.
Pensé en todas las cosas que podría haberle dicho si hubiera sabido que era la última vez que escucharía su voz.
Que lo amaba más de lo que cualquier palabra podía explicar.
Que había sido el hombre más maravilloso que había conocido.
Que gracias a él había aprendido que el amor podía ser un lugar seguro.
Pero después recordé nuestra despedida.
Te amo.
Yo te amo más.
Al menos nos habíamos dicho eso. Al menos aquellas habían sido algunas de nuestras últimas palabras.
Apreté el teléfono contra mi pecho y cerré los ojos.
Durante meses había vivido con miedo de perderlo por una enfermedad.
Había vigilado sus síntomas, acompañado sus tratamientos y celebrado cada resultado favorable.
Cuando finalmente nos dijeron que el cáncer estaba en remisión, creí que la vida nos estaba concediendo una nueva oportunidad.
Nunca imaginé que el peligro llegaría de otra manera. Sin advertencia. Sin tiempo para prepararnos. Sin una última despedida.
Pensé en mi abuela Lina y en aquellas historias sobre las crisis que obligaban a las personas a cambiar de rumbo. Recordé a Víctor cruzando el océano con su padre, a los hombres y mujeres que habían tenido que abandonar sus hogares y comenzar nuevamente.
Pero aquella noche no encontré consuelo en ninguna de esas historias.
No quería aprender nada del dolor. No quería descubrir nuevos caminos ni convertirme en una mujer más fuerte. No quería comenzar de nuevo.
Quería a mi esposo.
Quería escuchar sus pasos acercándose por el pasillo, su voz preguntándome qué había de cenar y su risa cuando yo le recordaba que no podía comer torta todos los días. Quería volver a aquella mañana en la que lo había despedido con un beso, sin saber que nunca volvería a abrazarlo.
Miré hacia la puerta de entrada. Durante un instante absurdo imaginé que escucharía su llave girando en la cerradura. Que aparecería cansado, sonriendo, y me pediría disculpas por haber llegado tarde.
Pero la puerta permaneció cerrada.
Y el silencio de nuestra casa me pareció más ensordecedor que el estruendo que había escuchado por teléfono.
Entonces comprendí que Sergio no regresaría. No aquella noche. No al día siguiente. Nunca.
Me cubrí el rostro con las manos y volví a llorar.
Habíamos vencido juntos tantos miedos que llegué a creer que también podríamos vencer al tiempo. Pero la vida había decidido terminar nuestra historia sin preguntarnos si estábamos preparados.
Y yo, que había aprendido a reconstruirme después de tantas dificultades, no encontraba dentro de mí una sola razón para aceptar que debía hacerlo otra vez.