Recuérdalos Capítulo 13
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Capítulo 13

Aquella noche estaba preparando la cena cuando sonó mi teléfono.

Había dejado una olla sobre el fuego y estaba cortando algunas verduras para acompañar el pollo que había puesto en el horno.

La radio sonaba suavemente en la cocina y, por la ventana, podía ver las luces de las casas vecinas encendiéndose una tras otra.

Era una de esas noches tranquilas en las que todo parecía transcurrir exactamente como debía.

Miré la pantalla y sonreí al descubrir el nombre de Sergio.

Había viajado por cuestiones personales a una ciudad cercana y estaba regresando a casa. Antes de salir me había dicho que probablemente llegaría después de las nueve, dependiendo del tránsito. Le había pedido que no se apurara y que me avisara cuando estuviera cerca.

—Hola, mi amor —respondí.

—Hola, preciosa. ¿Qué está haciendo mi esposa favorita?

Solté una carcajada.

—Espero ser tu única esposa.

—Por supuesto. Pero me gusta recordarte que ocupas el primer puesto.

—Qué hombre tan encantador.

—Eso dicen por ahí.

Escuché el sonido constante del motor y el ruido lejano de otros vehículos. Sergio hablaba a través del sistema de manos libres del automóvil, como acostumbraba hacer cuando me llamaba durante sus viajes.

—¿Cómo va el camino? —pregunté.

—Bien. Hay poco tránsito y ya dejé atrás la ciudad. Si todo sigue así, llegaré en unos cuarenta minutos.

—Perfecto. Estoy preparando la cena.

—¿Qué hay de comer?

—Pollo al horno con verduras.

—Maravilloso. ¿Y de postre?

Me reí.

—¿No puedes pensar en otra cosa?

—Claro que puedo. Pienso constantemente en ti.

—Qué manera tan elegante de preguntar si hice algo dulce.

—¿Funcionó?

—No.

Sergio soltó una carcajada.

—Entonces tendré que conformarme con un beso de mi esposa.

—Eso sí puedo ofrecerte.

Continué cortando las verduras mientras conversábamos.

Me contó algunos detalles de su jornada, una anécdota divertida que le había ocurrido durante el almuerzo y lo mucho que deseaba llegar a casa para quitarse los zapatos y descansar.

Había recuperado buena parte de sus fuerzas después de los tratamientos contra el cáncer.

Los controles continuaban siendo favorables y, aunque todavía debía prestar atención a ciertos cuidados, nuestra vida había recuperado una normalidad que ambos valorábamos profundamente.

Sergio había vuelto a conducir, a realizar viajes cortos y a ocuparse de sus actividades habituales.

Yo seguía sintiendo una gratitud inmensa cada vez que lo veía disfrutar de aquellas pequeñas libertades.

—Estaba pensando en el próximo fin de semana —comentó.

—¿Qué sucede el próximo fin de semana?

—Podríamos escaparnos a algún lugar. Nada demasiado lejos. Una posada bonita, una cena tranquila y un desayuno sin horarios.

Sonreí.

—¿No te parece que últimamente estás planeando demasiados viajes?

—Después de tantos meses de hospitales, creo que tengo derecho a compensar el tiempo perdido.

—Eso es verdad.

—Además, quiero pasar un fin de semana entero contigo sin que tengas que pensar en el banco, en la ropa para lavar o en lo que vamos a cocinar.

—¿Y quién va a preparar tus postres?

—Podemos llevar una Red Velvet en el equipaje.

Me reí nuevamente.

—Sergio, eres incorregible.

—Y tú me amas exactamente así.

Apoyé el cuchillo sobre la tabla y sonreí.

—Sí, mi amor. Te amo exactamente así.

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.

—Yo también te amo, Lauren.

Su voz sonó especialmente cálida.

—¿Sabes algo? —continuó—. A veces pienso en la suerte que tuve al encontrarte.

Me apoyé contra la mesada.

—Yo también pienso en eso.

—No imaginaba que la vida todavía pudiera regalarme una historia tan bonita.

Sentí una ternura inmensa.

—Llegaste cuando más necesitaba recordar que podía volver a ser feliz.

—Y tú llegaste cuando yo había aprendido a vivir solo, pero todavía no sabía cuánto extrañaba compartir mi vida con alguien.

Sonreí mientras observaba el reloj de la cocina.

—Bueno, señor romántico, será mejor que preste atención al camino. No quiero que se distraiga por mi culpa.

—Estoy conduciendo con mucho cuidado, señora.

—Eso espero.

—En cuanto llegue, voy a darte un beso enorme.

—Aquí te estaré esperando.

—Y después voy a probar ese pollo que seguramente está delicioso.

—Si llegas tarde, se enfría.

—Entonces tendré que darme prisa.

—No, Sergio. Nada de apurarte. Prefiero cenar frío y tenerte aquí.

Escuché su risa suave.

—Está bien, amor. Prometo no correr.

Volví a tomar el cuchillo para terminar de cortar las verduras.

—Te amo —le dije.

—Yo te amo más.

—Eso es imposible.

—Entonces tendremos que discutirlo cuando llegue.

Sonreí.

—Trato hecho.

Fue entonces cuando escuché un sonido extraño. Primero, algo parecido a una bocina prolongada. Después, un ruido brusco, como el chirrido de unos neumáticos contra el pavimento.

—¿Sergio?

No respondió. Escuché su voz pronunciar una exclamación que no llegué a comprender.

Y enseguida se produjo un estruendo. Un golpe violento, ensordecedor, acompañado por el sonido de algo que se rompía.

La comunicación se llenó de ruidos confusos durante apenas unos segundos.

Después llegó el silencio. Un silencio absoluto.

—¿Sergio?

Me quedé inmóvil, con el teléfono pegado al oído.

—¿Sergio, me escuchas?

Nada. Miré la pantalla. La llamada continuaba conectada.

—Amor, ¿qué pasó?

Esperé.

—Sergio, contéstame.

Mi voz comenzó a temblar.

—¡Sergio!

No escuché su respiración ni el sonido del motor. Solamente un ruido lejano e indefinido que no conseguía identificar. Sentí que el corazón comenzaba a golpearme con una fuerza desesperada.

—¡Sergio, por favor! ¡Háblame!

La llamada se interrumpió. Permanecí mirando la pantalla durante unos segundos, incapaz de comprender lo que acababa de suceder.

Después marqué nuevamente su número. Una vez.

Dos veces. Tres veces. No respondió. Volví a llamar.

Y otra vez. Y otra. Cada segundo de silencio parecía extenderse hasta convertirse en algo insoportable.

Intenté convencerme de que había perdido la señal, de que quizás se le había caído el teléfono o de que algún problema con el automóvil lo había obligado a detenerse. Pero el estruendo continuaba resonando dentro de mi cabeza. Sabía lo que había escuchado, aunque me negara a aceptarlo.

***

No recuerdo con claridad todo lo que hice durante los minutos siguientes.

Sé que apagué el horno, aunque después no pude recordar haberlo hecho.

Sé que llamé a Patricia y que apenas conseguí explicarle lo sucedido.

También recuerdo que intenté comunicarme con los servicios de emergencia para informar de un posible accidente en la ruta por la que Sergio estaba regresando.

No conocía su ubicación exacta. Solamente sabía qué camino había tomado y cuánto tiempo llevaba conduciendo.

Patricia llegó a casa mientras yo continuaba intentando comunicarme con él.

—Lauren, mírame —me dijo, tomándome por los hombros—. ¿Qué sabemos?

—Escuché un golpe, Patricia. Fue horrible. Estábamos hablando y de pronto...

La voz se me quebró.

—No responde. No responde el teléfono.

—Vamos a averiguar qué sucedió.

—Tengo que ir a buscarlo.

—Primero necesitamos saber dónde está.

—¡No puedo quedarme aquí!

Patricia me abrazó.

—Lo sé, cariño. Lo sé.

Durante un tiempo que me pareció interminable hicimos llamadas, dimos los datos del automóvil y preguntamos por posibles accidentes en aquella carretera. Yo caminaba de un lado al otro de la sala, incapaz de permanecer sentada. Cada vez que sonaba el teléfono sentía que el corazón se me detenía.

Finalmente recibimos una llamada de las autoridades. Habían localizado un accidente en la ruta que coincidía con la información proporcionada. Un automóvil con las características del de Sergio se había visto involucrado en una colisión y los equipos de emergencia se encontraban en el lugar.

Pregunté inmediatamente por mi esposo. La persona que me atendió habló con cautela y me explicó que todavía estaban verificando la identidad de los ocupantes.

—¿Está herido? —pregunté.

Hubo una pausa.

—Señora, necesitamos que se acerque acompañada. Le indicaremos adónde debe dirigirse.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

—¿Pero está vivo?

No recibí la respuesta que necesitaba. Patricia tomó el teléfono cuando comprendió que yo ya no podía continuar hablando. Recuerdo que me ayudó a ponerme un abrigo, buscó mi bolso y me acompañó hasta su automóvil.

Durante el trayecto apenas hablamos. Yo miraba las luces de la carretera y repetía mentalmente las últimas palabras de Sergio.

Yo te amo más.

Entonces tendremos que discutirlo cuando llegue.

No podía dejar de escucharlo. No podía aceptar que aquella conversación hubiera terminado de esa manera.

***

Cuando llegamos al lugar indicado, un funcionario se acercó a recibirnos. Había varias personas trabajando y algunos vehículos de emergencia permanecían estacionados a un costado. No nos permitieron acercarnos al sector donde había ocurrido el accidente.

Pregunté por Sergio antes de que el hombre terminara de presentarse.

—Mi esposo se llama Sergio. Estaba viajando por esta ruta. Tiene que estar aquí.

El funcionario me observó con una expresión que todavía recuerdo.

—Señora, ¿puede acompañarme un momento?

—¿Dónde está?

—Necesitamos hablar con usted.

—Quiero verlo.

Patricia me tomó de la mano. Nos condujeron hasta un lugar apartado y nos pidieron que nos sentáramos. Yo permanecí de pie.

El hombre comenzó a explicarnos que se había producido una colisión grave. Mencionó la intervención de los equipos de emergencia y dijo que uno de los conductores había fallecido en el lugar.

Sentí que todo el sonido a mi alrededor desaparecía.

—No —susurré.

El funcionario continuó hablando, pero apenas pude comprender algunas palabras.

—No —repetí—. Sergio estaba hablando conmigo.

Patricia me sostuvo del brazo.

—Lauren...

—¡Estábamos hablando por teléfono! ¡Hace apenas un rato!

El hombre guardó silencio.

—Tiene que haber un error —insistí—. Mi esposo está recuperándose de un cáncer. Acabamos de recibir buenas noticias. Estábamos haciendo planes para el fin de semana.

Mi voz comenzó a elevarse.

—¡No puede estar muerto!

Patricia me abrazó mientras yo intentaba apartarme.

—Quiero verlo. Necesito verlo.