Recuérdalos Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Jeremy levantó la mano.

—Yo puedo encargarme de los contratos cuando termine Derecho.

—Y yo puedo ayudar con la decoración —añadió la hija de Sergio.

—Yo me ofrezco para probar todos los productos —intervino su hermano.

—Ese puesto ya está ocupado —respondió Sergio inmediatamente.

Volvimos a reír.

Los escuché inventar nombres para una cafetería que probablemente nunca abriría, discutir sobre la ubicación ideal y calcular cuántas tortas tendría que preparar para satisfacer las exigencias de nuestro supuesto equipo de degustación.

Me quedé observándolos.

Patricia reía con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás.

Jeremy intentaba convencer a Allison de que una cafetería debía aceptar mascotas, aunque ella sostenía que sería necesario organizar espacios adecuados.

Los hijos de Sergio discutían sobre la decoración del local y mi esposo disfrutaba otra porción de torta mientras participaba en todas las conversaciones.

Había pasado tantas noches llorando a escondidas, temiendo que aquellos momentos nunca volvieran a repetirse, que contemplar aquella escena me produjo una emoción difícil de contener.

Sergio levantó la mirada y descubrió que lo observaba.

Me sonrió.

Yo le devolví la sonrisa.

No necesitábamos decir nada.

***

Aquella noche, después de despedir a nuestros familiares y ordenar la cocina, Sergio y yo salimos al jardín. El aire estaba fresco y el cielo comenzaba a llenarse de estrellas.

Nos sentamos juntos en el banco que habíamos colocado cerca de las plantas. Sergio pasó un brazo alrededor de mis hombros y yo apoyé la cabeza sobre su pecho.

—Fue un día maravilloso —comentó.

—Sí. Lo fue.

—Creo que deberíamos repetir estas reuniones más seguido.

—Sin necesidad de celebrar una recuperación médica, por favor.

Sergio soltó una risa suave.

—Estoy completamente de acuerdo.

Permanecimos en silencio durante unos minutos.

—¿Sabes qué fue lo que más extrañé durante los tratamientos? —preguntó finalmente.

—¿Qué cosa?

—Hacer planes contigo sin sentir que estábamos desafiando al destino.

Levanté la cabeza para mirarlo.

—Podemos volver a hacerlos.

—Eso estaba pensando.

—¿En qué?

Sergio sonrió.

—En viajar. En conocer algunos de esos lugares que tenemos anotados desde hace años. En visitar más seguido a los chicos. En aprovechar los fines de semana y dejar de postergar cosas que nos gustaría hacer.

Me acomodé nuevamente junto a él.

—Me parece una idea hermosa.

—Y también estaba pensando en la cafetería.

Solté una carcajada.

—¡Sergio!

—¿Qué? Es una propuesta perfectamente razonable.

—No pienso renunciar mañana al banco.

—No te lo estoy pidiendo. Solamente digo que tienes talento y que, si algún día quisieras dedicarte a otra cosa, me encantaría ayudarte.

Lo miré con ternura.

—Lo sé, amor.

—Además, imagina lo felices que serían nuestros nietos si algún día llegan y tienen una abuela que prepara la mejor Red Velvet del mundo.

Sentí una emoción inesperada al escucharlo hablar de un futuro tan lejano.

Durante meses habíamos tenido miedo de pensar siquiera en las siguientes semanas.

Ahora Sergio imaginaba viajes, proyectos y nietos que todavía no existían.

Y yo podía acompañarlo en aquellos sueños sin sentir que la esperanza era una imprudencia.

—Serías un abuelo terrible —bromeé.

—¿Por qué?

—Porque les darías torta antes de cenar.

—Eso es precisamente lo que hace un buen abuelo.

Me reí y lo abracé.

Sergio me besó suavemente la frente.

—Te amo, Lauren.

—Yo también te amo.

Permanecimos juntos mientras la noche avanzaba lentamente.

Sabíamos que los controles médicos continuarían y que nadie podía garantizar lo que sucedería en el futuro. Pero aquella incertidumbre ya no nos impedía disfrutar del presente.

Habíamos atravesado meses de miedo, agotamiento y lágrimas. Habíamos conocido la fragilidad de nuestros cuerpos y la importancia de aceptar ayuda. También habíamos descubierto que el amor podía sostenernos en los días difíciles sin necesidad de fingir que todo estaba bien.

Ahora, por fin, teníamos motivos para celebrar.

Miré a Sergio y lo encontré contemplando las estrellas con una sonrisa tranquila.

Su rostro había recuperado parte de aquella expresión luminosa que tanto me gustaba y, aunque todavía le quedaban fuerzas por recuperar, volvía a disfrutar de las pequeñas cosas que siempre habían formado parte de nuestra felicidad.

Sentí una gratitud inmensa.

La vida volvía a sonreírme.

Y aquella noche, mientras descansaba entre los brazos del hombre que amaba, no quise pensar en las pérdidas que había conocido ni en los temores que todavía podían aparecer.

Solamente quise guardar aquel instante.

El sabor dulce de la torta que habíamos compartido, las risas de nuestros hijos, la alegría de Patricia y la voz de Sergio imaginando proyectos para un futuro que nuevamente parecía abierto ante nosotros.

Porque después de tantos meses de incertidumbre, la esperanza había regresado a nuestra casa.

Y esta vez, en lugar de esperar a que todo fuera perfecto para sentirnos felices, decidimos disfrutar de cada día que la vida nos regalara.