Recuérdalos Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Para la celebración decidí preparar su torta favorita con especial dedicación. El viernes por la tarde fui a comprar los ingredientes y el sábado me levanté temprano para comenzar a trabajar.

Mientras mezclaba la mantequilla con el azúcar, recordé las primeras veces que había preparado aquella receta. Sergio solía aparecer en la cocina para probar la crema de queso antes de que terminara de decorar la torta y yo debía amenazarlo con dejarlo sin postre si continuaba robando cucharadas.

Aquella mañana no fue diferente.

—¿Necesitas un catador profesional? —preguntó desde la puerta.

Me volví y lo encontré sonriendo.

Llevaba una camisa clara y unos pantalones cómodos. Todavía estaba más delgado que antes de enfermarse, pero su rostro había recuperado el color y sus ojos tenían nuevamente aquel brillo que tanto me gustaba.

—Necesito que el catador profesional se mantenga alejado de la crema.

—Eso es una falta de respeto a mis años de experiencia.

—Sergio, todavía no terminé.

Se acercó lentamente y observó el recipiente.

—Solamente quiero comprobar que esté a la altura de la ocasión.

Le entregué una cucharita con un poco de crema.

La probó con absoluta seriedad.

—Extraordinaria.

—Dices eso siempre.

—Porque siempre es extraordinaria.

Me besó en la mejilla y se sentó a la mesa mientras yo continuaba trabajando.

—Deberías abrir una cafetería —comentó.

Solté una carcajada.

—¡Otra vez con eso!

—Imagínalo. Un local pequeño, con mesas junto a la ventana, plantas y una vitrina llena de tus postres.

—¿Y tú qué harías?

—Sería el encargado del control de calidad.

—Un trabajo muy sacrificado.

—Alguien tiene que hacerlo.

Negué con la cabeza, sonriendo.

—Creo que terminarías comiéndote todas las ganancias.

—Eso es un riesgo empresarial que deberíamos evaluar.

Continué decorando la torta mientras Sergio me contaba algunas ideas absurdas para el supuesto negocio. Propuso nombres, inventó promociones y aseguró que nuestra especialidad debería ser una porción de Red Velvet acompañada de café.

Lo escuchaba reír y sentía que cada una de aquellas bromas era un pequeño regalo.

Durante meses había temido no volver a compartir momentos así.

Ahora lo tenía frente a mí, imaginando proyectos disparatados y robando pequeñas cantidades de crema cuando creía que yo no lo veía.

La vida comenzaba a sonreírnos nuevamente.

***

La comida familiar se realizó el domingo al mediodía. Patricia llegó temprano para ayudarme a preparar la mesa, aunque pasó buena parte del tiempo observando la torta que descansaba en el refrigerador.

—Tengo que reconocer que mi hermano sabe elegir —comentó.

—¿En qué sentido?

—Primero te eligió a ti. Después consiguió que le prepararas semejante maravilla para celebrar.

Me reí.

—Siempre puedes pedirle una porción.

—Pienso hacerlo. Y bastante grande.

Los chicos llegaron poco después. La casa se llenó rápidamente de voces, abrazos y conversaciones. Jeremy y Allison habían viajado desde la capital junto con los hijos de Sergio, y los cuatro parecían tan entusiasmados como nosotros.

Preparamos una mesa larga en el jardín. El día estaba agradable y decidimos aprovechar el buen tiempo para comer al aire libre. Sergio insistió en ayudar a acomodar algunas sillas, aunque todos intentamos impedirlo.

—Por favor —protestó—. He sobrevivido a meses de tratamientos. Creo que puedo trasladar una silla de un lado al otro.

Su hijo se acercó y le quitó una de las manos del respaldo.

—Puedes, papá. Pero hoy te toca disfrutar.

Sergio lo observó durante unos segundos.

—Está bien. Pero solamente porque eres muy insistente.

—Lo heredé de ti.

Todos reímos.

Durante el almuerzo hablamos de los últimos meses, de los planes universitarios y de las vacaciones que esperábamos organizar.

Por primera vez en mucho tiempo, las conversaciones no estuvieron dominadas por la preocupación.

Había preguntas sobre viajes, trabajos y proyectos futuros.

Los jóvenes discutían sobre sus carreras mientras Patricia contaba alguna anécdota que terminaba provocando carcajadas.

En determinado momento, Jeremy levantó su vaso.

—Creo que deberíamos brindar.

Las conversaciones se interrumpieron.

Mi hijo miró a Sergio con una sonrisa emocionada.

—Por ti. Porque nos diste un susto enorme, porque soportaste momentos muy difíciles y porque estamos felices de tenerte aquí, sentado con nosotros.

Allison levantó también su vaso.

—Y porque mamá vuelve a sonreír como antes.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

Los hijos de Sergio se acercaron a su padre y lo abrazaron. Patricia se secó discretamente una lágrima mientras intentaba mantener la sonrisa.

Sergio permaneció unos segundos en silencio antes de hablar.

—No sé si merezco tantas palabras bonitas —comenzó.

—Las mereces —respondió su hija.

Él sonrió.

—Estos meses me enseñaron muchas cosas. Aprendí que no siempre podemos controlar lo que nos sucede y que hay momentos en los que debemos aceptar ayuda, incluso cuando estamos acostumbrados a resolverlo todo por nuestra cuenta.

Pero también descubrí algo que ya sabía y que quizás no valoraba lo suficiente.

Nos miró uno por uno.

—Tengo una familia maravillosa.

Sentí que me apretaba la mano debajo de la mesa.

—Cada uno de ustedes encontró una manera de acompañarme. Con visitas, llamadas, comidas, bromas y hasta discusiones sobre cuánto debía descansar. Y Lauren...

Su voz se quebró ligeramente.

Lo miré.

—Lauren estuvo conmigo incluso en los días en los que yo mismo tenía dificultades para reconocerme. Nunca me hizo sentir menos hombre por necesitar ayuda y nunca dejó de recordarme que seguíamos teniendo una vida juntos, aunque fuera diferente de la que habíamos imaginado.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas.

Sergio me acarició la mano.

—Gracias, amor.

Negué suavemente con la cabeza.

—No tienes que agradecerme nada.

—Sí tengo. Porque me acompañaste cuando todo era incierto y porque sigues estando aquí para celebrar conmigo.

Se volvió hacia los demás.

—Así que quiero brindar por la vida. Por los médicos y todas las personas que me ayudaron a llegar hasta aquí. Por ustedes, que hicieron más llevaderos los días difíciles. Y por todas las cosas hermosas que todavía esperamos compartir.

Levantamos nuestros vasos.

—¡Por la vida! —repetimos.

El sonido de las copas al encontrarse me pareció una de las músicas más hermosas que había escuchado en mucho tiempo.

***

Cuando llegó el momento del postre, entré en la cocina y saqué la Red Velvet del refrigerador. Había preparado tres capas de bizcocho rojo intenso, separadas por una crema suave de queso y vainilla. La decoración era sencilla, con pequeñas rosetas blancas y unas migas rojas sobre la superficie.

Coloqué la torta sobre una bandeja y la llevé hasta el jardín.

Sergio comenzó a aplaudir.

—¡Por fin llegó la verdadera protagonista de esta celebración!

Todos se echaron a reír.

—Qué considerado eres con tu esposa —comentó Patricia.

—Mi esposa sabe perfectamente que la amo más que a cualquier torta.

—Eso espero —respondí mientras dejaba la bandeja sobre la mesa.

Sergio observó el postre con entusiasmo.

—Lauren, cada vez te queda más hermosa.

—Todavía no la probaste.

—No necesito probarla para saber que está deliciosa.

Corté la primera porción y se la serví.

Todos lo observamos mientras llevaba el tenedor a la boca. Sergio cerró los ojos con exageración y permaneció unos segundos en silencio.

—Bueno —dijo finalmente—. Ahora sí podemos considerar que estoy completamente recuperado.

Las carcajadas llenaron el jardín.

—¿Tan buena está? —preguntó Allison.

—Muchísimo. Y aprovecho para anunciar que sigo convencido de que tu madre debería abrir una cafetería.