Capítulo 12
Hubo un tiempo en el que llegué a temer las consultas médicas más que cualquier otra cosa.
Cada vez que Sergio y yo entrábamos en un consultorio, sentía que nuestro futuro dependía de las palabras que escucharíamos durante los siguientes minutos.
Habíamos aprendido a convivir con resultados, tratamientos y fechas de controles, pero nunca conseguí acostumbrarme completamente a aquella incertidumbre que parecía acompañarnos incluso durante los días más tranquilos.
Sin embargo, poco a poco comenzaron a aparecer pequeñas señales de mejoría.
Al principio fueron cambios casi imperceptibles.
Sergio empezó a recuperar el apetito y hubo mañanas en las que consiguió levantarse sin necesitar varios minutos para reunir fuerzas.
Después llegaron las tardes en las que podía permanecer despierto durante más tiempo, las caminatas breves alrededor de nuestra casa y el regreso de aquel entusiasmo que durante meses había quedado oculto detrás del agotamiento.
Recuerdo especialmente una mañana en la que entré en la cocina y lo encontré preparando café.
Me detuve en la puerta.
—¿Qué estás haciendo?
Sergio volvió la cabeza y sonrió.
—Buenos días para ti también, querida esposa.
—Deberías haberme llamado. Yo podía prepararlo.
—Lo sé, pero quería sorprenderte.
Lo observé mientras servía el café en nuestras tazas favoritas. Sus movimientos todavía eran lentos y había perdido bastante peso, pero aquella escena tan sencilla me produjo una alegría que difícilmente habría sabido explicar.
Durante meses había sido yo quien se levantaba primero, preparaba el desayuno y se aseguraba de que tuviera todo lo necesario antes de comenzar el día. Encontrarlo nuevamente en la cocina, realizando una de nuestras pequeñas rutinas, fue como recuperar un fragmento de la vida que tanto extrañábamos.
—No me mires así —bromeó—. Todavía recuerdo cómo funciona una cafetera.
Me acerqué y lo abracé por la espalda.
—Te amo.
Sergio dejó la cuchara sobre la mesada.
—¿Eso significa que el café quedó bien?
—Significa que te amo.
Se volvió lentamente y me besó.
—Entonces voy a preparártelo más seguido.
Aquel día desayunamos junto a la ventana, conversando sobre cosas que no tenían ninguna relación con hospitales ni medicamentos.
Sergio me contó que había estado pensando en arreglar algunas plantas del jardín y yo le hablé de una compañera del banco que estaba organizando un viaje.
Nos sorprendimos haciendo planes para el fin de semana, algo que durante mucho tiempo habíamos evitado por miedo a tener que cancelarlos.
No era una recuperación inmediata ni perfecta. Todavía había días difíciles y el cansancio aparecía cuando menos lo esperábamos. Pero por primera vez en muchos meses sentíamos que estábamos avanzando.
***
Los controles médicos comenzaron a confirmar aquello que nosotros percibíamos en casa.
Los resultados mostraban una respuesta favorable al tratamiento y los especialistas nos explicaron que la enfermedad estaba retrocediendo.
Sergio continuó con las indicaciones y asistió a cada consulta, aunque en algunas ocasiones debió reunir una paciencia que yo sabía que estaba comenzando a agotársele.
—Estoy convencido de que conozco todos los pasillos de este hospital —comentó una tarde.
—Todavía no has visitado la cafetería del último piso.
—Entonces tendremos que hacerlo antes de que me den el alta de esta vida de paciente profesional.
Sonreí.
—Primero vamos a escuchar lo que dice el médico.
Sergio me tomó la mano.
—Siempre tan organizada.
—Alguien tiene que serlo.
—Por supuesto. Yo solamente soy el encargado de aportar encanto a esta sociedad.
Solté una carcajada.
Aquella capacidad de bromear incluso después de los meses más difíciles seguía siendo una de las cosas que más admiraba de él.
Sergio nunca había negado el miedo ni la tristeza.
Había tenido días de frustración, momentos de agotamiento y noches en las que ambos terminábamos llorando abrazados.
Pero también había conservado una voluntad extraordinaria de seguir adelante, de cumplir con sus tratamientos y de disfrutar cada pequeña mejoría.
Yo intentaba acompañarlo con el mismo espíritu, aunque aprendí que ser optimista no significaba fingir que todo estaba bien.
Había días en los que necesitábamos reconocer el cansancio, aceptar las limitaciones y permitirnos estar tristes.
En otros, bastaba una buena noticia para recuperar la ilusión de hacer planes.
Nuestra perseverancia no podía controlar la enfermedad, pero nos ayudó a atravesar el tratamiento sin perder la capacidad de acompañarnos. Seguimos las indicaciones médicas, aceptamos la ayuda de nuestros familiares y aprendimos a celebrar cada avance sin olvidar que todavía debíamos ser pacientes.
Con el paso de los meses, Sergio recuperó parte del peso que había perdido. Su rostro comenzó a verse menos demacrado y sus pasos adquirieron nuevamente seguridad. Volvió a interesarse por las actividades que había dejado de lado y una tarde me sorprendió proponiéndome salir a cenar.
—¿A un restaurante? —pregunté.
—Sí. Uno de esos lugares donde alguien más cocina y nosotros solamente tenemos que decidir qué pedir.
—¿Te sientes con fuerzas?
—Creo que sí. Y si me canso, regresamos temprano.
Acepté encantada.
Elegimos un restaurante pequeño que solíamos visitar antes de su enfermedad. Cuando llegamos, Sergio se detuvo unos segundos frente a la entrada y observó las mesas iluminadas.
—Extrañaba esto —confesó.
—Yo también.
Durante la cena hablamos de nuestros hijos, de Patricia y de algunos lugares que nos gustaría conocer. Sergio comió con un apetito que me emocionó profundamente y hasta pidió compartir un postre.
—No puedo creerlo —comenté.
—¿Qué cosa?
—Hace unos meses tenía que insistirte para que probaras dos cucharadas de sopa y ahora quieres postre.
Sergio levantó una ceja.
—Querida, jamás he perdido mi interés por los postres. Solamente estaba atravesando una etapa de dificultades técnicas.
Me reí tanto que terminé llamando la atención de una pareja sentada cerca de nosotros.
Aquella noche, mientras regresábamos a casa, sentí que algo dentro de mí comenzaba a relajarse. No porque hubieran desaparecido todas las preocupaciones, sino porque finalmente podía imaginar nuestro futuro sin que el miedo ocupara cada pensamiento.
***
La noticia que tanto habíamos esperado llegó varios meses después.
Recuerdo que aquella mañana Sergio y yo entramos al consultorio tomados de la mano. El médico había solicitado nuevos estudios para evaluar la respuesta al tratamiento y, aunque los resultados anteriores habían sido alentadores, ninguno de los dos quería adelantarse.
El especialista revisó la documentación, nos explicó la evolución de los valores y las imágenes, y finalmente sonrió.
—Las noticias son muy buenas. En este momento no encontramos evidencia detectable de enfermedad activa.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—¿Eso significa que está curado? —pregunté.
El médico nos explicó que la respuesta había sido excelente y que, aunque sería necesario continuar con controles periódicos para vigilar cualquier posible reaparición, podíamos considerar que Sergio había alcanzado una remisión completa.
Miré a mi esposo.
Permanecía inmóvil, como si necesitara unos segundos para comprender lo que acababa de escuchar.
—¿Entonces hemos conseguido dejar atrás esta etapa? —preguntó.
—Hemos conseguido una respuesta muy favorable —respondió el especialista—. Ahora lo importante será continuar con el seguimiento y recuperar progresivamente su bienestar.
Sergio asintió lentamente.
Cuando salimos del consultorio, nos detuvimos en el pasillo.
Nos miramos.
Y comenzamos a llorar.
No recuerdo quién abrazó primero al otro. Solamente recuerdo la sensación de tenerlo entre mis brazos y comprender que, después de tantos meses de tratamientos, agotamiento e incertidumbre, finalmente habíamos recibido la noticia que tanto deseábamos.
—Lo conseguimos, amor —susurró Sergio.
Apoyé la frente sobre su pecho.
—Sí.
—Todavía tenemos muchas cosas por hacer.
Levanté la mirada.
—Muchísimas.
Sergio sonrió entre lágrimas.
—Entonces será mejor que empecemos a organizarnos.
Me reí y lo besé.
Aquella tarde llamamos a nuestros hijos, a Patricia y a las personas que habían estado pendientes de su salud.
Todos recibieron la noticia con una alegría inmensa.
Allison lloró durante la videollamada y Jeremy aseguró que debíamos organizar una celebración como correspondía.
Los hijos de Sergio insistieron en viajar el siguiente fin de semana, y Patricia anunció que no aceptaría ninguna excusa para reunir a toda la familia.
—Vamos a hacer una comida en casa —propuse.
—Perfecto —respondió Sergio—. Pero tengo una condición.
Lo miré con curiosidad.
—¿Cuál?
—Quiero tu Red Velvet.
Sonreí.
—¿Mi torta?
—Por supuesto. No pienso celebrar una noticia semejante con cualquier postre.
***
La torta Red Velvet siempre había sido la favorita de Sergio.
La primera vez que la preparé para él, durante uno de nuestros primeros meses de relación, aseguró que era la mejor que había probado en su vida.
Desde entonces encontraba cualquier excusa para pedírmela: cumpleaños, aniversarios, visitas familiares o simplemente un domingo en el que se le antojaba algo dulce.
Solía decir que yo estaba desperdiciando mi talento trabajando en el banco.
—Lauren, deberías renunciar y abrir una cafetería —repetía mientras disfrutaba una porción.
—¿Y dejar casi veinte años de experiencia bancaria para vender tortas?
—No venderías tortas. Ofrecerías experiencias gastronómicas inolvidables.
—Qué manera elegante de pedir una segunda porción.
—Estoy pensando en tu futuro profesional.
Aquellas conversaciones siempre terminaban entre risas.
A mí me gustaba cocinar, especialmente preparar postres, pero nunca había considerado seriamente convertir aquella afición en un trabajo.
Mi empleo en el banco representaba estabilidad, independencia y una parte importante de mi identidad.
Sergio lo sabía y jamás insistía de una manera que me hiciera sentir presionada.
Simplemente disfrutaba imaginando una pequeña cafetería donde pudiera pasar las tardes probando mis recetas.