Capítulo 11 #3
Y comprendí que, incluso en medio de aquella incertidumbre, seguíamos encontrando maneras de ser felices.
No era la felicidad despreocupada de los primeros meses de matrimonio. Era algo diferente, más frágil y consciente. Una felicidad que aparecía en una conversación tranquila, en una tarde sin dolor o en la posibilidad de compartir una comida sin que las náuseas se interpusieran.
Habíamos aprendido a agradecer cosas que antes parecían insignificantes.
***
Una noche, después de uno de los tratamientos más agotadores, Sergio se quedó dormido temprano. Yo terminé de ordenar la cocina y fui hasta el dormitorio para comprobar que estuviera cómodo.
La luz de la lámpara iluminaba suavemente su rostro.
Me senté en el borde de la cama y lo observé.
Había adelgazado mucho. Sus mejillas estaban más hundidas, sus brazos habían perdido parte de la fuerza que antes tenían y su respiración parecía acompañar el cansancio acumulado de aquellos meses.
Recordé al hombre que había conocido en casa de Patricia, cargando una caja de herramientas y bromeando sobre una puerta que no cerraba correctamente.
Recordé nuestra primera cena, el beso frente a mi edificio y aquella tarde en la que me pidió matrimonio mientras contemplábamos el atardecer.
Me costaba aceptar que aquel cuerpo tan debilitado perteneciera al mismo hombre que había bailado conmigo durante nuestra boda.
Sentí que las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos.
Me levanté con cuidado y salí al pasillo.
No quería que despertara y me encontrara llorando.
Fui hasta la cocina, apoyé las manos sobre la mesada y dejé caer la cabeza. Durante varios minutos lloré en silencio, intentando liberar una angustia que durante el día mantenía cuidadosamente contenida.
Tenía miedo.
Un miedo profundo, persistente, que aparecía incluso en los momentos de tranquilidad.
Miedo de recibir malas noticias en la siguiente consulta. Miedo de que los tratamientos dejaran de funcionar. Miedo de despertarme una mañana y descubrir que la vida había decidido arrebatarme al hombre con quien finalmente había encontrado un amor sereno y verdadero.
También me sentía culpable por tener miedo. Sergio era quien estaba enfermo, quien soportaba los procedimientos, los medicamentos y el agotamiento. Yo debería ser fuerte, me repetía. Debería acompañarlo sin derrumbarme.
Pero había noches en las que simplemente no podía.
Escuché unos pasos suaves detrás de mí.
Me volví rápidamente y encontré a Sergio apoyado en el marco de la puerta.
—Lauren...
Me sequé las mejillas con las manos.
—¿Qué haces levantado? Deberías estar descansando.
No respondió inmediatamente.
Se acercó despacio y tomó mi mano.
—Estabas llorando.
Intenté sonreír.
—Estoy un poco cansada.
Sergio me observó con ternura.
—Amor, no tienes que esconderte para llorar.
Aquellas palabras terminaron de quebrarme.
—No quiero preocuparte más de lo que ya estás.
—No me preocupa que llores. Me preocupa que creas que tienes que pasar por esto sola.
Lo abracé con cuidado, procurando no hacerle daño.
—Tengo tanto miedo de perderte —confesé contra su pecho.
Sentí que me acariciaba el cabello.
—Yo también tengo miedo, Lauren.
Permanecimos abrazados durante un largo rato.
—Quisiera poder prometerte que todo va a salir bien —continuó—. Pero no sería justo hacerlo cuando ninguno de los dos lo sabe.
Asentí entre lágrimas.
—Lo sé.
—Lo que sí puedo prometerte es que voy a seguir luchando mientras tenga fuerzas. Y que quiero aprovechar contigo todos los días que podamos compartir.
Levanté la mirada.
—No quiero imaginar mi vida sin ti.
Sergio me acarició la mejilla.
—Entonces no la imagines esta noche. Estoy aquí.
Apoyé mi frente contra la suya.
—Estás aquí —repetí.
—Y te amo.
Lo besé suavemente.
Después lo acompañé de regreso al dormitorio. Nos acostamos juntos y permanecimos abrazados, escuchando el silencio de la casa.
Aquella noche no intentamos convencernos de que éramos invencibles ni hicimos promesas sobre un futuro que ninguno podía garantizar.
Simplemente nos permitimos sentir miedo.
Y seguir amándonos a pesar de él.
Mientras Sergio se quedaba dormido con una mano entrelazada con la mía, comprendí que acompañar a alguien durante una enfermedad no significaba encontrar siempre las palabras correctas ni tener fuerzas para soportarlo todo sin llorar.
A veces consistía en acercar un vaso de agua, acomodar una almohada o permanecer despierta unos minutos más para comprobar que la persona amada descansaba.
Otras veces significaba aceptar que ambos éramos vulnerables y que ninguno podía proteger completamente al otro del dolor.
Sergio seguía siendo el hombre maravilloso del que me había enamorado. Su cuerpo estaba debilitado, pero conservaba aquella forma tan suya de preocuparse por los demás, de hacerme reír y de encontrar ternura incluso en los días más difíciles.
Yo no sabía cuánto tiempo nos quedaba ni qué noticias recibiríamos en la siguiente consulta.
Solamente sabía que lo amaba.
Y que, mientras pudiéramos seguir caminando juntos, aunque fuera lentamente y con la incertidumbre acompañándonos a cada paso, continuaría eligiéndolo cada día.