Recuérdalos Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Cuando conseguí serenarme, me lavé el rostro y regresé a la sala. Sergio continuaba dormido. Me senté a su lado, tomé su mano y permanecí allí hasta que despertó.

—¿Todo bien? —preguntó al abrir los ojos.

Sonreí.

—Todo bien, amor.

Me observó unos segundos, como si sospechara que había algo más detrás de mi respuesta, pero no insistió. Simplemente entrelazó sus dedos con los míos.

***

Nuestros hijos intentaban acompañarnos de todas las maneras posibles.

Los de Sergio viajaban desde la capital siempre que sus responsabilidades se lo permitían, y Jeremy y Allison también comenzaron a visitarnos con mayor frecuencia.

A veces organizábamos almuerzos familiares en casa, aunque Sergio ya no siempre tenía fuerzas para permanecer sentado durante toda la comida.

Nunca olvidaré una tarde en la que los cuatro jóvenes llegaron con bolsas de supermercado y anunciaron que se encargarían de preparar la cena.

—Hoy ustedes no hacen absolutamente nada —declaró Allison.

—Eso suena bastante peligroso —respondió Sergio desde el sillón.

Jeremy levantó una bolsa.

—Tenemos ingredientes, instrucciones y cuatro estudiantes universitarios. ¿Qué podría salir mal?

—Muchísimas cosas —contestó Sergio.

Las risas llenaron la sala.

Yo observé a los chicos moverse por la cocina, discutir sobre las cantidades y repartirse tareas. Durante un rato nuestra casa volvió a parecerse a la de antes, cuando los fines de semana estaban llenos de conversaciones, platos sobre la mesa y pequeños desacuerdos familiares.

Sergio disfrutó enormemente aquella velada. Aunque apenas comió, permaneció sentado con nosotros todo el tiempo que pudo. Escuchó las novedades de sus hijos, preguntó por los estudios de Jeremy y Allison y se interesó por los proyectos que cada uno tenía para los próximos meses.

Más tarde, cuando todos se marcharon, me ayudó a recoger algunas servilletas que habían quedado sobre la mesa.

—Deja eso —le dije—. Yo me encargo.

—Todavía puedo levantar una servilleta, señora.

Sonreí.

—Lo sé.

—Entonces permíteme conservar algunas responsabilidades domésticas.

Le entregué otra servilleta.

—Muy bien. Pero no te acostumbres a darme órdenes.

Sergio soltó una carcajada que terminó convirtiéndose en una tos breve. Cuando recuperó el aliento, me miró divertido.

—Jamás me atrevería.

Aquella noche, mientras nos preparábamos para dormir, me confesó que había disfrutado muchísimo de la visita.

—Son buenos chicos —comentó.

—Los mejores.

—Me alegra que se tengan cariño.

—A mí también.

Permaneció unos segundos pensativo.

—A veces me preocupa que estén dejando de hacer cosas importantes por venir a verme.

Me senté a su lado.

—Vienen porque te quieren.

—Lo sé. Pero no quiero que sus vidas se detengan por mi enfermedad.

—No se están deteniendo, Sergio. Solamente están haciendo un lugar para ti.

Me miró y sonrió.

—Tienes una manera muy bonita de decir las cosas.

—Aprendí de un hombre que conozco.

—Debe de ser extraordinario.

—Lo es.

Me besó suavemente.

***

Con el paso del tiempo, aprendimos a medir nuestros días de otra manera.

Ya no organizábamos grandes viajes ni hacíamos planes demasiado exigentes.

Había semanas en las que Sergio se encontraba mejor y podíamos salir a tomar un café, caminar unos minutos por una plaza o visitar a Patricia.

Otras veces debíamos cancelar todo y permanecer en casa, esperando que el cansancio disminuyera.

Al principio me costaba aceptar aquellos cambios. Cada vez que Sergio tenía una jornada relativamente buena, me ilusionaba pensando que quizás estaba recuperando fuerzas de manera definitiva. Cuando llegaba otro día difícil, sentía que retrocedíamos varios pasos.

Los médicos nos explicaban que la respuesta a los tratamientos podía variar y que debíamos prestar atención tanto a la evolución de la enfermedad como a su bienestar general. Ajustaron medicamentos, trataron los efectos secundarios y nos orientaron sobre distintas maneras de aliviar sus molestias.

Yo escuchaba cada indicación con atención, intentando encontrar en ellas alguna certeza.

Pero la enfermedad no se dejaba ordenar como una carpeta de documentos.

Había días en los que Sergio despertaba con ganas de conversar y otros en los que apenas podía mantener los ojos abiertos. En ocasiones se frustraba por su falta de energía y necesitaba estar solo durante un rato. Yo había aprendido a respetar también esos momentos.

Una tarde lo encontré sentado junto a la ventana del dormitorio, observando el jardín.

—¿En qué piensas? —le pregunté.

—En que hace demasiado tiempo que no salimos a caminar.

Me acerqué.

—Cuando te sientas mejor, podemos hacerlo.

Sergio sonrió.

—Eso espero. Extraño nuestras discusiones sobre cuál es el camino más corto.

—Porque siempre eliges el más largo.

—Porque tú llamas paseo a caminar como si estuvieras llegando tarde al banco.

Me reí y me senté junto a él.

Permanecimos contemplando el jardín durante un rato.

—Lauren —dijo finalmente.

—¿Sí?

—¿Eres feliz conmigo?

Lo miré sorprendida.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Porque últimamente nuestra vida gira alrededor de médicos, medicamentos y tratamientos. A veces siento que no hacemos otra cosa.

Le acaricié la mejilla.

—Soy feliz de estar contigo, Sergio. Eso no significa que me guste lo que estamos viviendo.

Asintió lentamente.

—A mí tampoco me gusta.

—Lo sé.

—Me gustaría poder llevarte a cenar, sorprenderte con un viaje o pasar un fin de semana lejos de todo esto.

—Ya tendremos tiempo para hacer lo que podamos. Y si no podemos viajar, podemos pedir comida y cenar aquí. No necesito nada extraordinario.

Sergio tomó mi mano.

—Mereces mucho más que estas preocupaciones.

Negué con la cabeza.

—No confundas nuestra vida con tu enfermedad. Nuestra vida es mucho más que esto.

Me observó durante unos segundos.

—Te amo —susurró.

—Yo también te amo.

Nos quedamos abrazados junto a la ventana.