Capítulo 11
Dos años después de despedir a mi abuela Lina, la vida volvió a recordarme que la felicidad no nos vuelve inmunes al dolor.
Sergio y yo habíamos construido un matrimonio hermoso, lleno de pequeñas costumbres que terminaron convirtiéndose en nuestra manera de entender el amor.
Nos gustaba desayunar juntos antes de comenzar nuestras jornadas, salir a caminar cuando el tiempo lo permitía y reservar al menos una noche a la semana para cenar sin teléfonos ni otras distracciones.
Habíamos realizado algunos viajes, compartido celebraciones familiares y aprendido a disfrutar de una tranquilidad que ninguno de los dos daba por sentada.
Nuestros hijos continuaban avanzando en sus respectivas vidas.
Jeremy y Allison estaban cada vez más cerca de terminar sus carreras, mientras los hijos de Sergio también comenzaban a pensar en sus primeros trabajos y proyectos profesionales.
Nos reuníamos siempre que podíamos y, aunque las agendas de todos resultaban cada vez más complicadas, aquellas comidas familiares seguían siendo uno de nuestros mayores placeres.
A veces observaba a Sergio conversando con los cuatro jóvenes y me sorprendía pensando en la suerte que había tenido al encontrarlo.
Era un hombre paciente, generoso y profundamente respetuoso.
No necesitaba grandes demostraciones para hacerme sentir querida.
Le bastaba con preparar mi café como me gustaba, recordar alguna preocupación que le había mencionado días antes o acercarse a abrazarme mientras yo cocinaba.
Por eso, cuando recibimos el diagnóstico, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Todo había comenzado con una consulta médica de rutina.
Sergio llevaba algún tiempo realizando controles por ciertas molestias urinarias y una alteración en los resultados de sus análisis había llevado al especialista a solicitar estudios complementarios.
Al principio intentamos no preocuparnos demasiado.
Nos repetíamos que podían existir muchas explicaciones y que lo sensato era esperar.
Pero la espera se volvió insoportable.
Recuerdo perfectamente la mañana en que regresamos al consultorio para conocer los resultados de la biopsia.
Sergio estaba sentado a mi lado, con una mano apoyada sobre la rodilla y la otra entrelazada con la mía.
El médico habló con calma, explicó los hallazgos y pronunció dos palabras que parecieron ocupar toda la habitación.
Cáncer de próstata.
Sentí que algo se cerraba dentro de mi pecho.
El especialista continuó hablando sobre el alcance de la enfermedad, los estudios necesarios para determinar su extensión y las alternativas de tratamiento.
Sergio escuchaba atentamente, hacía preguntas y asentía mientras el médico respondía.
Yo intentaba concentrarme, pero algunas frases parecían llegar desde muy lejos.
Cáncer.
Tratamiento.
Pronóstico.
Posibilidades.
Nunca había sentido tanto miedo de perder a alguien mientras esa persona permanecía sentada junto a mí.
Al salir del consultorio caminamos hasta el automóvil sin decir demasiado. Sergio se sentó al volante, pero no encendió el motor. Permaneció mirando hacia adelante durante unos segundos y después soltó un suspiro.
—Bueno —murmuró—. No era precisamente la noticia que esperábamos.
Lo miré.
—Sergio...
Él volvió la cabeza y me observó con una ternura que terminó de quebrarme.
—Ven aquí, amor.
Me incliné hacia él y lo abracé como pude dentro del automóvil. Las lágrimas comenzaron a caer antes de que lograra contenerlas.
—Tengo miedo —confesé.
—Yo también.
Aquella respuesta me sorprendió. Sergio nunca había sido un hombre que necesitara fingir fortaleza, pero escucharlo reconocer su miedo hizo que la situación adquiriera una realidad todavía más dolorosa.
—No sé qué vamos a hacer —susurré.
Me acarició el cabello.
—Vamos a escuchar a los médicos, hacer lo que tengamos que hacer y enfrentar cada cosa cuando llegue.
—¿Y si...?
No pude terminar la pregunta.
Sergio me apartó suavemente para mirarme a los ojos.
—No sabemos qué va a pasar, Lauren. Pero sí sabemos que estamos juntos.
Asentí mientras intentaba recuperar la respiración.
—Y eso no es poca cosa —añadió.
***
Los meses siguientes estuvieron marcados por consultas, estudios y decisiones que nunca habíamos imaginado tener que tomar.
El equipo médico nos explicó las características de la enfermedad y propuso un tratamiento de acuerdo con los resultados obtenidos.
Hicimos preguntas, buscamos comprender los posibles efectos secundarios y aprendimos a convivir con palabras que hasta entonces apenas conocíamos.
Sergio comenzó un tratamiento hormonal y posteriormente recibió radioterapia.
Con el paso de los meses, al no obtenerse la respuesta que los especialistas esperaban, fue necesario modificar el plan e incorporar otros medicamentos.
Más adelante llegaron las sesiones de quimioterapia, que terminaron convirtiéndose en una de las etapas más difíciles de aquel proceso.
Yo lo acompañaba siempre que podía. Organicé mis horarios en el banco, utilicé días de licencia y aprendí a preparar una carpeta con resultados, indicaciones médicas y fechas de consulta. Sergio solía bromear diciendo que me había convertido en la administradora más eficiente de toda la clínica.
—Deberían contratarte —comentó una mañana mientras esperábamos que lo llamaran.
—Ya tengo un trabajo.
—Pero aquí podrías poner orden. Estoy convencido de que mejorarías todos los procedimientos en una semana.
—Y tú serías mi paciente más problemático.
—Eso es una acusación muy grave.
Sonreí.
—Y perfectamente fundamentada.
Nos reíamos, aunque a veces aquellas bromas eran la única manera de aliviar la tensión que nos acompañaba.
Los días de tratamiento comenzaban temprano.
Preparaba un bolso con agua, algún alimento que pudiera tolerar, una manta liviana y un libro que casi nunca conseguía leer.
Sergio intentaba mantener una actitud tranquila, saludaba amablemente al personal y preguntaba cómo estaban incluso cuando se encontraba agotado.
Al principio los efectos secundarios parecían manejables. Había jornadas en las que regresábamos a casa y él todavía tenía energía suficiente para sentarse conmigo a conversar o mirar una película. Pero poco a poco comenzaron a aparecer días más difíciles.
La fatiga se volvió persistente. Perdió el apetito, empezó a bajar de peso y hubo mañanas en las que levantarse de la cama le exigía un esfuerzo que antes habría resultado impensable.
Después de algunas sesiones de quimioterapia sufría náuseas intensas y un agotamiento que lo obligaba a permanecer acostado durante buena parte del día.
Yo aprendí a reconocer sus gestos. Sabía cuándo necesitaba descansar, cuándo el olor de la comida le resultaba insoportable y cuándo intentaba disimular alguna molestia para no preocuparme.
—¿Quieres que te prepare algo? —le preguntaba.
—Quizás más tarde, amor.
—¿Una sopa?
—Ahora no, gracias.
—¿Un poco de té?
Sergio sonreía débilmente.
—Si sigues ofreciéndome cosas, voy a terminar aceptando solamente para que puedas sentarte cinco minutos.
Me acercaba y le acomodaba la almohada.
—Es que quiero ayudarte.
Él buscaba mi mano.
—Ya me estás ayudando.
A veces aquella respuesta me consolaba. Otras veces me hacía sentir una impotencia difícil de soportar.
Había problemas que siempre había sabido resolver. Si algo faltaba en casa, podía conseguirlo. Si surgía una dificultad económica, podía organizar nuestros gastos. Si uno de nuestros hijos necesitaba ayuda, buscaba la manera de acompañarlo.
Pero no podía quitarle el dolor a Sergio.
No podía devolverle las fuerzas que perdía después de cada tratamiento.
Y, sobre todo, no podía garantizarle que todo terminaría bien.
***
La primera vez que lo vi necesitar ayuda para ducharse, tuve que hacer un esfuerzo enorme para no llorar delante de él.
Había sido un día particularmente difícil.
Sergio había regresado del hospital agotado y apenas consiguió comer algunas cucharadas de puré antes de acostarse.
A la mañana siguiente intentó levantarse para darse una ducha, pero tuvo que sentarse en el borde de la cama porque se sentía demasiado débil.
—Déjame ayudarte —le dije.
—Puedo hacerlo, Lauren.
Intentó ponerse de pie y tuvo que apoyarse nuevamente.
Lo miré con suavidad.
—Lo sé. Pero hoy no tienes por qué hacerlo solo.
Permaneció callado unos segundos.
—No me gusta que tengas que verme así.
Me senté junto a él.
—¿Así cómo?
Bajó la mirada.
—Débil. Necesitando ayuda para cosas que siempre hice sin pensar.
Le tomé el rostro entre las manos.
—Sergio, eres mi esposo. Te amo cuando estás lleno de energía y también cuando necesitas descansar. No tienes que demostrarme nada.
Sus ojos se humedecieron.
—No quiero convertirme en una carga para ti.
Aquellas palabras me dolieron profundamente.
—Nunca hables de ti de esa manera.
—Lauren...
—Escúchame. Tú estuviste a mi lado cuando yo todavía tenía miedo de confiar, cuando necesitaba aprender a vivir de otra manera y cuando dudaba de mí misma. Nunca me hiciste sentir que acompañarme fuera una obligación. ¿Por qué crees que yo sentiría eso ahora?
Sergio cerró los ojos durante un instante.
—Porque esto es diferente.
—Sí —admití—. Es diferente. Y es difícil. Pero seguimos siendo nosotros.
Me abrazó con una fuerza mucho menor que la de otros tiempos, aunque con la misma ternura de siempre.
Lo ayudé a ducharse, a vestirse y a regresar a la habitación. Después preparé el desayuno y permanecimos sentados junto a la ventana, contemplando el movimiento de la calle.
Sergio apenas probó el té.
Yo fingí concentrarme en una revista.
Pero cuando se quedó dormido en el sillón, fui hasta el baño, cerré la puerta y lloré en silencio.
Me apoyé contra el lavabo y me cubrí la boca con una mano para que no pudiera escucharme. Lloré por la fragilidad de su cuerpo, por el cansancio que veía en sus ojos y por aquella sensación de estar perdiendo, poco a poco, partes del hombre que conocía.
No era que Sergio hubiera dejado de ser él mismo.
Seguía siendo amable, atento y capaz de encontrar una broma incluso en los momentos más difíciles.
Pero su cuerpo estaba cambiando. Y verlo sufrir me producía una tristeza que no sabía dónde guardar.