Recuérdalos Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Aquella observación me pareció especialmente acertada.

Pensé en Víctor, en su padre y en las decisiones que debieron tomar antes de embarcarse.

Seguramente habían sentido miedo, tristeza e incertidumbre.

Quizás dejaron familiares, amigos y lugares que nunca volvieron a ver.

Sin embargo, también debieron de conservar alguna esperanza lo suficientemente poderosa como para impulsarlos a cruzar el océano.

Y gracias a aquella decisión, generaciones después, nosotros estábamos allí, reunidos alrededor de una mesa, recordándolos.

—Es extraño pensar que nuestra existencia depende de tantas decisiones que nunca conocimos —murmuré.

Teresa asintió.

—Así es, querida. Si aquellos hombres hubieran decidido quedarse, quizás nuestras vidas habrían sido completamente diferentes.

Miré a Sergio, que permanecía a mi lado observando las fotografías.

—La abuela siempre decía que las raíces viajaban con las personas —recordé—. Que uno podía abandonar su tierra sin dejar atrás todo lo que era.

—Es una manera hermosa de verlo —respondió él.

Continuamos conversando durante un largo rato.

Aparecieron otros nombres, historias de matrimonios, nacimientos, mudanzas y trabajos que habían marcado la vida de la familia.

Algunas anécdotas provocaron risas; otras nos dejaron pensativos.

Descubrí que detrás de cada fotografía había decisiones, sacrificios y pequeños acontecimientos que, aunque parecieran insignificantes, habían contribuido a construir nuestra historia.

Antes de marcharnos, Ernesto me ofreció una copia de la fotografía de Víctor.

—Tengo otras en casa —me explicó—. Si algún día quieres verlas, podemos reunirnos con más tiempo.

—Me encantaría.

Guardé la fotografía cuidadosamente dentro de mi bolso.

No sabía todavía qué haría con ella, pero sentía que había recibido algo más importante que una simple imagen.

Era un fragmento de una historia que también me pertenecía.

***

Regresamos a casa al atardecer. Jeremy y Allison habían decidido quedarse un poco más con algunos familiares antes de volver a la capital, de modo que Sergio y yo viajamos solos.

Durante los primeros minutos permanecimos en silencio. Yo observaba el paisaje a través de la ventanilla, pensando en mi abuela y en todas las conversaciones que ya no podríamos compartir.

Sergio extendió una mano y tomó la mía.

—¿Cómo te sientes?

Suspiré.

—Triste. Pero también agradecida.

—¿Por qué?

—Porque pude disfrutarla durante tantos años. Porque estuvo en nuestra boda. Y porque hoy descubrí que había muchas personas que la querían y conservaban recuerdos hermosos de ella.

Sergio acarició suavemente mi mano.

—Fue una mujer muy especial.

—Sí. Lo fue.

Permanecimos callados unos instantes.

—Me quedé pensando en la historia de Víctor y su padre —comenté finalmente.

—Yo también.

—Es impresionante imaginar que dos personas decidieron cruzar un océano porque las circunstancias de su vida ya no les permitían imaginar un futuro mejor.

—Y que esa decisión terminó cambiando el destino de toda una familia —añadió Sergio.

Asentí.

—A veces pensamos que las crisis solamente traen pérdidas. Pero también pueden obligarnos a tomar decisiones que nunca habríamos considerado de otra manera.

Sergio reflexionó unos segundos.

—Creo que las crisis no siempre nos cambian por sí solas. Lo que puede transformarnos es aquello que decidimos hacer frente a ellas. Algunos cambios nacen del deseo y otros de la necesidad, pero todos pueden abrir caminos que antes ni siquiera veíamos.

Lo miré.

—Como Víctor y su padre.

—Como ellos.

Sonreí suavemente.

—Y como nosotros.

Sergio volvió la cabeza hacia mí por un instante.

—¿En qué sentido?

—Tú perdiste a tu esposa y tuviste que aprender a continuar sin ella. Yo atravesé un matrimonio que terminó haciéndome mucho daño. Ninguno de los dos imaginaba que nuestras vidas tomarían el rumbo que tomaron.

Sergio apretó mi mano.

—Es verdad.

—Y, sin embargo, aquí estamos.

—Aquí estamos —repitió con una sonrisa.

Volví a mirar por la ventanilla.

—Me parece maravilloso pensar que, en todas las épocas, las personas han tenido que enfrentarse a dificultades y encontrar maneras de seguir adelante.

Cambian los países, los medios de transporte y las circunstancias, pero el miedo a lo desconocido y la esperanza de una vida mejor siguen siendo los mismos.

—Quizás por eso vale tanto la pena conocer las historias de quienes vinieron antes —respondió Sergio—. Nos recuerdan que no somos los primeros en tener que empezar de nuevo.

Aquellas palabras me acompañaron durante el resto del trayecto.

Pensé en mi bisabuelo Víctor, que había cruzado el océano siendo joven; en su padre, que había tenido el valor de abandonar lo conocido; en el abuelo Juan, que había construido su propia historia de amor junto a Lina; y en mi abuela,

que hasta el último momento había conservado aquellos recuerdos como si fueran pequeños tesoros.

Cada generación había enfrentado sus propias dificultades. Cada una había tomado decisiones que terminaron influyendo en las siguientes. Y ahora nos correspondía a nosotros continuar escribiendo esa historia.

***

Aquella noche, después de cenar, saqué la fotografía de Víctor y la coloqué sobre la mesa. Sergio se sentó a mi lado mientras la observábamos bajo la luz cálida de una lámpara.

—Tiene una expresión muy seria —comentó.

—Quizás no le gustaban las fotografías.

—O quizás le dijeron que no debía sonreír.

Me reí suavemente.

—La abuela habría tenido una explicación para eso.

—Seguramente.

Permanecimos unos minutos contemplando la imagen.

—Me gustaría saber cómo era realmente —dije—. Qué cosas le gustaban, qué sueños tenía cuando subió a aquel barco, qué sintió al llegar a un lugar completamente desconocido.

—Tal vez algún día puedas averiguarlo.

—Quizás.

Guardé la fotografía dentro de un libro que había dejado sobre la mesa, con la intención de buscarle un lugar más adecuado al día siguiente.

Después me acerqué a la ventana.

La noche estaba tranquila y algunas estrellas comenzaban a distinguirse sobre los edificios. Pensé en Lina y en todas las veces que me había contado aquellas historias mientras sostenía una taza de té entre las manos.

Durante años había creído que las repetía porque le gustaba recordar.

Aquella noche comprendí que también había estado intentando transmitirnos algo.

No solamente los nombres de quienes habían vivido antes que nosotros, sino la certeza de que sus decisiones, sus sueños y sus dificultades seguían presentes de alguna manera en nuestras vidas.

Mi abuela ya no estaba para contarme aquellas historias. Pero las historias permanecían. Sentí que quizás algún día me correspondería a mí asegurarme de que no fueran olvidadas.