Recuérdalos Capítulo 10
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Capítulo 10

La felicidad y la tristeza pueden convivir de maneras que nunca terminamos de comprender.

Apenas unas semanas después de mi boda con Sergio, cuando todavía conservábamos sobre una mesa algunas tarjetas de felicitación y comenzábamos a acostumbrarnos a llamarnos marido y mujer, recibí la noticia de que mi abuela Lina había fallecido.

La llamada llegó temprano, una mañana en la que me preparaba para ir al banco.

Reconocí el número del hogar de ancianos y sentí una inquietud inmediata.

Durante los últimos días, Lina había estado más cansada de lo habitual, aunque nada parecía indicar que su salud estuviera deteriorándose tan rápidamente.

La enfermera que me llamó habló con delicadeza.

Me explicó que mi abuela se había quedado dormida durante la noche y que, cuando fueron a despertarla, descubrieron que había fallecido.

Permanecí unos segundos en silencio, con el teléfono junto al oído y la mirada fija en la ventana de la cocina.

—¿Lauren? —preguntó la mujer—. ¿Está acompañada?

Miré hacia el pasillo, donde Sergio terminaba de vestirse.

—Sí —respondí apenas—. Estoy con mi esposo.

Cuando corté la llamada, me quedé inmóvil. Sergio apareció unos instantes después y, al verme, comprendió que algo había sucedido.

—¿Qué pasa, amor?

Intenté responder, pero las palabras se me quebraron.

—La abuela Lina...

No necesité terminar la frase.

Sergio se acercó y me abrazó mientras comenzaba a llorar. Permanecimos así durante varios minutos, sin que él intentara consolarme con explicaciones ni frases destinadas a disminuir mi tristeza. Simplemente me sostuvo entre sus brazos y esperó a que pudiera respirar con un poco más de tranquilidad.

Había sabido que aquel momento llegaría. Lina era una mujer mayor y, durante los últimos años, su cuerpo había comenzado a mostrar las consecuencias inevitables del tiempo. Sin embargo, saber que alguien no estará para siempre no significa estar preparado para perderlo.

Mi abuela había sido una presencia constante en mi vida.

La recordaba en la cocina de su antigua casa, preparando alguna receta que nunca conseguía reproducir exactamente como ella; sentada junto a la ventana mientras tejía; o contando por enésima vez una historia familiar que todos conocíamos,

pero que seguíamos escuchando porque nos gustaba oírla de su boca.

Pensé en nuestra última visita, cuando le había contado que Sergio me había pedido matrimonio. Recordé su alegría, sus preguntas y aquella manera tan particular que tenía de hablar del abuelo Juan como si todavía pudiera aparecer en cualquier momento para sentarse a su lado.

Al menos había podido asistir a nuestra boda.

Aquella certeza me produjo un consuelo pequeño, pero profundamente valioso.

***

El funeral se realizó al día siguiente. Sergio permaneció a mi lado durante los preparativos, ocupándose de algunas cuestiones prácticas cuando yo no conseguía concentrarme.

Jeremy y Allison viajaron desde la capital apenas recibieron la noticia.

Ambos habían querido mucho a su bisabuela y llegaron conmovidos, recordando las tardes en las que Lina les contaba historias o les ofrecía dulces a escondidas cuando eran pequeños.

También asistieron familiares a los que no veía desde hacía años.

Algunos eran primos lejanos de mi padre; otros, descendientes de hermanos y parientes del abuelo Juan.

Reconocí ciertos rostros de reuniones familiares de mi infancia, aunque tuve que pedir ayuda para recordar algunos nombres y parentescos.

Era curioso descubrir cómo una familia podía extenderse en tantas direcciones que, con el paso de los años, personas unidas por los mismos antepasados terminaban convirtiéndose prácticamente en desconocidas.

Entre quienes se acercaron a saludarme estaba una mujer llamada Teresa, prima de mi padre, a quien recordaba vagamente de algunas celebraciones familiares. Tenía el cabello completamente blanco y unos ojos vivaces que me recordaron inmediatamente a los de mi abuela.

—Lauren, querida —me dijo mientras me abrazaba—. Cuánto tiempo sin verte.

—Muchísimo, Teresa.

—La última vez que coincidimos creo que tus hijos todavía eran pequeños.

—Ahora están estudiando en la universidad.

Teresa abrió los ojos con sorpresa.

—¡No puede ser! Cómo pasa el tiempo.

Conversamos unos minutos sobre nuestras familias y sobre los últimos años de Lina. Teresa me contó que había hablado con ella por teléfono en varias ocasiones y que siempre terminaban recordando las mismas historias.

—Tu abuela tenía una memoria extraordinaria para ciertas cosas —comentó—. Podía olvidarse de dónde había dejado los anteojos, pero recordaba perfectamente lo que Juan le había dicho durante su primer paseo juntos.

Sonreí entre lágrimas.

—Me contó esa historia tantas veces que podría repetirla de memoria.

—Y siempre la contaba con la misma ilusión.

Ambas permanecimos en silencio durante unos segundos.

—Lo quiso muchísimo —añadió Teresa.

—Hasta el último día.

—Eso era evidente.

La conversación se interrumpió cuando llegaron otros familiares.

Durante las horas siguientes recibí abrazos, palabras de cariño y recuerdos de personas que habían conocido a mi abuela en distintas etapas de su vida.

Algunos hablaban de su juventud, otros de su carácter decidido y otros de la manera en que había acompañado al abuelo Juan durante tantos años.

Me sorprendió descubrir que cada persona conservaba una versión ligeramente diferente de ella.

Para mí había sido mi abuela, la mujer que me esperaba con historias y una sonrisa. Para otros había sido una prima, una amiga, una vecina o aquella muchacha que, muchos años atrás, había conocido a Juan y se había enamorado de él.

Comprendí que ninguna vida puede resumirse en una sola historia.

Todos dejamos recuerdos distintos en las personas que nos conocen.

***

Después de la ceremonia, varios familiares nos reunimos en casa de Teresa para compartir algo de comer y continuar acompañándonos.

Sergio me preguntó si prefería regresar a casa, pero decidí quedarme.

Sentía que todavía no estaba preparada para despedirme de aquellas personas que, de alguna manera, mantenían viva la presencia de Lina a través de sus recuerdos.

Nos acomodamos alrededor de una mesa grande, donde comenzaron a aparecer fotografías antiguas, anécdotas y nombres que yo no escuchaba desde hacía años.

Uno de los presentes, un primo lejano llamado Ernesto, había llevado un pequeño álbum familiar. Mientras lo hojeábamos, apareció una fotografía en blanco y negro de un hombre de expresión seria, vestido con un traje oscuro y apoyado junto a una mujer que sostenía un niño pequeño.

—Ese es Víctor —anunció Ernesto.

Levanté inmediatamente la mirada.

—¿Víctor, el padre del abuelo Juan?

—Exactamente.

Tomé la fotografía con cuidado.

Había escuchado hablar de aquel hombre durante toda mi vida, pero no recordaba haber visto una imagen suya. Observé sus facciones, la manera en que mantenía los hombros erguidos y aquella expresión que parecía demasiado solemne para una fotografía familiar.

—La abuela me contaba que había llegado en barco desde Europa con su padre —comenté.

Ernesto sonrió.

—Así fue. Aunque la historia es bastante más larga de lo que parece.

Sergio se acercó para observar la fotografía.

—¿Ellos fueron los primeros de la familia en establecerse aquí?

—De esa rama, sí —respondió Teresa, que se había unido a la conversación—. Víctor era muy joven cuando emprendió el viaje. Vino acompañado por su padre, que había decidido abandonar su tierra después de atravesar años muy difíciles.

—¿Qué había sucedido? —pregunté.

Ernesto se acomodó en la silla.

—Por lo que contaban nuestros mayores, habían pasado por varias crisis.

Había problemas económicos, escasez de trabajo y una incertidumbre constante sobre el futuro.

No sé exactamente cuántas dificultades enfrentaron ni en qué años ocurrió cada una, pero sí recuerdo que hablaban de una época en la que muchas familias sentían que ya no podían prosperar donde habían nacido.

—Mi abuela decía que habían llegado con muchos sueños —recordé.

—Y seguramente también con bastante miedo —intervino Teresa—. Imagínate abandonar tu país sin saber si volverás a ver a las personas que dejas atrás.

Observé nuevamente la fotografía.

—¿Se sabe de qué lugar venían exactamente?

Ernesto frunció el ceño.

—Esa es una de las cosas que nunca quedaron demasiado claras en las historias que escuché. Algunos familiares mencionaban una región, otros recordaban el nombre de una ciudad cercana. Ya sabes cómo sucede con los relatos que pasan de una generación a otra.

—Lina me había dicho que Juan guardaba algunos documentos de su padre —comenté.

—Es posible —respondió Teresa—. Tu abuelo era muy cuidadoso con los papeles familiares. Recuerdo que conservaba cartas antiguas y algunas fotografías, aunque no sé qué ocurrió con todo eso después de su muerte.

Pasé el dedo suavemente por el borde de la fotografía.

—Me gustaría saber más sobre ellos.

—Hay muchas historias que se fueron perdiendo —dijo Ernesto—. Cuando éramos jóvenes, los mayores hablaban y nosotros apenas prestábamos atención. Ahora daría cualquier cosa por poder hacerles algunas preguntas.

Aquellas palabras me hicieron pensar en Lina.

Durante años la había escuchado repetir las mismas anécdotas, convencida de que siempre habría otra visita, otro sábado y otra oportunidad para preguntarle por los detalles que no recordaba. Ahora comprendía que había cosas que jamás podría volver a consultarle.

Ernesto continuó relatando lo poco que sabía sobre el viaje.

Según las historias familiares, Víctor y su padre habían vendido algunas pertenencias para reunir el dinero necesario.

El trayecto por mar había sido largo y difícil, y al llegar tuvieron que adaptarse a costumbres, trabajos y formas de vida completamente diferentes.

—No vinieron porque todo estuviera bien —explicó—. Vinieron precisamente porque las cosas estaban mal. Porque quedarse significaba aceptar un futuro que no deseaban.

—Debieron de tener mucho valor —comentó Sergio.

—O mucha necesidad —respondió Ernesto—. A veces ambas cosas van de la mano.