Capítulo 8 #2
Hacía tanto tiempo que no salía con alguien por el simple deseo de compartir una velada que me sentía extrañamente nerviosa.
Finalmente elegí un vestido sencillo, me arreglé el cabello y me maquillé apenas lo suficiente para sentirme cómoda.
Sergio llegó puntual. Cuando abrí la puerta, me observó con una sonrisa cálida.
—Estás preciosa.
Sentí que me ruborizaba.
—Gracias. Tú también estás muy elegante.
—Me esforcé un poco. No quería arruinar mi primera oportunidad.
Durante la cena hablamos de muchas cosas.
De nuestros hijos, de los libros que habíamos leído, de los viajes que nos gustaría hacer y de las pequeñas costumbres que habíamos adquirido al vivir solos.
Sergio me contó algunas anécdotas divertidas de su juventud y yo terminé confesándole que todavía conservaba una libreta donde anotaba ideas, pensamientos y lugares que deseaba conocer algún día.
—¿Y por qué no empiezas a visitar algunos? —preguntó.
—Supongo que siempre encuentro algo más urgente.
—Entonces quizás deberías empezar a considerar tus propios deseos como algo importante.
Lo miré durante unos segundos.
—Hablas como si fuera sencillo.
—No creo que lo sea. Pero tampoco creo que tengas que esperar a que todo lo demás esté resuelto para hacer algo que te haga feliz.
Aquellas palabras permanecieron conmigo durante el resto de la noche.
Cuando regresamos a mi edificio, Sergio me acompañó hasta la entrada. Nos quedamos conversando unos minutos más, ninguno demasiado dispuesto a despedirse.
—La pasé muy bien —le dije.
—Yo también.
Sonrió, pero esta vez parecía ligeramente nervioso.
—Lauren, quiero decirte algo.
Lo observé con atención.
—Durante este último año te has convertido en alguien muy importante para mí. Disfruto nuestras conversaciones, tu compañía y hasta nuestras discusiones sobre dónde colocar una biblioteca.
Me reí suavemente.
—Sigo pensando que las plantas merecían la ventana.
—Y yo sigo convencido de que hiciste lo correcto.
Su expresión se volvió más seria.
—No quiero apresurarte ni hacerte sentir que espero algo de ti. Sé que has pasado por momentos difíciles y respeto profundamente el camino que has recorrido. Pero sería injusto fingir que solamente te veo como una amiga.
Sentí que el corazón comenzaba a latirme con fuerza.
—Sergio...
—No tienes que responderme ahora. Solo quería que lo supieras.
Lo miré a los ojos. Había pasado tanto tiempo intentando interpretar el humor de otra persona, anticipar sus reacciones y encontrar la respuesta adecuada que aquella libertad de no tener que contestar inmediatamente me resultó casi desconocida.
—Creo que yo también siento algo más —admití.
Sergio sonrió.
—¿Crees?
—Estoy bastante segura.
Se acercó un poco, pero se detuvo antes de tocarme.
—¿Puedo besarte?
Aquella pregunta, tan sencilla, me emocionó más de lo que habría imaginado.
Asentí.
—Sí.
Su beso fue suave, tranquilo, sin apuro. No hubo exigencias ni promesas apresuradas. Solamente la cercanía de dos personas que habían aprendido a conocerse y que, después de muchos encuentros y conversaciones, descubrían que deseaban compartir algo más.
Cuando nos separamos, Sergio apoyó suavemente su frente contra la mía.
—Me gustaría volver a invitarte a cenar —susurró.
Sonreí.
—Creo que podríamos organizarlo.
***
Nuestra relación comenzó de manera natural. No hubo grandes declaraciones ni cambios repentinos. Seguimos compartiendo cafés, caminatas y conversaciones, pero ahora también había besos al despedirnos, mensajes de buenos días y pequeños planes para los fines de semana.
Sergio era atento sin resultar invasivo. Si yo tenía una jornada difícil en el banco, me preguntaba si prefería conversar o descansar. Si quería pasar un sábado sola, lo comprendía sin ofenderse. Cuando teníamos opiniones diferentes, podíamos discutirlas sin que ninguno necesitara imponerse.
Descubrí que me gustaba especialmente su manera de tratar a las personas.
Saludaba con la misma cordialidad al dueño de un restaurante que a quien nos atendía la mesa, escuchaba con paciencia a sus hijos y jamás se burlaba de los intereses de los demás.
Tenía gestos de caballero que parecían surgirle naturalmente: acercarme una silla, ofrecerme su abrigo si hacía frío o acompañarme hasta la puerta para asegurarse de que hubiera llegado bien.
Pero lo que más valoraba no eran aquellas atenciones, sino que nunca confundía el cuidado con el control.
Una tarde, mientras caminábamos por un parque, le conté que todavía había momentos en los que me costaba confiar plenamente en la tranquilidad de nuestra relación.
—A veces espero que te enojes por alguna cosa —confesé—. Incluso cuando no hay ningún motivo.
Sergio me tomó de la mano.
—No puedo prometerte que nunca vamos a discutir, Lauren. Seguramente habrá días en los que pensemos diferente o estemos de mal humor.
—Lo sé.
—Pero sí puedo prometerte que no necesitas tener miedo de decirme lo que piensas.
Sentí un nudo en la garganta.
—No sabes cuánto significa eso para mí.
—Entonces me alegra poder decírtelo.
Continuamos caminando en silencio, tomados de la mano.
Con el tiempo, nuestros hijos también comenzaron a conocerse.
Organizamos algunas comidas cuando coincidían sus visitas desde la capital y descubrimos que, a pesar de estudiar carreras diferentes, tenían suficientes intereses en común como para pasar horas conversando.
Jeremy se entendió rápidamente con el hijo de Sergio y Allison encontró en su hija una compañera para hablar de la vida universitaria y de sus planes futuros.
Verlos compartir una mesa me produjo una alegría inesperada. No porque intentáramos formar una nueva familia que reemplazara a las anteriores, sino porque nuestras historias podían encontrarse sin que nadie tuviera que renunciar a lo que había vivido antes.
Una noche, después de cenar en mi monoambiente, Sergio me ayudó a lavar los platos. Habíamos preparado una comida sencilla y escuchábamos música a un volumen bajo. En determinado momento lo observé secando una taza mientras tarareaba una canción que sonaba en la radio.
—¿Qué sucede? —preguntó al descubrir que lo miraba.
Negué con la cabeza.
—Nada.
—Esa expresión no parece de alguien que está pensando en nada.
Sonreí.
—Estaba pensando que soy feliz.
Sergio dejó la taza sobre la mesada.
—Me alegra escucharlo.
—Hacía mucho tiempo que no podía decirlo con tanta tranquilidad.
Se acercó y me rodeó suavemente con los brazos.
—Entonces espero que tengas muchos más motivos para repetirlo.
Apoyé la cabeza sobre su pecho y cerré los ojos.
Durante años había creído que el amor consistía en esforzarse constantemente para conservar una relación, incluso cuando aquel esfuerzo terminaba agotándome.
Con Sergio estaba descubriendo algo diferente.
El cariño podía encontrarse en una conversación sencilla, en una mano que buscaba la mía durante una caminata o en la tranquilidad de saber que podía expresar una opinión sin temor a las consecuencias.
No necesitaba demostrarle que merecía ser querida.
Tampoco tenía que renunciar a mi independencia para compartir mi vida con él.
Sergio había llegado primero como el hermano de mi mejor amiga, después como un compañero de conversaciones y finalmente como aquel amigo en quien encontré un amor que no había salido a buscar.
Y mientras permanecíamos abrazados en la pequeña cocina de mi monoambiente, comprendí que lo más hermoso de nuestra relación no era sentir que alguien había venido a rescatarme de mi pasado.
Era descubrir que, después de haber aprendido a estar bien conmigo misma, todavía podía elegir compartir mi felicidad con otra persona.