Capítulo 8
Había pasado casi un año desde aquella mañana en la que Patricia me encontró llorando dentro de mi automóvil.
A veces me parecía increíble cuánto podía cambiar una vida en doce meses.
Ya no vivía en la casa donde había criado a mis hijos, mi matrimonio había terminado y había aprendido a desenvolverme en un pequeño monoambiente que, con el tiempo, se había convertido en un refugio acogedor.
Seguía trabajando en el banco, visitando a mi abuela Lina y hablando casi todos los días con Jeremy y Allison, que avanzaban en sus carreras universitarias con el entusiasmo y las preocupaciones propios de aquella etapa.
Patricia continuaba siendo una de las personas más importantes de mi vida.
Nuestra amistad, que antes se limitaba principalmente al trabajo y a algunas salidas ocasionales, se había fortalecido durante los meses en los que me ofreció su casa y me acompañó en el divorcio.
Habíamos compartido conversaciones interminables, cenas improvisadas y tardes en las que ella conseguía hacerme reír incluso cuando yo estaba convencida de que no tenía motivos para hacerlo.
Fue precisamente en su casa donde conocí mejor a Sergio, su hermano mayor.
Lo había visto algunas veces antes de mi separación, durante reuniones familiares a las que Patricia me había invitado, pero entonces apenas habíamos intercambiado saludos y conversaciones breves.
Sergio era un hombre de modales tranquilos, sonrisa amable y una manera de escuchar que resultaba poco habitual.
No necesitaba ocupar el centro de una reunión ni demostrar constantemente cuánto sabía.
Prefería observar, hacer alguna pregunta o intervenir con un comentario oportuno que, casi siempre, terminaba provocando una sonrisa.
Era viudo desde hacía varios años y tenía dos hijos que, al igual que los míos, estudiaban en la universidad.
Su hija cursaba Arquitectura y su hijo había elegido Ingeniería.
Ambos vivían en la capital, de modo que Sergio conocía perfectamente aquella mezcla de orgullo y nostalgia que experimentábamos los padres cuando nuestros hijos comenzaban a construir sus propias vidas lejos de casa.
Durante las semanas en las que viví con Patricia, Sergio solía visitarla para compartir una comida, ayudarla con alguna reparación o simplemente tomar café.
Al principio nuestras conversaciones eran cordiales, aunque algo distantes.
Yo todavía estaba atravesando los momentos más difíciles de mi separación y no tenía demasiado interés en conocer personas nuevas.
Sin embargo, Sergio nunca intentó averiguar más de lo que yo estaba dispuesta a contar.
Recuerdo especialmente una tarde en la que llegó con una caja de herramientas porque Patricia llevaba varios días quejándose de una puerta que no cerraba correctamente. Yo estaba sentada en la cocina, revisando algunos documentos del divorcio, cuando apareció buscando un destornillador.
—Mi hermana asegura que soy el único hombre de la familia capaz de arreglar una puerta —comentó.
—¿Y es verdad?
—Por supuesto que no. Pero prefiero que siga creyéndolo porque así siempre me invita a almorzar.
Me reí por primera vez en varios días.
—Entonces deberías tardar bastante en repararla.
—Esa es exactamente mi estrategia.
Aquella conversación no tuvo nada de extraordinario, pero recuerdo que, después de terminar el trabajo, Sergio se sentó a tomar café con nosotras y hablamos durante casi una hora sobre libros, viajes y las dificultades de acostumbrarse a una casa sin hijos.
No me preguntó por Roberto ni intentó ofrecerme consejos que yo no había solicitado.
Simplemente conversó conmigo como si mi vida no estuviera definida exclusivamente por los problemas que atravesaba.
Con el tiempo, comenzamos a coincidir con mayor frecuencia.
A veces Patricia organizaba una cena y él aparecía con algún postre.
Otras veces nos encontrábamos por casualidad cuando yo pasaba a visitarla.
Después de mudarme a mi monoambiente, Sergio me ayudó a trasladar una biblioteca que había comprado de segunda mano y terminó quedándose a tomar café mientras discutíamos cuál era la mejor pared para colocarla.
—Creo que deberías ponerla junto a la ventana —me sugirió.
—Ahí quiero colocar las plantas.
—Entonces las plantas tienen prioridad.
—Absolutamente.
Sonrió.
—Me parece una decisión razonable. Las plantas no suelen protestar cuando cambias los muebles de lugar.
Terminamos colocando la biblioteca en otra pared. Antes de marcharse, Sergio se aseguró de que estuviera bien nivelada y me pidió que le avisara si necesitaba ayuda con alguna otra cosa.
Nunca lo hizo de una manera que me hiciera sentir incapaz.
Si ofrecía ayuda y yo la rechazaba, aceptaba mi respuesta con naturalidad.
Si tenía una opinión diferente, la expresaba sin intentar imponerla.
Aquellos gestos sencillos comenzaron a despertar en mí una sensación que durante mucho tiempo había olvidado: la tranquilidad de poder ser yo misma frente a otra persona.
***
Nuestra amistad creció sin que ninguno pareciera proponérselo.
Descubrimos que compartíamos el gusto por las caminatas, las conversaciones largas y los pequeños restaurantes donde se podía cenar sin música demasiado alta.
Sergio disfrutaba de la historia y tenía una curiosidad particular por las ciudades antiguas.
Yo podía pasar horas escuchándolo hablar de algún lugar que había visitado, especialmente cuando sus relatos incluían detalles sobre las personas que habían vivido allí.
También hablábamos mucho de nuestros hijos. Él me contaba las novedades de los suyos y yo compartía las aventuras universitarias de Jeremy y Allison. A veces nos reíamos al descubrir que, aunque nuestros hijos fueran diferentes, las preocupaciones de los padres resultaban prácticamente idénticas.
Una tarde, mientras tomábamos café en una terraza, Sergio me contó cómo había sido criar a sus hijos después de la muerte de su esposa.
—Al principio pensé que tenía que ser padre y madre al mismo tiempo —recordó—. Me exigía tanto que terminé agotado. Hasta que un día mi hija me dijo que no necesitaba que intentara reemplazar a su madre. Solamente quería que siguiera siendo su padre.
Lo escuché con atención.
—Debió de ser muy difícil.
—Lo fue. Sobre todo porque había días en los que yo tampoco sabía cómo continuar. Pero aprendimos juntos.
—¿La extrañas?
Sergio miró su taza durante unos segundos.
—Sí. De una manera diferente a como la extrañaba al principio, pero sí. Fue una parte muy importante de mi vida y siempre lo será.
Me conmovió la naturalidad con la que hablaba de ella. No intentaba ocultar su pasado ni presentarlo como algo que debía desaparecer para que pudiera existir un futuro.
—Me parece hermoso que puedas recordarla así —respondí.
—Tuvimos una buena vida juntos. No perfecta, por supuesto, pero buena. Y creo que sería injusto fingir que no existió solamente porque algún día vuelva a enamorarme.
Levanté la mirada.
Sergio sonrió suavemente y continuó bebiendo su café, sin agregar nada más.
Durante el camino de regreso pensé en aquellas palabras. Había algo profundamente reconfortante en descubrir que una persona podía amar, perder y continuar viviendo sin que un sentimiento anulara al otro.
Con Sergio nunca sentí que debía competir con el recuerdo de su esposa.
Él hablaba de ella con cariño, pero también demostraba interés por mi presente, mis proyectos y las cosas que todavía deseaba hacer.
Me preguntaba por mi trabajo, recordaba detalles de nuestras conversaciones y se interesaba sinceramente por mis opiniones.
Poco a poco comencé a esperar nuestros encuentros.
Me sorprendía sonriendo cuando recibía un mensaje suyo o recordando alguna de sus bromas mientras trabajaba.
Si pasaban varios días sin vernos, encontraba alguna excusa para escribirle y preguntarle cómo estaba.
Él hacía lo mismo, aunque ninguno parecía dispuesto a reconocer que nuestra amistad estaba adquiriendo un significado diferente.
Patricia, por supuesto, fue la primera en advertirlo.
—Mi hermano te mira de una manera muy particular —comentó una tarde mientras preparábamos café en su cocina.
—¿De qué manera?
—Como si fueras la única persona interesante de la habitación.
Solté una carcajada.
—No digas tonterías.
—Lauren, conozco a Sergio desde que nació. Sé perfectamente cuándo alguien le interesa.
—Somos amigos.
—Por supuesto.
La manera en que pronunció aquellas palabras me hizo sospechar que no estaba convencida.
—Y me gustaría que siguiéramos siéndolo —añadí.
Patricia dejó las tazas sobre la mesa y me observó con una expresión más seria.
—¿Porque no sientes nada por él o porque te da miedo sentirlo?
No respondí inmediatamente.
—No sé si estoy preparada para una relación.
—Entonces no tengas una. Nadie te está apurando.
—No quiero lastimarlo.
—Sergio es un hombre adulto. Puede decidir qué siente y qué quiere hacer con eso.
Me quedé pensativa.
—Además —continuó Patricia—, si algún día sucede algo entre ustedes, espero que sea porque ambos lo desean. No porque yo tenga ganas de organizar una boda familiar.
Me reí y le arrojé suavemente un repasador.
—Eres imposible.
—Y tú estás enamorándote de mi hermano.
No respondí.
Quizás porque comenzaba a sospechar que tenía razón.
***
La primera vez que Sergio me invitó a cenar a solas, lo hizo con una sencillez que me desarmó.
—Encontré un restaurante pequeño que creo que te gustaría —me dijo durante una llamada—. Tiene una terraza muy bonita y preparan unas pastas excelentes. ¿Te gustaría acompañarme el sábado?
—¿Como amigos? —pregunté, intentando que mi voz sonara despreocupada.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.
—Como tú prefieras, Lauren. A mí me gustaría invitarte a una cita, pero no quiero que te sientas incómoda.
Me quedé mirando la pared de mi monoambiente.
—¿Una cita?
—Sí. Una de esas en las que dos personas cenan, conversan y descubren si quieren volver a hacerlo.
Sonreí.
—Creo que podría interesarme.
—Entonces paso a buscarte a las ocho, si te parece bien.
Aquella noche me sorprendí frente al armario intentando decidir qué ponerme.