Recuérdalos Capítulo 6
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Capítulo 6

Habían transcurrido algunas semanas desde que Jeremy y Allison se mudaron a la capital.

La casa seguía pareciéndome demasiado grande, especialmente durante las noches, cuando regresaba del banco y encontraba las habitaciones de los chicos vacías y el silencio instalado en los pasillos.

Al principio había intentado mantener sus puertas cerradas, convencida de que así resultaría más sencillo acostumbrarme a su ausencia, pero terminé dejándolas abiertas.

Me gustaba pasar frente a ellas y reconocer pequeños rastros de sus personalidades: los libros que Jeremy había decidido no llevarse, algunos adornos de Allison y las fotografías que todavía permanecían sobre sus escritorios.

Los mellizos se estaban adaptando bastante bien a la universidad.

Jeremy ya había conseguido hacerse amigo de varios compañeros de Derecho y Allison me llamaba casi todas las noches para contarme alguna novedad de sus clases.

Escucharlos entusiasmados me alegraba profundamente, aunque después de cada llamada experimentaba una tristeza difícil de explicar.

Estaban creciendo, encontrando su lugar en el mundo, y yo debía aprender a acompañarlos desde una distancia que hasta entonces no había conocido.

Roberto, por su parte, parecía disfrutar de la tranquilidad de la casa.

Llegaba tarde con frecuencia, cenaba mientras revisaba documentos y pasaba buena parte de los fines de semana atendiendo asuntos de la empresa.

Apenas conversábamos sobre cuestiones que no estuvieran relacionadas con gastos, compromisos sociales o algún inconveniente doméstico.

Desde aquella noche en la que me había empujado, nuestra relación se había convertido en una convivencia cuidadosa, llena de silencios que ninguno parecía dispuesto a romper.

Yo seguía trabajando en el banco y visitando a mi abuela los sábados.

Aquellas rutinas se habían transformado en una especie de refugio.

En el trabajo podía concentrarme en mis responsabilidades y sentir que todavía existía una parte de mi vida que me pertenecía.

Con Lina, en cambio, encontraba una tranquilidad diferente.

Sus historias, sus recuerdos y su manera de hablar del abuelo Juan me recordaban que el cariño también podía expresarse sin exigencias ni condiciones.

Aquella mañana tenía una consulta con una dermatóloga.

Hacía tiempo que había notado algunos cambios en mi piel y decidí aprovechar un día de licencia para realizarme una revisión.

La consulta estaba ubicada en el sexto piso de un edificio moderno, en una zona comercial donde se concentraban numerosos consultorios médicos y oficinas privadas.

Había conseguido estacionar en el subsuelo y, después de comprobar la hora, me dirigí hacia los ascensores.

La sala de espera estaba prácticamente vacía cuando llegué.

Me atendieron con puntualidad y la consulta transcurrió sin inconvenientes.

La dermatóloga revisó las pequeñas manchas que me preocupaban, me explicó que no observaba nada alarmante y me recomendó algunos cuidados.

Salí del consultorio con una receta, un folleto informativo y la tranquilidad de haber resuelto algo que llevaba semanas postergando.

Mientras esperaba el ascensor, revisé un mensaje de Allison.

Me había enviado una fotografía de un perro que había conocido durante una actividad universitaria, acompañada de una larga explicación sobre su comportamiento y las ganas que tenía de adoptar uno cuando pudiera organizar mejor sus horarios.

Sonreí y comencé a escribirle una respuesta.

Escuché el sonido que anunciaba la llegada del ascensor y levanté la mirada.

Las puertas se abrieron.

Al principio no comprendí lo que estaba viendo.

Dentro había un hombre y una mujer abrazados, tan concentrados en besarse que ni siquiera parecían haberse dado cuenta de que el ascensor se había detenido.

Él tenía una mano apoyada en la cintura de ella y la otra acariciaba su rostro.

La mujer, de cabello oscuro y vestido ajustado, mantenía los brazos alrededor de su cuello.

Reconocí primero la camisa.

Después, el reloj.

Y finalmente, el rostro de mi esposo.

Roberto.

Durante un instante sentí que todo a mi alrededor se detenía. Mi mente tardó varios segundos en aceptar lo que mis ojos estaban viendo. Aquel hombre que besaba apasionadamente a una desconocida era Roberto, el padre de mis hijos, el hombre con el que había compartido tantos años de matrimonio.

Él fue el primero en advertir mi presencia.

Se separó bruscamente de la mujer y me miró con una expresión que jamás le había visto. No era enojo ni fastidio. Era sorpresa. Una sorpresa tan absoluta que, por primera vez en mucho tiempo, pareció quedarse sin palabras.

—Lauren...

Escuchar mi nombre en su boca terminó de devolverme a la realidad.

Retrocedí un paso.

La mujer me observó, confundida, mientras Roberto apartaba lentamente la mano de su cintura.

—Lauren, espera.

No respondí.

Me di media vuelta y comencé a caminar hacia las escaleras. No recuerdo haber tomado conscientemente aquella decisión. Simplemente necesitaba alejarme de allí, de aquella imagen, de los dos rostros que me observaban desde el interior del ascensor.

—¡Lauren! —escuché detrás de mí.

Aceleré el paso.

Empujé la puerta de las escaleras y comencé a bajar. El sonido de mis zapatos resonaba contra los escalones mientras descendía casi sin prestar atención a los pisos. Sentía el corazón golpeándome con tanta fuerza que por momentos me costaba respirar.

No lloraba.

No gritaba.

Ni siquiera podía ordenar mis pensamientos.

Solamente quería salir de aquel edificio.

Cuando llegué a la planta baja, atravesé el vestíbulo y me dirigí hacia el estacionamiento. Busqué las llaves dentro del bolso con manos temblorosas y caminé apresuradamente hacia mi automóvil.

Estaba a pocos metros cuando escuché nuevamente su voz.

—¡Lauren, detente!

Continué caminando.

—¡Te estoy hablando!

Llegué al automóvil y presioné el botón para abrir las puertas. Antes de que pudiera entrar, Roberto apareció a mi lado.

—Tenemos que hablar.

Lo miré por primera vez desde que había salido del ascensor.

Estaba agitado. Llevaba la misma camisa que había reconocido unos minutos antes y tenía el cabello ligeramente despeinado. Me pregunté si aquella mujer se lo habría acariciado mientras lo besaba.

La imagen me produjo una náusea repentina.

—Apártate —le dije.

—Lauren, por favor. Déjame explicarte.

—No quiero escucharte.

—No es lo que parece.

Solté una risa breve, incrédula.

—¿De verdad vas a decirme eso?

—Escúchame un momento.

—Te vi, Roberto.

—Lo sé, pero...

—¡Te vi besándola!

Mi voz resonó en el estacionamiento. Un hombre que caminaba hacia otro vehículo volvió la cabeza y después continuó su camino.

Roberto miró a nuestro alrededor, incómodo.

—Baja la voz.

Aquellas tres palabras terminaron de despertar algo dentro de mí.

—No me digas que baje la voz.

—Estamos en un lugar público.

—¿Y eso es lo que te preocupa? ¿Que alguien nos escuche?

—No quiero que hagas un espectáculo.

Lo observé sin poder creerlo. Había pasado años justificando sus ausencias, aceptando sus explicaciones y convenciéndome de que quizás estaba exagerando.

Había soportado sus comentarios, sus desprecios y hasta aquella agresión que terminó llevándome al hospital.

Y ahora, después de encontrarlo besando a otra mujer, todavía pretendía decirme cómo debía comportarme.

—¿Quién es? —pregunté.

Roberto desvió la mirada.

—Eso no importa ahora.

—Para mí sí importa.

—Es alguien que conozco por trabajo.

Sentí que se me revolvía el estómago.

—¿Desde cuándo?

—Lauren...

—¿Desde cuándo me estás engañando?

—No voy a discutir esto aquí.

—Entonces no tenemos nada más que hablar.

Intenté abrir la puerta del automóvil, pero Roberto apoyó una mano sobre ella.

—No puedes marcharte así.

—Quítate.

—Primero cálmate.

Lo miré fijamente.

—Estoy perfectamente calmada, Roberto. Por primera vez en mucho tiempo, sé exactamente lo que quiero.

Frunció el ceño.

—¿De qué estás hablando?

Respiré profundamente. Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera sentir miedo de pronunciarlas.

—Quiero el divorcio.

Roberto permaneció inmóvil.

—¿Qué?

—Quiero divorciarme de ti.

Su expresión cambió lentamente. La sorpresa dio paso a una incredulidad cargada de irritación.

—No digas estupideces.

—No es una estupidez.

—Estás alterada. Acabas de ver algo que no entiendes y estás reaccionando de manera exagerada.

—Vi a mi esposo besándose con otra mujer. No necesito que me expliques lo que significa.

—No vas a tirar por la borda tantos años de matrimonio por esto.

—No es solamente por esto, Roberto.

—¿Ah, no?

Negué con la cabeza.

—Es por todas las veces que me hiciste sentir que no valía nada. Por las noches que llegaste de madrugada. Por las mentiras, por los desprecios y por aquella noche en la que terminé en el hospital porque me empujaste.

Su rostro se endureció.

—Te pedí perdón por eso.

—Y yo intenté seguir adelante. Pero ya no puedo.

Roberto miró nuevamente hacia los otros vehículos. Después se acercó un paso más.

—Escúchame bien, Lauren. No vas a tomar una decisión semejante en medio de un ataque de celos.

—No son celos. Es dignidad.

Aquella palabra pareció irritarlo todavía más.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Lo sé perfectamente. Quiero terminar nuestro matrimonio.

Intenté apartarme para abrir la puerta, pero Roberto me sujetó del brazo. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de mi antebrazo y me obligaron a volverme hacia él.

—Suéltame.

—Mírame cuando te hablo.

—¡Roberto, me estás lastimando!

Me sacudió del brazo, acercándome bruscamente hacia él.

—¡Escúchame bien! ¡Nunca voy a darte el divorcio! ¿Me entendiste? ¡Nunca!

Sentí un miedo inmediato, físico, que me recorrió el cuerpo antes de que pudiera pensar. Recordé sus manos empujándome en el dormitorio, el golpe contra el mueble y la oscuridad que vino después.

—Suéltame —repetí, esta vez con la voz más baja.

Roberto mantuvo la presión durante unos segundos. Después pareció advertir que estábamos en un estacionamiento donde cualquier persona podía aparecer y me soltó.

Retrocedí instintivamente.

—Vas a irte a casa —ordenó, señalándome con un dedo—. Y cuando llegue, vamos a arreglar cuentas. No pienso discutir nuestros asuntos personales delante de todo el mundo.

Lo observé sin responder.

—¿Me escuchaste, Lauren? Vete a casa.

Por un instante pensé en decirle que no tenía derecho a darme órdenes, que no pensaba obedecerlo y que nuestro matrimonio había terminado. Pero la expresión de su rostro y el dolor que comenzaba a sentir en el brazo me hicieron comprender que continuar aquella discusión no era seguro.

No dije nada.

Abrí la puerta del automóvil y me senté al volante. Roberto permaneció de pie junto al vehículo, observándome mientras encendía el motor.

—Hablaremos cuando llegue —repitió.

Cerré la puerta y salí del estacionamiento sin mirarlo nuevamente.

***

Conduje durante varios minutos sin tener demasiado claro hacia dónde me dirigía. Las calles se sucedían frente a mí mientras intentaba controlar el temblor de las manos. Me detuve finalmente en una zona tranquila, junto a una pequeña plaza, y apagué el motor.

Fue entonces cuando comencé a llorar.

No fueron lágrimas silenciosas ni discretas.

Lloré con una angustia que parecía haber permanecido contenida durante años.

Lloré por la mujer que había sido cuando me casé, por las ilusiones que había tenido y por todas las veces que había elegido callar para mantener una paz que, en realidad, nunca había existido.

Miré mi brazo. La piel comenzaba a enrojecerse donde Roberto me había sujetado.

Pensé en regresar a casa, como él me había ordenado. Imaginé encontrarlo esperando en la sala, dispuesto a convencerme de que estaba exagerando, de que aquella mujer no significaba nada y de que nuestro matrimonio era demasiado importante como para destruirlo por una infidelidad.

También imaginé lo que podía suceder si volvía a decirle que quería divorciarme.

Sentí un escalofrío.

Tomé el teléfono y busqué el nombre de Patricia entre mis contactos. Permanecí unos segundos observando la pantalla, con el dedo suspendido sobre el botón de llamada.

Nunca le había contado lo que había sucedido aquella noche en el dormitorio. Tampoco le había hablado de mis sospechas sobre las infidelidades de Roberto. Durante años había mantenido nuestros problemas dentro de casa, convencida de que los asuntos matrimoniales debían resolverse entre dos personas.

Pero aquella mañana comprendí que ya no sabía cómo resolverlos.

Presioné el botón.

Patricia respondió después de varios tonos.

—¿Lauren? ¿Todo bien?

Intenté hablar, pero la voz se me quebró.

—Patricia...

—¿Qué pasa? ¿Estás llorando?

Me cubrí el rostro con una mano.

—Necesito hablar contigo.

Su tono cambió inmediatamente.

—Claro que sí. ¿Dónde estás?

Miré a mi alrededor, intentando reconocer el nombre de la calle.

—Estoy en el auto. Cerca de una plaza.

—Lauren, ¿qué sucedió?

Respiré profundamente.

—Encontré a Roberto con otra mujer.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio.

—Ay, Lauren...

—Y cuando le dije que quería divorciarme, se puso furioso.

—¿Te hizo algo?

Miré nuevamente mi brazo.

Tardé unos segundos en responder.

—Me agarró muy fuerte. Me dijo que nunca iba a darme el divorcio y que tenía que regresar a casa.

—Escúchame —respondió Patricia con firmeza—. No vuelvas allí ahora. Dime dónde estás y voy a buscarte.

Cerré los ojos.

Durante años había creído que pedir ayuda significaba reconocer que no era capaz de solucionar mis propios problemas. Pero en aquel momento, sentada sola dentro del automóvil, comprendí que no tenía por qué enfrentarlo todo sin nadie a mi lado.

—Está bien —susurré.

Y por primera vez en mucho tiempo, permití que alguien más supiera lo que estaba ocurriendo en mi matrimonio.