Capítulo 5 #2
—Tengo demasiados asuntos pendientes en la empresa. No puedo desconectarme como ustedes.
—Lo entiendo, pero estas vacaciones eran para compartir tiempo con los chicos antes de que se mudaran.
—Y aquí estoy, ¿no?
—Estás físicamente aquí, Roberto.
Me miró con fastidio.
—No empieces otra vez con tus reclamos.
Sentí que se me cerraba el estómago. Habían pasado dos meses desde aquella noche en nuestro dormitorio, pero todavía recordaba demasiado bien cómo podía terminar una discusión cuando él perdía el control.
—No estoy reclamando nada —respondí con cautela—. Solo pensé que podríamos intentar disfrutar de los días que nos quedan.
—Pues deja de buscar problemas donde no los hay.
Se levantó y salió hacia la terraza.
Me quedé sola en la sala. Durante unos segundos consideré seguirlo, pero finalmente decidí que no tenía sentido. Apagué las luces y me dirigí a mi habitación.
Las vacaciones terminaron sin grandes discusiones, pero también sin aquellos momentos familiares que había imaginado. Regresamos con fotografías de paisajes, algunas compras y recuerdos agradables que, en su mayoría, había compartido solamente con mis hijos.
Roberto retomó sus actividades laborales apenas llegamos.
Yo comencé a preparar la mudanza.
***
Las semanas siguientes estuvieron llenas de cajas, listas de compras y trámites universitarios. Jeremy y Allison habían comenzado a organizar sus pertenencias y, por primera vez, sus habitaciones parecían demasiado pequeñas para contener todo lo que querían llevarse.
Compramos ropa de cama, utensilios de cocina, toallas y algunos muebles para el apartamento.
Roberto se encargó de coordinar el alquiler y contratar un servicio para trasladar las cosas más grandes.
Yo me ocupé de los detalles que nadie parecía recordar hasta el último momento: medicamentos básicos, documentos, productos de limpieza, artículos de higiene y una cantidad probablemente exagerada de recipientes para guardar comida.
—Mamá, no nos vamos a vivir a una isla desierta —me recordó Jeremy cuando vio la tercera bolsa de provisiones.
—Ya lo sé.
—Hay supermercados en la capital.
—También lo sé.
—Y tenemos teléfonos.
—Jeremy, si no quieres llevarte las cosas, las dejamos aquí.
Miró las bolsas durante unos segundos.
—Bueno, tampoco hace falta tomar decisiones apresuradas. Ese paquete de galletas parece importante.
Me reí y continué acomodando las compras.
Allison estaba más nerviosa de lo que quería admitir.
Aunque hablaba constantemente de sus planes, comenzó a hacerme preguntas sobre asuntos que hasta entonces nunca le habían preocupado: cómo lavar determinadas prendas, cuánto tiempo podían conservarse los alimentos en el refrigerador o qué debía hacer si se enfermaba estando lejos de casa.
Una noche la encontré sentada sobre su cama, rodeada de ropa que todavía no había guardado.
—¿Todo bien, cariño?
Asintió, pero no levantó la mirada.
Me senté a su lado.
—¿Estás nerviosa?
—Un poco.
—Es normal.
—¿Y si no me gusta la carrera? ¿O si no consigo hacer amigos? ¿Y si Jeremy y yo terminamos peleándonos todo el tiempo?
Sonreí.
—Entonces tendrás que resolver cada cosa cuando suceda. No necesitas tener todas las respuestas antes de empezar.
Allison apoyó la cabeza sobre mi hombro.
—Voy a extrañarte.
Sentí que se me humedecían los ojos.
—Yo también voy a extrañarte muchísimo.
—¿Vas a estar bien?
La pregunta me sorprendió.
—Por supuesto, cariño. ¿Por qué no habría de estarlo?
Se encogió de hombros.
—No sé. Siempre estás haciendo cosas por nosotros. Ahora vas a tener demasiado tiempo libre.
La abracé con fuerza.
—Encontraré en qué ocuparme. No te preocupes por mí.
Pero cuando salí de su habitación, aquellas palabras continuaron acompañándome.
Durante casi dieciocho años, buena parte de mi vida había girado alrededor de las necesidades de mis hijos.
Había organizado horarios, preparado comidas, asistido a reuniones escolares, acompañado enfermedades y celebrado pequeños triunfos.
Incluso en los días más difíciles, siempre había algo que hacer por ellos.
Ahora estaban a punto de marcharse.
Y aunque me alegraba profundamente que comenzaran a construir sus propios caminos, no podía evitar preguntarme qué quedaría de mi rutina cuando sus habitaciones permanecieran vacías.
***
El día de la partida llegó una mañana luminosa.
El servicio de mudanza había trasladado los muebles y las cajas más grandes durante la semana anterior, de modo que los chicos solamente llevarían algunas maletas y sus pertenencias personales.
Habíamos decidido que viajaran en autobús para que comenzaran a familiarizarse con el trayecto que seguramente harían muchas veces durante los próximos años.
Roberto tenía una reunión importante y no pudo acompañarnos a la terminal.
Se despidió de ellos antes de salir de casa, les recordó que debían administrar correctamente el dinero y les pidió que se tomaran en serio sus estudios.
Jeremy recibió sus recomendaciones con una paciencia poco habitual y Allison lo abrazó antes de prometerle que lo llamaría cuando llegaran.
Yo conduje hasta la terminal intentando participar de la conversación que mantenían en el asiento trasero.
Jeremy estaba convencido de que sería el primero en aprender a cocinar algo decente, mientras Allison aseguraba que terminaría alimentándose de comida preparada porque su hermano era incapaz de distinguir el azúcar de la sal.
—Eso ocurrió una sola vez —protestó Jeremy.
—Arruinaste un pastel entero.
—Fue un experimento gastronómico.
—Fue incomible.
Los escuché discutir y sonreí. Aquellas conversaciones absurdas eran parte de nuestra vida cotidiana y, aunque sabía que seguiríamos compartiendo muchas otras, me entristecía pensar que pronto dejarían de escucharse todos los días en casa.
Al llegar a la terminal, estacioné el automóvil y los ayudé con las maletas.
Había bastante movimiento. Familias que se despedían, estudiantes que viajaban cargados de bolsos y personas que caminaban apresuradamente entre los andenes.
Mientras esperábamos el anuncio de salida, Allison revisó varias veces sus documentos y Jeremy se dedicó a bromear sobre la cantidad de recomendaciones que yo les había dado durante los últimos días.
—Recuerden avisarme cuando lleguen —les dije.
—Sí, mamá —respondieron al mismo tiempo.
—Y revisen que todas las ventanas del apartamento cierren bien.
—Sí, mamá.
—No dejen la puerta sin llave, aunque salgan solamente un momento.
—Sí, mamá.
—Y procuren comer algo que no venga en una caja.
Jeremy me miró con una sonrisa.
—¿Quieres venir con nosotros? Podemos hacerte un lugar en el sofá.
Solté una carcajada, aunque sentía un nudo cada vez más grande en la garganta.
—No me tientes.
El anuncio de salida interrumpió nuestra conversación. Allison tomó su maleta y me abrazó con fuerza.
—Te quiero muchísimo, mamá.
Cerré los ojos y la estreché contra mí.
—Yo también te quiero, mi niña. Estoy muy orgullosa de ti.
—Voy a llamarte cuando lleguemos.
—Lo sé.
Cuando nos separamos, tenía los ojos llenos de lágrimas. Allison también, aunque intentó disimularlo acomodándose el cabello.
Jeremy se acercó entonces y abrió los brazos.
—Bueno, ven aquí antes de que empieces a inundar la terminal.
Lo abracé con fuerza. Durante unos segundos recordé al niño pequeño que corría por la casa haciendo preguntas imposibles, que se escondía detrás de mis piernas cuando algo le daba miedo y que siempre encontraba la manera de hacerme reír.
Ahora era un joven alto, con proyectos propios y una vida que comenzaba a extenderse mucho más allá de nuestro hogar.
—Cuida de tu hermana —le susurré.
—Siempre lo hago.
—Y cuídate tú también.
—Lo intentaré.
Me aparté lo suficiente para mirarlo a los ojos.
—Vas a ser un gran abogado, Jeremy.
Sonrió.
—Eso espero. Aunque primero tendré que sobrevivir a los exámenes.
Le acaricié la mejilla.
—Confío en ti.
Los observé subir al autobús. Allison eligió un asiento junto a la ventana y Jeremy acomodó las maletas pequeñas antes de sentarse a su lado. Cuando me descubrieron entre las personas que esperaban en el andén, comenzaron a saludarme exageradamente con las manos.
Les devolví el saludo, intentando sonreír.
El motor se encendió y, unos minutos después, el autobús comenzó a moverse lentamente. Caminé algunos pasos acompañándolo con la mirada hasta que salió de la terminal y desapareció entre el tránsito.
Entonces me quedé inmóvil.
Había imaginado aquel momento muchas veces. Sabía que llegaría, que mis hijos crecerían y que algún día tendrían que marcharse para construir sus propias vidas. Los había preparado para eso desde pequeños, enseñándoles a ser responsables, independientes y capaces de tomar decisiones.
Pero nadie me había explicado cómo prepararme yo para dejarlos ir.
Permanecí unos minutos más junto al andén, observando el espacio vacío donde había estado estacionado el autobús. Después recogí mi bolso y caminé lentamente hacia el automóvil.
Por primera vez en casi dieciocho años, regresaría a una casa donde ninguno de mis hijos estaría esperándome.
Y mientras buscaba las llaves, comprendí que no solamente ellos estaban comenzando una nueva etapa.