Capítulo 5
Dos meses habían pasado desde aquella noche y, aunque la herida de mi cabeza había cicatrizado, todavía había momentos en los que recordaba el golpe con una claridad que me resultaba imposible ignorar.
Roberto había cumplido su promesa de no volver a levantarme la mano, pero algo entre nosotros había cambiado.
Ya no discutíamos de la misma manera. En realidad, apenas discutíamos.
Yo había aprendido a medir todavía más mis palabras y él parecía convencido de que, mientras no volviéramos a mencionar lo sucedido, nuestro matrimonio recuperaría por sí solo la normalidad.
No había vuelto a preguntarme cómo me sentía respecto a aquella noche.
Tampoco había insistido en hablar del tema.
Las flores se marchitaron, los bombones desaparecieron y la vida continuó con sus horarios, sus obligaciones y sus pequeñas urgencias cotidianas.
Por momentos me sorprendía actuando como si nada hubiera ocurrido, preparando el desayuno, trabajando en el banco o conversando sobre las compras de la semana.
Pero bastaba con que Roberto levantara demasiado la voz o hiciera un movimiento brusco durante alguna discusión para que mi cuerpo se tensara antes de que pudiera evitarlo.
Afortunadamente, los últimos meses del año estuvieron llenos de acontecimientos que mantuvieron mi atención ocupada.
Jeremy y Allison estaban terminando la secundaria y la casa parecía girar alrededor de exámenes, trabajos finales, preparativos para la graduación y conversaciones sobre sus futuros universitarios.
Los mellizos habían esperado aquel momento durante años, aunque cada uno lo vivía de una manera completamente diferente.
Jeremy había decidido estudiar Derecho. Cuando nos anunció que quería convertirse en abogado, Roberto lo observó con una mezcla de sorpresa y satisfacción.
Durante mucho tiempo había intentado convencerlo de que estudiara administración de empresas o alguna carrera relacionada con la construcción, con la esperanza de que algún día se incorporara al negocio familiar.
Sin embargo, mi hijo tenía otros planes.
—Quiero ser abogado, papá. No vendedor de edificios —había respondido durante una de aquellas conversaciones.
—No vendo edificios, Jeremy. Desarrollo proyectos inmobiliarios.
—Bueno, eso. Quiero defender personas, no discutir por metros cuadrados.
Roberto no encontró demasiado graciosa la respuesta, pero terminó aceptando su decisión.
Yo, en cambio, no podía evitar sonreír cada vez que imaginaba a Jeremy frente a un tribunal.
Tenía una facilidad extraordinaria para argumentar, cuestionar y encontrar contradicciones en lo que decían los demás.
Quizás aquella personalidad inquieta que tantas veces había puesto a prueba nuestra paciencia terminara convirtiéndose en una de sus mayores fortalezas.
Allison, por su parte, había decidido estudiar Veterinaria.
Desde pequeña había sentido una conexión especial con los animales.
Había rescatado pájaros heridos, intentado alimentar gatos callejeros y pasado tardes enteras investigando sobre especies que ni siquiera sabía que existían.
Durante años llenó nuestra casa de preguntas sobre mascotas que Roberto jamás permitió tener.
Ahora estaba convencida de que quería dedicar su vida a cuidarlos.
—Voy a tener una clínica veterinaria —me anunció una tarde mientras revisábamos información sobre las universidades—. Y también quiero trabajar con animales rescatados.
—Me parece maravilloso, cariño.
—Aunque probablemente termine llevando todos los animales abandonados a mi casa.
—Entonces espero que consigas una casa muy grande.
—Y que papá no viva conmigo —añadió entre risas.
No pude evitar acompañarla.
Ambos habían elegido universidades en la capital, lo que significaba que tendrían que mudarse.
Después de comparar opciones, horarios y costos, decidimos alquilarles un apartamento pequeño, con dos dormitorios, cerca de las zonas donde estudiarían.
Roberto consideraba que era una inversión razonable y que no tenía sentido que vivieran en una residencia estudiantil si podíamos proporcionarles un lugar propio.
Yo estaba de acuerdo, aunque por motivos diferentes.
Saber que estarían juntos, al menos durante los primeros años, me daba cierta tranquilidad.
La ceremonia de graduación llegó más rápido de lo que esperaba.
Aquella tarde los observé prepararse frente al espejo del recibidor y sentí una emoción difícil de describir.
Jeremy llevaba un traje oscuro que lo hacía parecer mucho mayor de lo que era, aunque su manera de acomodarse la corbata dejaba en evidencia que todavía necesitaba ayuda.
Allison había elegido un vestido elegante y sencillo, y se había recogido el cabello de una manera que resaltaba sus facciones.
—Mamá, por favor, no empieces a llorar antes de salir —me advirtió Jeremy al descubrir que los observaba.
—No estoy llorando.
—Todavía.
Allison sonrió y se acercó para abrazarme.
—Te prometemos que vamos a llamarte todos los días.
—No hagas promesas que no vas a cumplir —respondió Jeremy—. Después mamá nos llama a las siete de la mañana para comprobar que seguimos vivos.
—No pienso hacer eso.
—A las siete y media, entonces.
Lo abracé entre risas, aunque tuve que esforzarme para contener las lágrimas.
Durante la ceremonia, mientras escuchaba los nombres de los estudiantes y observaba cómo recibían sus diplomas, recordé sus primeros días de escuela.
Me parecía increíble que aquellos dos niños que alguna vez necesitaron que les atara los zapatos estuvieran a punto de abandonar el hogar familiar para comenzar sus propias vidas.
Roberto se mostró orgulloso. Tomó fotografías, felicitó a los chicos y conversó con algunos padres sobre sus planes universitarios.
Durante unas horas pareció disfrutar sinceramente de aquel acontecimiento.
Al regresar a casa, incluso propuso abrir una botella de vino para brindar por el futuro de nuestros hijos.
Aquella noche, mientras los mellizos hablaban entusiasmados sobre la mudanza y sus expectativas, intenté guardar cada detalle en mi memoria. Sabía que estábamos viviendo uno de esos momentos que solamente se comprenden en toda su dimensión cuando ya han pasado.
***
Después de la graduación, Roberto propuso que hiciéramos unas vacaciones familiares antes de que Jeremy y Allison se mudaran a la capital.
La idea me entusiasmó. Pensé que sería una oportunidad para compartir tiempo juntos, alejarnos de las obligaciones cotidianas y disfrutar de unos días tranquilos antes de que nuestra dinámica familiar cambiara por completo.
Elegimos un destino de playa y reservamos una casa cerca del mar.
Los chicos estaban encantados. Jeremy quería aprovechar para practicar deportes acuáticos y Allison había preparado una lista de lugares que deseaba visitar.
Yo imaginaba desayunos sin apuro, caminatas por la costa y largas conversaciones al atardecer.
Sin embargo, las vacaciones resultaron muy diferentes de lo que había esperado.
Desde el primer día, Roberto parecía incómodo.
Se quejaba del tránsito, del tiempo que habíamos tardado en llegar y de que la casa no era exactamente como aparecía en las fotografías.
Cuando Jeremy propuso salir a conocer la zona, respondió que estaba cansado.
Cuando Allison sugirió cenar en un restaurante frente al mar, aseguró que los precios eran absurdos.
Cualquier actividad parecía convertirse en un inconveniente.
—Papá, estamos de vacaciones —le recordó Jeremy durante el segundo día, después de que Roberto se molestara porque habíamos tardado demasiado en elegir dónde almorzar.
—Precisamente por eso no quiero pasarme el día dando vueltas sin sentido.
—Entonces dinos qué quieres hacer.
—Quiero descansar.
—Llevas toda la mañana sentado mirando el teléfono.
Roberto levantó la mirada.
—Jeremy, no empieces.
Mi hijo apretó los labios y se volvió hacia mí.
—¿Vamos a la playa, mamá?
—Claro, cariño.
Terminamos pasando buena parte de aquella tarde los tres juntos, mientras Roberto permanecía en la casa atendiendo llamadas de trabajo.
Allison y Jeremy nadaron, caminaron por la orilla y discutieron durante varios minutos sobre cuál de los dos tendría más dificultades para adaptarse a la vida universitaria.
Yo los escuchaba, disfrutando de aquella complicidad que, a pesar de sus diferencias, siempre habían compartido.
Cuando regresamos, Roberto estaba de mal humor.
—Pensé que volverían antes —comentó apenas entramos.
—Te escribí para avisarte que nos quedaríamos un rato más —respondí.
—No vi el mensaje.
—Estabas trabajando.
—Alguien tiene que hacerlo.
No respondí. Dejé las bolsas sobre la mesa y fui a preparar algo para cenar. Había aprendido que, cuando Roberto estaba de aquel humor, cualquier comentario podía convertirse en una discusión.
Los días siguientes transcurrieron de manera similar.
Si proponíamos una excursión, encontraba algún motivo para descartarla.
Si decidíamos quedarnos en casa, se quejaba de que estábamos desperdiciando las vacaciones.
Si los chicos hacían demasiado ruido, les pedía silencio.
Si permanecían en sus habitaciones, los acusaba de pasar demasiado tiempo con sus teléfonos.
Una tarde, mientras caminábamos por un paseo costero, Allison se acercó a mí y me tomó del brazo.
—Mamá, ¿papá quería venir de vacaciones?
La pregunta me sorprendió.
—Por supuesto, cariño. Él mismo propuso el viaje.
—Pues no parece.
Miré hacia atrás. Roberto caminaba varios metros detrás de nosotros, hablando por teléfono.
—Está preocupado por algunos asuntos de la empresa —respondí.
Allison suspiró.
—Siempre está preocupado por la empresa.
No supe qué decirle.
—Es nuestra última vacación antes de irnos a estudiar —continuó—. Pensé que estaría un poco más contento.
Le acaricié la mano.
—No dejes que eso te arruine estos días. Podemos disfrutarlos igualmente.
Ella asintió, aunque su expresión seguía siendo triste.
Aquella noche intenté hablar con Roberto cuando los chicos se retiraron a sus habitaciones.
—¿Te sucede algo? —le pregunté mientras recogíamos algunas cosas de la sala.
—No. ¿Por qué?
—Porque llevas varios días de mal humor. Parece que no tienes ganas de estar aquí.
Roberto dejó el teléfono sobre la mesa.