Capítulo 4 #2
Después, el golpe.
La parte posterior de mi cabeza chocó contra la esquina de un mueble de madera. Sentí un dolor agudo, tan intenso que durante una fracción de segundo pareció atravesarme el cráneo. El impacto me hizo perder el equilibrio por completo y caí al suelo.
Quise incorporarme, pero mi cuerpo no respondió.
La habitación comenzó a girar. Las luces se volvieron borrosas y escuché la voz de Roberto como si llegara desde el otro extremo de un pasillo.
—Lauren...
Intenté enfocar su rostro.
Estaba de pie frente a mí, inmóvil.
Quise preguntarle por qué me había hecho aquello. Quise decirle que me dolía la cabeza y que necesitaba ayuda. Pero las palabras no llegaron a salir de mi boca.
Sentí algo tibio junto al cabello.
Después escuché un ruido, quizás sus pasos, quizás mi propia respiración.
La voz de Roberto volvió a llegar hasta mí, esta vez más fuerte.
—¡Lauren! ¡Lauren, mírame!
Intenté mantener los ojos abiertos.
No pude.
Y todo se volvió negro.
***
Habían pasado tres días desde aquella noche y todavía me dolía la cabeza cuando hacía movimientos bruscos.
Permanecí veinticuatro horas en observación en el hospital, donde me realizaron estudios para descartar lesiones de mayor gravedad.
Los médicos me permitieron regresar a casa con indicaciones de reposo y la recomendación de volver inmediatamente si aparecían determinados síntomas.
La herida había necesitado algunos puntos y, aunque el dolor comenzaba a disminuir, todavía sentía una molestia persistente en la parte posterior de la cabeza.
Roberto había insistido en acompañarme durante toda la estancia en el hospital.
Se mostró atento, habló con los médicos y se encargó de los trámites.
Cuando me preguntaron cómo había ocurrido el accidente, respondió antes de que pudiera abrir la boca.
Dijo que había tropezado con la alfombra del dormitorio y me había golpeado contra un mueble.
Yo permanecí en silencio. No porque estuviera de acuerdo con aquella versión, sino porque todavía me costaba comprender lo que había sucedido.
Cuando una enfermera consiguió hablar conmigo a solas, me preguntó nuevamente por el golpe.
Le conté que Roberto me había empujado durante una discusión.
Me escuchó sin interrumpirme, me preguntó si me sentía segura regresando a casa y me explicó que podía solicitar ayuda.
Le agradecí, pero en aquel momento no sabía qué hacer con esa información.
Jeremy y Allison sabían que había sufrido una caída, aunque ninguno parecía completamente convencido de la explicación.
Jeremy me había observado con una seriedad poco habitual cuando regresé del hospital y Allison me abrazó con tanto cuidado que terminé sintiéndome peor por haberla preocupado.
Les aseguré que estaba bien y que solamente necesitaba descansar.
No me hicieron más preguntas, pero noté que ambos estaban más pendientes de mí que de costumbre.
Aquella tarde estaba sentada en la sala, intentando leer una novela, cuando escuché abrirse la puerta principal. Roberto apareció con un ramo de rosas blancas y una pequeña bolsa de una confitería.
—Te traje algo —anunció, acercándose con una sonrisa.
Dejé el libro sobre mis piernas.
—¿Flores?
—Sé que te gustan. Y también compré esos bombones que siempre eliges.
Depositó las cosas sobre la mesa y se sentó a mi lado. Durante unos segundos observó el vendaje que todavía cubría parte de mi cabeza.
—¿Cómo te sientes?
—Mejor. Aunque todavía me duele un poco.
—Los médicos dijeron que era normal.
Asentí. Roberto tomó mi mano y comenzó a acariciarla con el pulgar.
—Lauren, quiero que sepas que lamento muchísimo lo que pasó.
Lo miré sin responder.
—Había bebido demasiado, estaba agotado y discutimos por una estupidez. Perdí el control por un segundo. Nunca quise hacerte daño.
—Pero me lo hiciste, Roberto.
Bajó la mirada.
—Lo sé. Y no sabes cuánto me arrepiento.
Quise creerle. Una parte de mí necesitaba creer que aquel hombre con el que había compartido tantos años estaba sinceramente horrorizado por lo que había hecho. Sin embargo, cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir sus manos sobre mis hombros y recordaba la violencia del empujón.
—Pude haberme lastimado mucho más —murmuré.
—No digas eso, por favor.
—Es la verdad.
Roberto respiró profundamente y apretó suavemente mi mano.
—Precisamente por eso quiero que dejemos este asunto atrás. No tiene sentido seguir haciéndonos daño con algo que ya ocurrió.
Lo observé con desconcierto.
—¿Dejarlo atrás?
—No me malinterpretes. Sé que fue grave, pero también sabes que no soy un hombre violento. Fue una discusión que se salió de control.
Retiré lentamente mi mano.
—Nunca me habías empujado.
—Y nunca volverá a suceder —respondió de inmediato—. Te lo prometo.
Permanecimos en silencio hasta que volvió a hablar.
—También quiero pedirte algo. Por nosotros y por los chicos.
—¿Qué cosa?
—Que no les cuentes lo que pasó realmente. Ya están bastante preocupados con lo del hospital. No necesitan enterarse de una discusión entre sus padres.
Sentí una presión incómoda en el pecho.
—Roberto, no fue solamente una discusión.
—Lo sé, Lauren. No hace falta que me lo repitas. Pero imagina cómo se sentirían si se enteraran. Jeremy se pondría en mi contra, Allison se angustiaría y terminaríamos convirtiendo un error en un problema familiar mucho más grande.
—¿Y qué esperas que haga? ¿Que finja que me caí sola?
—Eso es lo que creen. No veo qué ganaríamos cambiando la historia ahora.
Lo miré fijamente. Había algo profundamente injusto en aquella conversación.
Yo era quien había terminado en el hospital, quien todavía tenía dolores y quien se despertaba sobresaltada durante la noche.
Sin embargo, Roberto parecía más preocupado por las consecuencias que la verdad pudiera tener para él.
—También prefiero que no lo comentes con tus compañeras ni con tu familia —añadió—. Ya sabes cómo son esas cosas. La gente escucha una parte, saca sus propias conclusiones y después es imposible hacerles entender lo que realmente sucedió.
—¿Y qué fue lo que realmente sucedió, Roberto?
Tardó unos segundos en responder.
—Cometí un error.
—Me empujaste.
—Sí, Lauren. Te empujé. Y estoy pidiéndote perdón.
Se levantó y comenzó a caminar por la sala.
—No podemos destruir nuestro matrimonio por una noche horrible. Tenemos una familia, una vida juntos, demasiadas cosas construidas como para permitir que esto nos arruine.
Miré las rosas blancas sobre la mesa. Eran hermosas. Roberto siempre había sabido elegir regalos cuando quería reconciliarse después de alguna discusión. Antes bastaban unas flores, una cena o un fin de semana fuera de casa para que todo pareciera regresar a la normalidad.
Pero aquella vez había algo diferente.
—Necesito tiempo —respondí.
Roberto se detuvo.
—Por supuesto. Tómate el tiempo que necesites.
Se acercó y me besó suavemente la frente, procurando no rozar la zona lastimada.
—Te quiero, Lauren. No olvides eso.
Después recogió su maletín y se dirigió al despacho, asegurando que tenía algunas llamadas pendientes.
Me quedé sola en la sala, con el libro abierto sobre las piernas y las flores descansando frente a mí. Durante varios minutos observé los pétalos blancos sin encontrarles la belleza que normalmente me habría alegrado la tarde.
Roberto me había pedido perdón. Había prometido que nunca volvería a suceder y me había llevado flores. Pero también me había pedido que guardara silencio.
Y mientras intentaba comprender la diferencia entre perdonar y fingir que nada había ocurrido, descubrí que aquella era la primera vez en muchos años que no sabía si podía confiar en mi esposo.