Recuérdalos Capítulo 4
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Capítulo 4

La primera vez que Roberto llegó de madrugada, le creí cuando me dijo que había tenido una reunión de negocios que se había prolongado más de lo previsto.

La segunda, acepté su explicación sobre una cena con inversores extranjeros que solamente estarían unos días en la ciudad.

Después hubo otras ocasiones, cada una acompañada de una justificación diferente, hasta que dejé de preguntarle a qué hora regresaría.

No porque hubiera dejado de importarme, sino porque estaba cansada de escuchar respuestas que nunca terminaban de convencerme.

Aquella noche me desperté poco después de las dos.

Roberto no estaba a mi lado y, al extender la mano hacia su almohada, comprobé que seguía intacta.

Me incorporé lentamente y observé la habitación en penumbras.

Había dejado encendida la pequeña lámpara de su mesa de noche, como hacía siempre que él salía, aunque últimamente comenzaba a preguntarme por qué seguía teniendo aquella consideración con alguien que ni siquiera se molestaba en avisar que llegaría tarde.

Tomé el teléfono. No tenía mensajes suyos.

Le había escrito cerca de la medianoche para preguntarle si todo estaba bien, pero todavía no había respondido.

Durante unos segundos consideré llamarlo, aunque finalmente desistí.

La última vez que lo había hecho, me había contestado de mal humor, asegurando que no era un adolescente y que no necesitaba que su esposa lo controlara.

Me levanté para beber un vaso de agua. La casa estaba silenciosa y las luces del pasillo permanecían apagadas.

Me detuve frente a las habitaciones de los chicos y escuché unos instantes.

Jeremy y Allison dormían. Dentro de pocos meses terminarían la secundaria y comenzarían una etapa completamente diferente de sus vidas.

Me pregunté si se habrían dado cuenta de cuánto habían cambiado las cosas entre su padre y yo.

Seguramente sí. Los hijos siempre perciben más de lo que los adultos imaginamos, aunque muchas veces prefieran no involucrarse.

Bajé a la cocina, bebí un poco de agua y regresé al dormitorio.

Intenté dormir, pero cada vez que cerraba los ojos volvía a mirar el reloj.

A las tres y cuarto escuché finalmente el motor de un automóvil entrando en el garaje.

Me quedé inmóvil, esperando. Unos minutos después, la puerta principal se abrió y llegó hasta mí el ruido de unas llaves cayendo sobre el mueble de la entrada.

Roberto subió las escaleras con pasos pesados. Cuando apareció en el dormitorio, llevaba la camisa parcialmente desabrochada y la corbata colgando de un bolsillo del saco. Se detuvo al verme sentada en la cama.

—¿Todavía despierta? —preguntó.

—¿Qué hora es, Roberto?

Miró su reloj con una expresión de fastidio.

—No empieces, Lauren. Estoy agotado.

—Son más de las tres de la mañana.

—Sé perfectamente qué hora es.

Se quitó el saco y lo dejó sobre una silla. Después comenzó a desabotonarse la camisa sin mirarme.

—Te escribí hace horas. Podrías haberme avisado que llegarías tan tarde.

—Estaba ocupado.

—¿Tan ocupado como para no responder un mensaje?

—Por favor, no tengo ganas de discutir.

Se acercó a la cama para dejar el teléfono sobre su mesa de noche.

Fue entonces cuando percibí el olor. Primero, el alcohol.

No era el aroma tenue de una copa de vino durante una cena, sino uno mucho más intenso, mezclado con el aliento cargado de alguien que había bebido bastante.

Después llegó el perfume. Una fragancia femenina, dulzona y penetrante, de esas que permanecen suspendidas en el aire mucho después de que alguien abandona una habitación.

Lo miré con atención.

—¿Dónde estuviste?

Roberto suspiró.

—Ya te dije que tenía una reunión.

—¿Una reunión hasta las tres de la mañana?

—Después fuimos a tomar algo. ¿Cuál es el problema?

—El problema es que no respondiste mis mensajes, llegas borracho y hueles a perfume de mujer.

Por primera vez desde que había entrado, me miró directamente.

—¿Qué tontería estás diciendo?

Me levanté de la cama.

—No me tomes por estúpida, Roberto.

—Cuidado con el tono.

Aquella advertencia, pronunciada con la misma autoridad que utilizaba para dirigirse a sus empleados, terminó de despertar mi indignación.

—¿Mi tono? ¿De verdad vas a preocuparte por mi tono después de llegar a estas horas?

—Estuve trabajando todo el día y luego salí con unos clientes. No tengo que darte explicaciones por cada minuto de mi vida.

—No te estoy pidiendo explicaciones por cada minuto. Te estoy preguntando por qué llegas de madrugada oliendo a alcohol y a perfume de otra mujer.

—Había mujeres en el lugar, Lauren. Es increíble que tenga que aclararte algo tan evidente.

Soltó una risa breve, cargada de desprecio, y se dirigió al armario. Lo observé sacar una camiseta limpia y comprendí que esperaba que la conversación terminara allí, como tantas otras veces. Bastaría con que me acostara, apagara la luz y fingiera que sus explicaciones eran suficientes.

Pero aquella noche no pude hacerlo.

—No es la primera vez.

Roberto se volvió lentamente.

—¿Qué?

—Que no es la primera vez que llegas así. Llevas meses haciéndolo. Sales, desapareces durante horas y después pretendes que actúe como si nada hubiera ocurrido.

—Estás exagerando.

—No. Estoy cansada.

—Entonces acuéstate y deja de molestar.

Sentí que la sangre me subía al rostro.

—¡No me hables de esa manera!

Roberto se quedó inmóvil unos segundos, sorprendido por mi reacción. No recordaba cuándo había sido la última vez que le había levantado la voz. Yo tampoco. Durante años había preferido evitar las discusiones, convencida de que mantener la tranquilidad en casa era más importante que tener razón.

—Baja la voz —ordenó—. Vas a despertar a los chicos.

—¡Entonces deja de tratarme como si fuera una idiota!

—Estás haciendo un escándalo por nada.

—¿Por nada? ¿Crees que soy incapaz de darme cuenta de lo que está pasando? ¿Que porque no te pregunte todos los días dónde estuviste significa que no veo nada?

Roberto arrojó la camiseta sobre la cama.

—No voy a tolerar que me acuses de cosas que no puedes demostrar.

Aquellas palabras me dejaron helada.

No dijo que me equivocaba. No intentó tranquilizarme ni explicarme qué había sucedido. Se limitó a cuestionar lo que yo podía demostrar.

—¿Eso es todo lo que tienes para decirme?

—¿Qué quieres que te diga?

—La verdad.

—La verdad es que estoy harto de llegar a mi propia casa y encontrarme con una mujer que solamente sabe quejarse.

Lo observé, incapaz de creer lo que estaba escuchando.

—¿Quejarme?

—Sí, Lauren. Quejarte. Siempre tienes algún problema. Que si llego tarde, que si trabajo demasiado, que si no te presto suficiente atención. Nunca estás conforme con nada.

—¿Y tú alguna vez te has preguntado cómo me siento?

—Tienes una casa hermosa, no te falta absolutamente nada y puedes darte todos los gustos que quieras. ¿Qué más necesitas?

Me quedé mirándolo. Había escuchado aquel argumento tantas veces que podría haberlo repetido palabra por palabra.

Para Roberto, nuestra situación económica parecía resolver cualquier otra necesidad.

Mientras hubiera dinero para pagar las cuentas, mantener la casa y disfrutar de ciertas comodidades, no existía ninguna razón válida para sentirse insatisfecha.

—Necesito un esposo que me respete —respondí.

Su expresión cambió.

—No empieces con tus dramatismos.

—Necesito poder hablar contigo sin que me humilles. Necesito que dejes de tratar mi trabajo como si fuera una pérdida de tiempo y que entiendas que no soy una empleada a la que puedes darle órdenes.

—Estás perdiendo completamente la cabeza.

—¡No, Roberto! ¡Lo que estoy haciendo es decirte lo que llevo años callándome!

Mi voz resonó en la habitación. Por un instante temí que los chicos despertaran, pero ya no pude detenerme. Las palabras salían unas detrás de otras, alimentadas por discusiones inconclusas, comentarios despectivos y noches de espera que había preferido olvidar.

—Estoy cansada de que todo tenga que hacerse a tu manera. De que mis opiniones nunca sean importantes. De que llegues a la hora que quieras y pretendas que yo esté aquí, esperando, como si no tuviera una vida propia.

Roberto dio un paso hacia mí.

—Será mejor que te tranquilices.

—¡No me digas que me tranquilice!

—Lauren, te estoy advirtiendo...

—¿Advirtiendo qué? ¿Que me calle? ¿Que vuelva a acostarme y mañana prepare el desayuno como si nada hubiera pasado?

Se acercó un poco más. Su rostro estaba enrojecido y podía percibir nuevamente el olor del alcohol.

—No sabes cuándo cerrar la boca.

Aquella frase me dolió más de lo que esperaba. No porque fuera la primera vez que me hablaba con desprecio, sino porque comprendí que, incluso en aquel momento, seguía convencido de que el problema era mi reacción y no su comportamiento.

—No quiero seguir viviendo así —dije.

Roberto frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Respiré profundamente.

—Significa que estoy cansada de sentirme sola dentro de mi propio matrimonio.

Durante unos segundos ninguno habló. Escuché el zumbido tenue del aire acondicionado y, a lo lejos, el sonido de un automóvil que circulaba por la calle. Roberto me observaba con una expresión que no conseguía interpretar.

—Estás diciendo estupideces porque es tarde y estás alterada —respondió finalmente—. Mañana hablaremos.

Se volvió para entrar al baño.

—No —dije.

Se detuvo.

—¿Cómo que no?

—No quiero seguir dejando todo para mañana. Siempre es lo mismo. Nunca tienes tiempo para escucharme y cuando intento hablar, terminas haciendo que parezca culpa mía.

Roberto regresó hacia mí.

—Ya basta, Lauren.

—Quiero saber si hay otra mujer.

La pregunta quedó suspendida entre nosotros.

Roberto apretó la mandíbula.

—No voy a responder a semejante falta de respeto.

—Entonces mírame a los ojos y dime que no me estás engañando.

—Te he dicho que basta.

—¡Contéstame!

Todo ocurrió demasiado deprisa.

Roberto avanzó hacia mí y extendió ambos brazos. Sentí sus manos contra mis hombros y, antes de comprender lo que estaba haciendo, me empujó con fuerza. Retrocedí instintivamente, intentando recuperar el equilibrio, pero mis pies tropezaron con el borde de la alfombra.

Recuerdo haber extendido una mano para sujetarme de algo.