Capítulo 3 #2
—Me refiero a que ya tenía una vida organizada. Una casa, un matrimonio, una rutina. Empezar de cero debe de resultar mucho más difícil cuando uno ha construido tantas cosas.
—Seguramente. Pero ¿quién dijo que tener una vida organizada significa tener la vida que uno quiere?
No respondí inmediatamente.
—Supongo que nadie.
—Además, no empieza completamente de cero. Tiene su experiencia, sus conocimientos y todo lo que aprendió durante estos años. No es la misma muchacha que era cuando se casó.
Aquella observación me pareció interesante.
Nunca había pensado en los cambios importantes de esa manera.
Para mí, empezar de nuevo siempre había significado perder lo anterior, renunciar a lo construido y enfrentarse a un futuro incierto.
Patricia, en cambio, parecía verlo como la posibilidad de aprovechar lo aprendido para construir algo diferente.
—¿Tú harías algo así? —le pregunté.
—No lo sé. Espero no tener que descubrirlo. Pero me gustaría creer que, si algún día mi vida dejara de hacerme feliz, tendría el valor de cambiarla.
Me observó durante unos segundos.
—¿Y tú?
La pregunta me tomó desprevenida.
—¿Yo qué?
—¿Te irías a vivir a otro país para empezar de nuevo?
Solté una pequeña carcajada.
—Patricia, tengo un esposo, dos hijos a punto de terminar la secundaria, una casa y un trabajo estable. No puedo imaginarme haciendo algo semejante.
—No te pregunté si puedes hacerlo. Te pregunté si te gustaría.
La miré sin saber muy bien qué contestar.
—Nunca lo pensé —admití.
—Entonces ya tienes algo en qué entretenerte cuando termines con esos expedientes.
Sonrió y continuó almorzando.
***
Aquella tarde salí del banco un poco más tarde de lo habitual.
Mientras caminaba hacia el estacionamiento, recordé la conversación que había tenido con mi abuela Lina durante el fin de semana.
Ella me había contado nuevamente la historia de Víctor y de su padre, aquellos dos hombres que habían abandonado el viejo continente para buscar oportunidades en una tierra desconocida.
Me resultó curioso que, en apenas unos días, hubiera escuchado dos historias relacionadas con personas que decidieron cruzar el océano para cambiar sus vidas.
Las circunstancias eran completamente diferentes, por supuesto.
Víctor y su padre habían viajado en una época en la que comunicarse con la familia que quedaba atrás podía llevar semanas o meses.
La hermana de Patricia, en cambio, tendría un teléfono, internet y la posibilidad de regresar en avión si lo necesitaba.
Sin embargo, había algo que ambas historias compartían: la decisión de abandonar lo conocido sin tener garantías sobre lo que encontrarían al otro lado.
Subí al automóvil y encendí el motor. Antes de salir del estacionamiento, revisé mi teléfono.
Tenía un mensaje de Allison preguntándome si podía llevarla a comprar unos zapatos durante la semana, otro de Jeremy solicitando dinero para una actividad del colegio y uno de Roberto recordándome que el jueves recibiríamos a unos socios de su empresa para cenar.
Respondí a los tres y dejé el teléfono sobre el asiento del acompañante.
Mientras conducía, pensé en la pregunta de Patricia.
¿Te gustaría empezar de nuevo en otro país?
No tenía una respuesta. Tampoco estaba buscando una. Mi vida estaba aquí, junto a mi familia, mi trabajo y todas las cosas que había construido durante años. No tenía motivos para pensar en marcharme y mucho menos para imaginar una existencia completamente diferente.
Aun así, cuando me detuve ante un semáforo, me descubrí pensando en aquella mujer de cuarenta y cuatro años que estaba preparando dos maletas para comenzar otra vida.
Me pregunté cómo sería despertar una mañana en una ciudad desconocida, caminar por calles que nunca había recorrido y descubrir que nadie sabía quién era ni qué esperaba de mí.
Tener que aprender nuevas costumbres, conocer personas y tomar decisiones sin apoyarme constantemente en lo que siempre había hecho.
La idea me produjo cierta inquietud.
Pero también algo parecido a la curiosidad.
El semáforo cambió a verde y continué conduciendo. Al llegar a casa, encontré el automóvil de Roberto estacionado frente al garaje. Seguramente había terminado antes alguna reunión o había decidido trabajar desde su despacho.
Entré con las llaves en la mano y escuché su voz desde la sala.
—Lauren, necesito que hablemos de la cena del jueves.
Dejé el bolso sobre el mueble de la entrada.
—Hola, Roberto. ¿Cómo estás?
—Bien, bien. Ven un momento. Quiero que organicemos algunas cosas.
Me acerqué y lo encontré revisando unos documentos.
—Invité a cuatro personas de la empresa con sus parejas —explicó—. Necesito que prepares algo especial. Es una reunión importante y quiero causar una buena impresión.
—¿Ocho personas, entonces?
—Diez, contándonos a nosotros.
—¿Y los chicos?
—Que coman antes. No hace falta que estén presentes.
Asentí mientras calculaba mentalmente cuánto tiempo necesitaría para hacer las compras, preparar la casa y organizar la comida después de mi jornada laboral.
—El jueves tengo bastante trabajo en el banco —comenté—. Quizás podríamos encargar la cena.
Roberto levantó la mirada.
—¿Encargarla? Lauren, no es una reunión cualquiera. Quiero que las cosas estén bien hechas.
—Podemos contratar un servicio de comidas. Hay opciones excelentes.
—No veo la necesidad de gastar dinero en algo que puedes hacer perfectamente tú.
Me quedé mirándolo.
—Voy a llegar cerca de las seis y los invitados seguramente vendrán a las ocho.
—Entonces tendrás que organizarte. Puedes adelantar algunas cosas el miércoles.
Regresó a sus documentos, dando por terminada la conversación.
Permanecí unos segundos de pie, pensando en responderle.
Quise decirle que yo también había trabajado todo el día, que aquella cena no era una responsabilidad exclusivamente mía y que quizás él podía colaborar con algunos preparativos.
Sin embargo, conocía demasiado bien el camino que tomaría aquella discusión.
—Está bien —respondí finalmente.
Me dirigí a la cocina y abrí el refrigerador para revisar qué teníamos disponible. Mientras observaba los estantes, volví a recordar a la hermana de Patricia.
Había dejado atrás una casa, un matrimonio y una vida que ya no la hacía feliz. Yo, en cambio, estaba intentando decidir qué cocinar para diez personas un jueves por la noche.
Sonreí ante lo absurdo de la comparación.
No todas las vidas podían cambiarse de un día para otro. Ni todas las personas necesitaban hacerlo. Cerré el refrigerador y tomé una libreta para comenzar la lista de compras.
Sin embargo, mientras escribía los ingredientes, una pregunta volvió a aparecer en mi cabeza.
¿Y si alguna vez quisiera algo diferente?
No hice nada con ella. Simplemente continué escribiendo.