Recuérdalos Capítulo 3
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Capítulo 3

Los lunes tenían la particularidad de hacerme sentir que el fin de semana había durado apenas unas horas.

No importaba cuánto hubiera descansado ni lo temprano que me acostara el domingo; siempre llegaba al banco con la impresión de que necesitaba un día más para organizar mis pensamientos.

Aquella mañana, además, encontré sobre mi escritorio una pila de expedientes que alguien había dejado allí el viernes después de mi salida.

Me quité el abrigo, encendí la computadora y decidí que lo mejor sería comenzar antes de que apareciera algún inconveniente inesperado.

A media mañana ya había respondido varios correos, revisado documentación de dos solicitudes de crédito y atendido una llamada de un cliente que insistía en que el banco había cometido un error, aunque todos los registros indicaban lo contrario.

Estaba terminando de comprobar unas cifras cuando Patricia apareció junto a mi escritorio con dos vasos de café.

—Te traje uno antes de que empieces a considerar seriamente tu renuncia —anunció.

—Llegas justo a tiempo —respondí, aceptándolo—. Hoy parece que todos se pusieron de acuerdo para complicarme la mañana.

—Entonces necesitas algo más fuerte que café, pero tendremos que conformarnos.

Patricia trabajaba conmigo desde hacía varios años.

Era una mujer espontánea, de carácter decidido y con una facilidad extraordinaria para entablar conversación con cualquiera.

Nos llevábamos bien, aunque nuestras personalidades fueran bastante diferentes.

Mientras yo prefería pensar las cosas antes de hablar, ella tenía la costumbre de decir exactamente lo que opinaba, incluso cuando nadie se lo había preguntado.

Aquella sinceridad le había ocasionado algunos problemas, pero también era una de las cualidades que más apreciaba de ella.

—¿Qué tal tu fin de semana? —me preguntó mientras se apoyaba contra el escritorio.

—Tranquilo. El sábado fui a visitar a mi abuela y el domingo estuve en casa. ¿Y el tuyo?

—Movido. Mi hermana nos dio una noticia que todavía estamos tratando de asimilar.

Levanté la mirada.

—¿Pasó algo?

—Se va del país.

—¿Cómo que se va del país?

—Así como lo escuchas. Se divorció, vendió el apartamento que tenía con su marido y decidió empezar una vida nueva en otro lugar.

Dejé el bolígrafo sobre el escritorio.

—¿En serio? ¿A dónde se va?

—A Portugal. Consiguió un trabajo y se marcha el mes que viene.

—¡Qué decisión tan importante!

—Imagínate. Mi madre está desesperada, mi padre dice que está loca y yo todavía no sé si admirarla o preocuparme por ella.

—¿Cuánto tiempo estuvo casada?

—Dieciséis años. Dieciséis años, Lauren. Casi toda su vida adulta.

Patricia tomó un sorbo de café y negó con la cabeza.

—Lo más increíble es que ninguno de nosotros sabía lo mal que estaba.

—¿Su marido la trataba mal?

—No era un hombre violento, al menos que sepamos.

Pero llevaban años viviendo como dos desconocidos.

Él tenía su trabajo, sus amigos, sus actividades, y ella se ocupaba de que todo funcionara en casa.

Cuando intentaba hablar sobre lo que sentía, él le decía que estaba exagerando, que tenía demasiado tiempo libre para pensar tonterías o que todas las parejas terminaban siendo así después de tantos años.

Aquellas palabras me resultaron incómodamente familiares. Bajé la mirada hacia mi café y lo removí, aunque no le había puesto azúcar.

—Supongo que a veces uno se acostumbra a ciertas cosas —comenté.

—Eso mismo dijo ella. Que se había acostumbrado tanto a vivir de esa manera que terminó creyendo que era normal.

Patricia acercó una silla y se sentó frente a mí.

—¿Sabes qué fue lo que terminó de convencerla?

—¿Qué?

—Su cumpleaños. Cumplió cuarenta y cuatro años y se dio cuenta de que llevaba meses esperando que llegara alguna ocasión especial para sentirse feliz.

Un cumpleaños, unas vacaciones, una cena, cualquier cosa.

Pero cuando llegaban esos momentos, tampoco los disfrutaba.

Me dijo algo que no he podido sacarme de la cabeza: «Estaba esperando que mi vida comenzara, cuando en realidad llevaba años viviéndola».

Permanecí en silencio.

—Es triste —dije finalmente.

—Muchísimo. Aunque ahora la veo diferente. Está nerviosa, claro, pero también entusiasmada. Hace años que no la escuchaba hablar de tantos proyectos.

—¿Y cómo consiguió trabajo en Portugal?

—Empezó a buscar por internet. Tiene experiencia en administración comercial y habla bastante bien portugués porque lo estudió durante años.

Envió solicitudes, tuvo varias entrevistas y una empresa terminó contratándola.

Al principio no se lo contó a nadie. Quería saber si realmente tenía una oportunidad antes de anunciarlo.

—Debió de ser difícil organizar todo eso.

—Lo fue. Pero parece que necesitaba demostrarse que todavía era capaz de hacer algo por su cuenta.

Miré los expedientes que tenía delante. Durante casi veinte años había trabajado en aquella oficina, siguiendo horarios, procedimientos y responsabilidades que conocía perfectamente. Nunca había considerado seriamente la posibilidad de trabajar en otro lugar, mucho menos en otro país.

—¿No tiene miedo? —pregunté.

Patricia sonrió.

—Muchísimo. Dice que hay noches en las que se despierta pensando que está cometiendo el peor error de su vida.

—Entonces, ¿cómo sabe que está haciendo lo correcto?

—No lo sabe. Eso es lo que me sorprende. Dice que tampoco sabía si quedarse era lo correcto, pero que llevaba años eligiendo quedarse solamente porque le daba miedo marcharse.

Me recosté contra el respaldo de la silla.

Había algo inquietante en aquella manera de pensar.

Yo siempre había considerado que las decisiones importantes debían tomarse cuando uno tenía cierta seguridad sobre el resultado.

Cambiar de empleo, comprar una casa, mudarse de ciudad o terminar una relación eran asuntos demasiado serios como para dejarse llevar por un impulso.

—¿Y no tienen hijos? —pregunté.

—No. Lo intentaron durante algunos años, pero no pudieron. Supongo que eso también facilita las cosas. No tiene que organizar una mudanza familiar ni pensar en colegios. Aunque tampoco es sencillo dejar atrás a tus padres, tus hermanos y tus amigos.

—Claro que no.

—Mi madre no para de preguntarle qué va a hacer si las cosas salen mal.

—Es una preocupación razonable.

—Lo es. Pero mi hermana le respondió que, si las cosas salen mal, buscará otra solución. Que ya pasó demasiado tiempo creyendo que solo existía una manera de vivir.

Patricia se quedó pensativa unos segundos.

—A veces creo que somos nosotros quienes tenemos más miedo que ella.

Sonreí.

—Quizás porque ustedes la conocen de una manera y ahora les cuesta imaginarla diferente.

—Puede ser. Siempre fue la responsable de la familia. La que pensaba en todos, la que organizaba los cumpleaños, la que nunca decía que no. Y ahora resulta que la responsable decidió vender sus muebles, meter su vida en dos maletas y cruzar el océano.

—Dicho así, parece una locura.

—Una locura bastante interesante, ¿no crees?

No supe qué responder.

En ese momento sonó el teléfono de mi escritorio.

Patricia se levantó y señaló su reloj, recordándome que todavía teníamos mucho trabajo por delante.

Antes de marcharse, me dijo que el viernes siguiente organizaríamos una pequeña despedida para su hermana y que, si me animaba, podía acompañarlas.

Le prometí pensarlo, aunque ambas sabíamos que aquella respuesta no constituía ningún compromiso.

Durante el resto de la mañana intenté concentrarme en mis tareas. Revisé documentos, respondí consultas y participé en una breve reunión con mi supervisor. Sin embargo, cada tanto volvía a recordar algún fragmento de aquella conversación.

Dieciséis años de matrimonio. Un apartamento vendido. Dos maletas. Un país desconocido.

Me pregunté qué sentiría aquella mujer al cerrar por última vez la puerta de la casa donde había vivido durante tantos años.

Si miraría las paredes recordando los momentos felices o si, por el contrario, sentiría alivio al dejarlas atrás.

También pensé en su marido. ¿Habría comprendido las razones de su decisión?

¿Se habría sorprendido? ¿Habría intentado convencerla de que se quedara?

No conocía a ninguno de los dos, pero me resultaba difícil imaginar que una historia compartida durante tanto tiempo pudiera terminar de aquella manera.

A la hora del almuerzo, Patricia volvió a sentarse conmigo en la pequeña sala de descanso. Mientras calentábamos nuestras comidas, continuó contándome algunos detalles de los preparativos de su hermana.

—Ayer estuvimos ayudándola a separar las cosas que quiere llevarse —comentó—. No tienes idea de la cantidad de objetos que acumulamos sin darnos cuenta.

—Lo sé. Cada vez que intento ordenar un armario en casa termino encontrando cosas que ni recordaba tener.

—Bueno, ella decidió quedarse solamente con lo indispensable. Ropa, fotografías, algunos libros y recuerdos familiares. Lo demás lo vendió, lo regaló o lo dejó guardado en casa de mis padres.

—Debe de resultar extraño desprenderse de tantas cosas.

—Eso pensé yo. Pero ella dice que lo más difícil no fue decidir qué llevarse, sino aceptar que no necesitaba conservarlo todo para seguir siendo la misma persona.

Me quedé observando cómo giraba lentamente mi comida dentro del microondas.

—Tu hermana parece haber reflexionado mucho sobre esto.

—Muchísimo. Aunque también creo que llevaba demasiado tiempo pensando y necesitaba empezar a actuar.

Nos sentamos junto a la ventana. Patricia comenzó a hablarme de los lugares que su hermana quería conocer y de los planes que estaba haciendo para sus primeros meses en Portugal.

Había investigado barrios, transportes, costos de vida y hasta pequeños pueblos que le gustaría visitar durante los fines de semana.

Escucharla describir aquellos proyectos me produjo una mezcla de curiosidad y admiración.

—¿Sabes qué es lo que más me llama la atención? —pregunté.

—¿Qué?

—Que se anime a empezar de nuevo a esta altura de su vida.

Patricia me miró con una expresión divertida.

—Lauren, tiene cuarenta y cuatro años. No ochenta y cinco.

Me reí.

—Ya sé. No quise decir que sea vieja.

—Pues sonó bastante parecido.