Recuérdalos Capítulo 2
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Capítulo 2

Los sábados por la mañana tenían algo especial para mí.

Mientras el resto de mi familia aprovechaba para dormir hasta tarde o dedicarse a sus propios asuntos, yo disfrutaba de unas horas que había convertido en una pequeña tradición.

Después de desayunar, preparaba mi bolso, pasaba por una panadería y me dirigía al hogar de ancianos donde vivía mi abuela Lina.

La abuela llevaba casi tres años viviendo allí.

Había sido una decisión que tomamos en familia después de que una caída en su casa nos hiciera comprender que ya no era conveniente que permaneciera sola.

Al principio se había resistido con una determinación admirable, asegurando que todavía podía cuidar de sí misma y que nadie tenía derecho a decidir dónde debía vivir.

Sin embargo, con el tiempo había terminado por adaptarse.

Había hecho amistades, participaba en algunas actividades y, según las cuidadoras, era una de las residentes más conversadoras del lugar.

Aquella mañana compré dos porciones de pastel de manzana, su favorito, y un pequeño ramo de flores.

No necesitaba llevarle nada para que se alegrara de verme, pero me gustaba hacerlo.

La abuela siempre había sido una mujer de pequeños detalles y yo había aprendido de ella que las demostraciones de cariño no necesitaban grandes ocasiones.

Cuando llegué, la encontré sentada junto a una ventana del salón principal, con un tejido sobre las piernas y los lentes descansando en la punta de la nariz.

Llevaba una blusa celeste y el cabello blanco cuidadosamente recogido.

A pesar de los años, conservaba una elegancia natural que siempre me había fascinado.

—¡Pero miren quién decidió venir a visitar a esta pobre anciana abandonada! —exclamó apenas me vio.

Sonreí y me acerqué para besarla.

—Buenos días para ti también, abuela.

—Buenos días, querida. Ya estaba pensando que te habías olvidado de mí.

—Vine el sábado pasado.

—Una semana entera. A mi edad, eso es muchísimo tiempo.

Me reí mientras dejaba las flores sobre la mesa.

—Te traje pastel de manzana.

Sus ojos se iluminaron.

—Ahora recuerdo por qué eres mi nieta favorita.

—Soy tu única nieta.

—Eso facilita bastante las cosas.

La abracé con cuidado. Siempre me sorprendía lo pequeña que parecía entre mis brazos.

Cuando era niña, la recordaba como una mujer fuerte, capaz de resolver cualquier problema y de mantener a toda la familia funcionando con una mezcla de paciencia y autoridad.

Ahora sus manos eran más frágiles, caminaba lentamente y necesitaba ayuda para algunas actividades.

Sin embargo, su carácter permanecía intacto.

Nos trasladamos a una pequeña sala donde las familias podían compartir momentos con los residentes. Una cuidadora nos acercó dos tazas de té y algunos platos. Mientras acomodaba las porciones de pastel, la abuela comenzó a preguntarme por los chicos.

—¿Cómo están mis bisnietos?

—Bien. Jeremy sigue haciendo bromas hasta cuando no corresponde y Allison está completamente absorbida por la fiesta de graduación.

—¡Ay, la juventud! —exclamó con una sonrisa—. Cuando yo tenía su edad, ya estaba pensando en casarme con tu abuelo.

—Abuela, tú pensabas en casarte con el abuelo desde que lo conociste.

—Por supuesto. Era el muchacho más apuesto que había visto en mi vida.

La observé sonreír de aquella manera tan particular que aparecía cada vez que hablaba de Juan.

Mi abuelo había fallecido hacía muchos años, pero Lina seguía recordándolo con una ternura que nunca había disminuido.

Había días en los que hablaba de él como si acabara de salir a comprar el periódico y estuviera por regresar en cualquier momento.

—¿Sabes qué fue lo primero que me dijo cuando nos conocimos? —preguntó.

Sonreí.

Conocía aquella historia de memoria.

—No, abuela. ¿Qué te dijo?

—Me preguntó si siempre caminaba tan deprisa o si estaba escapando de alguien.

Solté una carcajada.

—¡Qué manera de conquistar a una mujer!

—¡Y yo le respondí que caminaba deprisa porque tenía cosas importantes que hacer y no podía perder el tiempo conversando con desconocidos!

—Muy propio de ti.

—Tu abuelo se rio. Tenía una risa preciosa, Lauren. De esas que te hacen querer reír incluso cuando no sabes cuál es el chiste.

Su mirada se perdió por un instante en algún lugar del pasado.

—Después volvió a aparecer al día siguiente. Y al otro. Siempre encontraba alguna excusa para cruzarse conmigo.

—Hasta que aceptaste salir con él.

—Hasta que me cansé de verlo dar vueltas como un tonto —corrigió, divertida—. Aunque, entre nosotras, ya me había enamorado.

La escuché con una sonrisa. Había oído aquel relato tantas veces que podía anticipar cada palabra, pero nunca me cansaba de escucharla. No era solamente la historia lo que me gustaba, sino la manera en que sus ojos recuperaban un brillo juvenil al recordarla.

—¿Lo extrañas mucho? —pregunté suavemente.

La abuela dejó la cucharita sobre el plato.

—Todos los días, querida. No hay uno solo en el que no piense en él.

—Han pasado tantos años...

—El amor no lleva la cuenta de los años, Lauren. Al menos, no el verdadero.

Guardé silencio.

—Tu abuelo y yo tuvimos nuestras discusiones, por supuesto —continuó—.

A veces me sacaba de quicio. Era terco como una mula y tenía la costumbre de dejar sus herramientas en cualquier parte.

Pero jamás me hizo sentir que mis opiniones valieran menos que las suyas.

Podíamos discutir durante horas y, aun así, siempre terminábamos encontrando la manera de escucharnos.

Me quedé observándola mientras cortaba un pequeño trozo de pastel.

—Supongo que tuvieron suerte —comenté.

—Tuvimos amor, paciencia y mucho trabajo, querida. La suerte ayuda, pero no mantiene un matrimonio durante tantos años.

No respondí. Pensé inevitablemente en Roberto, en nuestras conversaciones interrumpidas y en la facilidad con la que había aprendido a callarme para evitar discusiones. La abuela debió notar algo en mi expresión, porque dejó el tenedor y me miró con atención.

—¿Todo está bien en casa?

—Claro, abuela.

—¿Y Roberto?

—Trabajando mucho, como siempre.

Asintió lentamente.

—Ese hombre siempre está trabajando.

—Tiene una empresa que dirigir.

—Lo sé, querida. Pero una empresa no debería ocupar toda la vida de una persona.

Sonreí para restarle importancia.

—Ya sabes cómo es.

—Sí, eso me dices siempre.

Antes de que pudiera responder, la abuela cambió de tema.

—¿Alguna vez te conté cómo llegó el padre de tu abuelo a este continente?

La miré con una sonrisa.

—Creo que alguna vez lo mencionaste.

—¡Alguna vez! —repitió, indignada—. Esa es una historia que deberías conocer perfectamente.

La conocía. Por supuesto que la conocía. Había escuchado hablar de Víctor desde que era pequeña, aunque nunca llegué a conocerlo personalmente.

—Entonces cuéntamela otra vez —le pedí.

La abuela se acomodó en su sillón, como hacía siempre que estaba a punto de comenzar uno de sus relatos favoritos.

—Víctor era un hombre muy joven cuando llegó en barco desde el viejo continente. Viajaba acompañado de su padre, tu tatarabuelo. Imagínate lo que debía significar en aquellos tiempos abandonar todo lo conocido para cruzar el océano hacia un lugar del que apenas habían oído hablar.

—Debió de ser un viaje difícil.

—Muchísimo. Juan decía que su padre recordaba el olor del barco, el movimiento constante del mar y aquella sensación de no saber si algún día volvería a ver la tierra donde había nacido. No viajaban por placer, Lauren. Viajaban porque buscaban una oportunidad para construir una vida mejor.

—¿Y dejaron a toda su familia allá?

—Eso creo. Al menos, una parte importante. Víctor no hablaba demasiado de aquellos años, según contaba Juan. Su padre era un hombre reservado, de los que guardaban sus preocupaciones para sí mismos. Pero siempre decía que habían llegado con poco equipaje y muchos sueños.

La abuela sonrió.

—Tu abuelo repetía una frase que había aprendido de su padre: «Cuando uno deja atrás su tierra, no abandona sus raíces. Se las lleva consigo».

Me quedé pensando en aquellas palabras.

—Es una frase preciosa.

—Lo es. Y creo que tenían razón. Mira todo lo que vino después.

Víctor construyó su vida aquí, formó una familia y tuvo a Juan.

Después Juan me conoció a mí, nació tu padre y, con los años, llegaste tú.

Y ahora están Jeremy y Allison. ¿Te das cuenta de cuántas vidas comenzaron a partir de aquel viaje?

Asentí lentamente.

Nunca había pensado demasiado en ello. Para mí, aquellas historias siempre habían sido relatos familiares, anécdotas que la abuela repetía con cariño y que formaban parte de las conversaciones de los domingos.

Pero, al escucharla enumerar las generaciones, resultaba extraño imaginar que nuestra existencia estuviera relacionada con una decisión tomada por dos hombres que habían cruzado un océano mucho antes de que yo naciera.

—¿Sabes de qué lugar venían exactamente? —pregunté.

La abuela frunció ligeramente el ceño.

—Juan lo sabía. Me lo dijo muchas veces, pero ahora no consigo recordar el nombre. Era una región de la que hablaban con mucho cariño. Víctor conservaba algunos documentos de su familia y creo que también había cartas.

—¿Qué pasó con esas cosas?

—No lo sé con seguridad. Después de que falleció Víctor, Juan guardó algunas pertenencias de su padre. Con los años, muchas terminaron en cajas. Ya sabes cómo sucede. Uno guarda las cosas pensando que algún día tendrá tiempo de revisarlas y después la vida sigue su curso.

—Quizás todavía estén en alguna parte.

—Es posible. Aunque no sabría decirte dónde.

La observé durante unos segundos.

—¿Nunca quisiste conocer el lugar de donde venían?

—Claro que sí. Pero en aquellos años viajar no era tan sencillo y siempre había otras prioridades. Primero los hijos, después la casa, el trabajo... Cuando quisimos darnos cuenta, habían pasado los años.

Suspiró suavemente.

—Tu abuelo decía que algún día haríamos ese viaje. Quería conocer las calles por las que había caminado su padre cuando era niño, ver los paisajes que tanto recordaba y descubrir si todavía quedaba alguien de la familia viviendo allí.

—¿Y por qué no fueron?

La abuela bajó la mirada hacia sus manos.

—Porque siempre creímos que tendríamos tiempo.

Aquella respuesta me produjo una tristeza inesperada. La observé acariciar distraídamente el borde de su taza y comprendí que, detrás de sus historias alegres, también existían sueños que nunca habían llegado a cumplirse.

—Lo importante es que tuvieron una vida hermosa juntos —le dije.

Lina levantó la mirada y sonrió.

—Sí, querida. Eso nadie puede quitárnoslo.

Permanecimos un rato conversando sobre otros recuerdos.

Me contó nuevamente cómo Juan había intentado preparar una cena para sorprenderla y terminó quemando una olla, cómo había construido personalmente algunos muebles de su primera casa y cómo solía esconder pequeñas notas entre sus pertenencias para hacerla sonreír durante el día.

Yo escuchaba, preguntaba y reía con ella.

Había algo reconfortante en aquellas historias. Quizás porque me recordaban una época de mi infancia en la que todo parecía más sencillo, cuando la casa de mis abuelos era un lugar donde siempre había una comida caliente, una conversación pendiente y alguien dispuesto a escuchar.

Antes de marcharme, la acompañé hasta su habitación. Sobre una pequeña cómoda descansaba una fotografía de Juan, tomada muchos años atrás. Aparecía de pie, con una camisa clara y una sonrisa amplia, apoyado junto a un automóvil antiguo.

La abuela se acercó a la imagen y acomodó ligeramente el marco.

—Era guapo, ¿verdad?

—Muchísimo, abuela.

—Y bueno. Sobre todo, era un hombre bueno.

La abracé por los hombros.

—Lo sé.

—Ojalá nunca olvides eso, Lauren.

—¿Qué cosa?

Me miró con una serenidad que, por alguna razón, me hizo sentir nuevamente como una niña.

—Que la vida es demasiado corta para pasarla al lado de alguien que no sabe valorar tu compañía.

Sentí un pequeño nudo en la garganta.

—Abuela...

—No te estoy diciendo nada que no sepas, querida.

Me acarició la mejilla y sonrió.

—Anda, que ya te he entretenido bastante. Seguro tienes mil cosas que hacer.

La besé en la frente y prometí regresar el sábado siguiente.

Al salir del hogar, el sol de la tarde iluminaba los árboles del jardín. Caminé lentamente hacia mi automóvil, todavía pensando en las palabras de Lina.

Había ido a visitarla como tantas otras veces, esperando escuchar las mismas historias que conocía desde niña. Y, sin embargo, aquella mañana algunas de ellas habían despertado preguntas que nunca me había detenido a formular.

Pensé en Víctor y en su padre, atravesando el océano con la esperanza de encontrar un futuro diferente. Pensé en Juan y Lina, en los años que habían compartido y en aquel viaje que nunca llegaron a realizar.

Y pensé en mí.

En mis hijos, que pronto comenzarían a tomar sus propias decisiones. En Roberto, que probablemente estaría trabajando incluso siendo sábado. En todas las cosas que había ido postergando porque siempre parecía existir algo más importante que atender.

Encendí el motor y permanecí unos segundos con las manos sobre el volante.

No sabía demasiado sobre aquel antepasado que había llegado en barco desde el otro lado del mundo. Tampoco tenía motivos especiales para investigar su historia.

Pero mientras conducía de regreso a casa, una frase de mi abuela volvió a mi memoria. Porque siempre creímos que tendríamos tiempo.