Capítulo 1 #2
—Basta, los dos —intervino Roberto—. Jeremy, deberías tomarte más en serio tus estudios. No vas a vivir haciendo chistes.
—Lo tendré en cuenta cuando sea millonario.
Roberto negó con la cabeza.
—Ese es el problema de tu generación. Creen que todo se consigue sin esfuerzo.
Jeremy hizo una mueca, pero continuó comiendo. Intenté cambiar de tema.
—Hoy tuvimos bastante movimiento en el banco. Estamos preparando una reorganización del área administrativa y parece que van a implementar un sistema nuevo.
Roberto ni siquiera levantó la mirada de su plato.
—Otra pérdida de tiempo.
—En realidad, puede facilitarnos bastante el trabajo.
—Lauren, llevas años haciendo prácticamente lo mismo. No entiendo por qué te entusiasman esas cosas.
—Porque me gusta mi trabajo.
Él dejó el tenedor sobre el plato.
—Eso es algo que nunca voy a comprender.
Conocía aquel tono.
—Roberto...
—Hablo en serio. No necesitas trabajar en ningún banco. Hace años que te lo digo. Mi empresa genera más que suficiente para mantener esta casa y darte todo lo que necesitas.
—Lo sé, pero no trabajo solamente por el dinero.
—Pues debería importarte un poco más cómo administras tu tiempo.
Allison seguía escribiendo mensajes debajo de la mesa. Jeremy miraba alternativamente a su padre y a mí.
—Llegas cansada, la casa está desordenada y siempre terminamos cenando a las apuradas —continuó Roberto—. Si estuvieras aquí durante el día, podrías ocuparte de las cosas como corresponde.
Sentí que se me tensaban los hombros.
—La casa no está desordenada, Roberto.
—Había zapatillas tiradas en la sala cuando llegué.
—Eran de Jeremy.
—Bueno, alguien tiene que encargarse de que esas cosas no sucedan.
Jeremy levantó una mano.
—En mi defensa, las zapatillas no se tiraron solas. Asumo mi responsabilidad en este lamentable incidente.
—No es gracioso —respondió su padre.
—Era un poco gracioso —murmuró Allison sin apartar la vista del teléfono.
—Allison, guarda eso mientras cenamos —ordenó Roberto.
Ella suspiró y dejó el aparato boca abajo. Roberto volvió a mirarme.
—Lo único que digo es que no tiene sentido que sigas trabajando ocho horas para ganar un sueldo que apenas representa una fracción de lo que ingreso yo.
—No se trata de comparar sueldos.
—Entonces explícame de qué se trata.
Lo observé durante unos segundos. Podría haberle hablado de mis compañeros, de los años de experiencia, de la satisfacción que sentía al resolver un problema difícil.
Podría haberle explicado que aquel empleo era uno de los pocos espacios donde mis decisiones eran respetadas sin necesidad de justificarlas constantemente. Pero ya lo había hecho. Muchas veces.
—Me gusta trabajar, Roberto —respondí con tranquilidad—. Eso es todo.
Él soltó una pequeña risa y retomó sus cubiertos.
—Eres demasiado obstinada. Si pusieras la mitad de ese empeño en las cosas de la casa, todos viviríamos mucho mejor.
Bajé la mirada hacia mi plato. No era la primera vez que escuchaba aquellas palabras.
Tampoco sería la última. Roberto siempre había tenido una personalidad dominante.
Le gustaba decidir, organizar, dirigir. En los negocios, aquella actitud parecía darle excelentes resultados.
En casa, en cambio, significaba que casi todo terminaba girando alrededor de sus preferencias.
Con los años había aprendido a reconocer cuándo una conversación podía convertirse en una discusión innecesaria.
Respiré profundamente.
—¿Alguien quiere más ensalada? —pregunté.
—Yo no —respondió Allison.
—A mí me das más pollo —dijo Jeremy.
Me levanté para servirle. La conversación continuó como si nada hubiera ocurrido.
Roberto volvió a hablar de sus proyectos inmobiliarios.
Jeremy contó una anécdota sobre uno de sus profesores y Allison aprovechó un momento de distracción para recuperar el teléfono.
Yo escuché, hice algunas preguntas y sonreí cuando correspondía.
Desde afuera, probablemente habríamos parecido una familia cualquiera disfrutando de una cena tranquila. Y, de alguna manera, eso éramos. Una familia con sus rutinas, sus diferencias y sus pequeñas discusiones cotidianas. Al menos, así había aprendido a verlo.
***
Después de cenar, Jeremy llevó algunos platos hasta la cocina y Allison desapareció escaleras arriba, alegando que tenía que terminar un trabajo para el día siguiente. Roberto se instaló en la sala con su computadora portátil.
—Voy a revisar unos contratos —anunció—. Que nadie me interrumpa.
Comencé a recoger la mesa. El agua caliente corría sobre mis manos mientras enjuagaba los platos y los acomodaba en el lavavajillas. Desde la sala llegaba el sonido del teclado de Roberto. En el piso superior, Jeremy había puesto música y Allison hablaba por teléfono con alguna de sus amigas.
La casa estaba llena de vida. Y, sin embargo, por momentos tenía la extraña sensación de estar completamente sola.
No era algo que me sucediera todos los días.
Había jornadas buenas, conversaciones agradables y momentos en los que disfrutaba sinceramente de mi familia.
Amaba a mis hijos y me sentía orgullosa de las personas en las que se estaban convirtiendo, incluso con sus distracciones adolescentes y sus pequeñas rebeldías.
También quería a Roberto. O, al menos, eso era lo que siempre había dado por sentado.
Llevábamos tantos años juntos que me resultaba difícil imaginar mi vida de otra manera.
Habíamos construido una familia, comprado una casa, superado dificultades económicas y celebrado logros importantes. No podía negar todo aquello.
Pero había momentos, como esa noche, en los que me preguntaba cuándo había comenzado a sentir que mis opiniones necesitaban una explicación y mis decisiones, una autorización.
Terminé de limpiar la cocina y apagué las luces. Al pasar por la sala, Roberto continuaba concentrado en su computadora.
—Me voy a dar una ducha —le dije.
—Está bien.
No levantó la mirada. Subí las escaleras lentamente. En el pasillo encontré a Jeremy saliendo de su habitación.
—Ma, ¿estás bien?
La pregunta me sorprendió.
—Claro, cariño. ¿Por qué?
Se encogió de hombros.
—Por nada. Papá estuvo bastante pesado durante la cena.
Sonreí apenas.
—Ya sabes cómo es.
—Sí, bueno. Eso no significa que no sea pesado.
Le acaricié el cabello.
—Anda a terminar tus cosas. Mañana tienes clases.
—Buenas noches, ma.
—Buenas noches, mi amor.
Lo observé regresar a su habitación y después continué hasta la mía.
Mientras me preparaba para dormir, pensé en la invitación de Patricia.
Una copa con mis compañeras, una conversación sin horarios y unas horas dedicadas simplemente a disfrutar.
No parecía demasiado pedir. Sin embargo, ya estaba imaginando las preguntas de Roberto, sus comentarios sobre mis prioridades y la inevitable discusión acerca de quién se ocuparía de la cena.
Abrí el armario y guardé la ropa que había dejado sobre una silla aquella mañana. Quizás podría salir el viernes. Quizás no. Había aprendido a no hacer demasiados planes.
Me acosté poco después de las diez y media.
Roberto todavía estaba trabajando y seguramente tardaría otra hora en subir.
Apagué la lámpara y me acomodé bajo las sábanas.
Pensé en mis hijos, en sus últimos meses de secundaria y en lo rápido que habían pasado los años.
Pronto comenzarían a construir sus propias vidas, elegirían carreras, conocerían personas y tomarían decisiones que ya no dependerían de nosotros.
Me alegraba por ellos. Pero también me pregunté qué haría yo cuando dejaran de necesitarme de la misma manera.
Tenía mi trabajo, por supuesto. Tenía mi casa. Tenía mi matrimonio. Una vida estable, cómoda, aparentemente resuelta.
Cerré los ojos.
No había motivos para quejarme. Eso era lo que solía repetirme. Y aquella noche, como tantas otras, preferí creerlo.