Capítulo 1
El reloj de la computadora marcaba las cinco y veintitrés cuando terminé de revisar el último expediente del día.
Me quité los lentes, los dejé sobre el escritorio y presioné suavemente mis sienes con los dedos.
Había sido una jornada larga, de esas en las que las horas parecen acumularse sobre los hombros y los problemas de los demás terminan ocupando cada rincón de la cabeza.
Trabajaba desde hacía casi veinte años en el mismo banco.
Había comenzado siendo una joven administrativa que apenas conocía el funcionamiento de una institución financiera y, con el tiempo, había aprendido a moverme entre solicitudes de crédito, documentación,
cuentas empresariales y clientes que parecían convencidos de que cualquier inconveniente podía resolverse levantando la voz.
A pesar de todo, me gustaba mi trabajo. Me gustaba el orden de los documentos, la satisfacción de resolver un problema y esa sensación de independencia que experimentaba cada vez que recibía mi salario.
No era una cuestión de dinero. Al menos, no solamente de dinero.
Era algo que me pertenecía, algo que había construido por mis propios medios y que no dependía de las decisiones de nadie más.
—Lauren, ¿todavía aquí?
Levanté la mirada y encontré a Patricia, una de mis compañeras, apoyada en el marco de la puerta.
—Estoy terminando. ¿Ya te vas?
—Por supuesto. Hoy no pienso regalarle ni un minuto más de mi vida a este lugar —respondió mientras se acomodaba el bolso sobre el hombro—. ¿Vienes a tomar algo con nosotras el viernes?
Sonreí.
—No lo sé. Tendría que ver.
Patricia puso los ojos en blanco.
—Siempre tienes que ver.
—Es que nunca sé qué planes habrá en casa.
—Lauren, tus hijos están a punto de terminar la secundaria. No necesitan que les organices la vida cada viernes.
—Ya lo sé.
—Entonces ven. Una copa, algo para picar y un par de horas hablando de cualquier cosa que no tenga que ver con préstamos ni hipotecas.
Solté una pequeña carcajada.
—Lo voy a intentar.
—Eso dijiste la última vez.
La observé alejarse por el pasillo y me quedé unos segundos mirando la puerta abierta.
Patricia tenía razón. Hacía meses que no salía con mis compañeras.
Siempre encontraba algún motivo para regresar directamente a casa: la cena, la ropa, algún compromiso familiar o, simplemente, evitar las preguntas de Roberto sobre dónde había estado y por qué había tardado tanto.
Guardé mis pertenencias, apagué la computadora y me despedí de los pocos empleados que todavía permanecían en la oficina.
Al salir, el aire fresco de la tarde me recibió con una agradable sensación de libertad.
Caminé hasta el estacionamiento mientras revisaba los mensajes del teléfono.
Tenía uno de Allison: «Mamá, ¿puedes comprar yogur de frutilla? Del que me gusta. No el otro».
Otro de Jeremy: «Ma, ¿qué hay para cenar?»
. Y uno de Roberto, enviado apenas diez minutos antes: «Voy a llegar sobre las ocho. Tengo una reunión con unos inversores. Procura que la cena esté lista».
Suspiré. Ni un saludo. Ni una pregunta sobre cómo había estado mi día. Respondí primero a los chicos y después escribí un breve «Está bien» a Roberto. Encendí el automóvil y me incorporé al tránsito.
***
Cuando llegué a casa, pasaban unos minutos de las seis y media.
La vivienda era amplia, de dos plantas, con grandes ventanales y un jardín que Roberto insistía en mantener impecable.
La habíamos comprado años atrás, cuando su empresa comenzó a crecer y los negocios inmobiliarios empezaron a darle resultados que, hasta entonces, nos habían parecido inalcanzables.
Roberto era propietario de una empresa constructora dedicada al desarrollo, la compra y la venta de edificios.
Había comenzado con proyectos pequeños y, gracias a una combinación de esfuerzo, contactos y una extraordinaria habilidad para negociar, había conseguido convertirla en una compañía próspera.
Yo admiraba su capacidad para los negocios.
Siempre la había admirado. Lo que me costaba aceptar era que, con el paso de los años, pareciera considerar que su éxito profesional le otorgaba una autoridad especial sobre todo lo que ocurría dentro de nuestra casa.
Dejé las llaves sobre el mueble de la entrada.
—¡Ya llegué! —anuncié.
Nadie respondió. Desde el piso superior llegaba el sonido de una canción que no conseguía reconocer. En la sala, una mochila descansaba sobre uno de los sillones y había un par de zapatillas abandonadas junto a la mesa de centro.
—¡Jeremy! —llamé.
—¡¿Qué?!
—¡Tus cosas están tiradas en la sala!
—¡Ahora voy!
Sabía perfectamente que aquel «ahora» podía significar cinco minutos o tres horas. Recogí las zapatillas y las dejé junto a la escalera. Después llevé las bolsas de las compras hasta la cocina.
Allison apareció unos minutos más tarde, con el teléfono en una mano y una expresión de absoluta concentración.
—Hola, mamá.
—Hola, cariño. ¿Cómo te fue?
—Bien.
Abrió el refrigerador y comenzó a revisar su contenido.
—Te compré el yogur.
—Ah, genial. Gracias.
Tomó uno y volvió a mirar la pantalla.
—¿Tienes muchos deberes?
—No, ya hice casi todo.
—¿Y cómo va lo de la universidad? ¿Has pensado un poco más en las opciones que estuvimos viendo?
—Mamá, todavía falta.
—Allison, estás en tu último año. No falta tanto.
—Ya sé, pero ahora estamos organizando lo de la fiesta de graduación y las chicas no se ponen de acuerdo con nada. Es un desastre.
Sonreí.
—Me imagino.
—Encima, Sofía quiere que todas vayamos vestidas del mismo color. ¿Te parece normal?
Durante los siguientes minutos me explicó, con una seriedad casi profesional, las diferencias de opinión que existían dentro de su grupo de amigas respecto a los vestidos, la música y la organización de la fiesta.
La escuché mientras guardaba las compras.
Me gustaba verla entusiasmada. Allison siempre había sido una niña alegre, aunque últimamente parecía vivir en un universo al que los adultos solo podíamos acceder cuando ella necesitaba dinero, transporte o alguna autorización.
—Bueno, me voy a hablar con las chicas —anunció finalmente.
—¿Me ayudas a poner la mesa antes?
—Sí, después.
Y desapareció por el pasillo. Me quedé mirando la puerta de la cocina.
—Claro. Después —murmuré.
***
Jeremy bajó cuando el olor de la comida comenzó a extenderse por la casa.
Era alto, delgado y tenía esa energía inquieta que parecía impedirle permanecer sentado más de cinco minutos.
Aunque era mellizo de Allison, sus personalidades no podían ser más diferentes.
Ella solía reservar sus opiniones para sus amigas; él tenía la necesidad de compartir las suyas con cualquiera que estuviera dispuesto a escucharlas, y también con quienes no.
—¿Qué estamos cocinando, señora? —preguntó mientras levantaba la tapa de una olla.
—Pollo con verduras. Y no metas los dedos.
—Solo estaba inspeccionando la calidad del producto.
—La calidad del producto necesita que pongas la mesa.
—¿No puede hacerlo Allison?
—Allison tampoco quiso hacerlo.
—Entonces estamos ante un problema de organización familiar.
Lo miré por encima del hombro.
—Jeremy.
—Está bien, está bien. No hace falta recurrir a la violencia verbal.
Tomó los platos del armario y comenzó a distribuirlos sobre la mesa.
—¿Cómo te fue en el examen de matemáticas? —pregunté.
—Depende.
—¿De qué?
—De cuál sea tu definición de «bien».
Cerré los ojos un instante.
—Jeremy...
—Creo que aprobé.
—¿Crees?
—Tengo una confianza moderada en mis capacidades.
No pude evitar reírme.
—Eres imposible.
—Pero encantador. No olvides esa parte.
Lo observé terminar de colocar los cubiertos. A veces me preocupaba su falta de seriedad, especialmente ahora que estaba por finalizar la secundaria. Sin embargo, también admiraba su facilidad para encontrar algo divertido incluso en las situaciones más incómodas.
—¿Papá viene a cenar? —preguntó.
—Dijo que llegaría sobre las ocho.
—Entonces tenemos unos minutos más de paz.
—Jeremy.
—¿Qué? Era una observación estadística.
Lo miré con seriedad, pero él ya estaba sonriendo.
—No empieces.
—No empecé nada, mamá.
Y se marchó llevándose una manzana.
***
Roberto llegó a las ocho y doce. Lo supe por el sonido de la puerta principal y por su voz, que comenzó a escucharse desde el vestíbulo antes de que apareciera en la cocina.
—Te estoy diciendo que ese precio es absurdo, Martín. Si quieren cerrar la operación, van a tener que mejorar la oferta.
Entró hablando por teléfono, vestido con uno de sus trajes oscuros y llevando el maletín en la mano. Me saludó con un movimiento de cabeza.
—No, mañana no. El lunes. Y quiero los números revisados antes de la reunión.
Dejó el maletín sobre una silla, abrió el refrigerador y sacó una botella de agua.
—Está bien. Hablamos después.
Finalizó la llamada y observó la cocina.
—¿Ya está la cena?
—Casi. Estoy terminando la ensalada.
Miró el reloj.
—Son más de las ocho.
—Lo sé, Roberto. Acabo de llegar hace un rato y tuve que pasar por el supermercado.
—Podrías organizarte mejor. Sabías a qué hora venía.
No respondí de inmediato. Había aprendido que discutir sobre pequeñas cosas con Roberto rara vez conducía a alguna parte.
—Estará lista en cinco minutos —dije finalmente.
Él asintió, satisfecho, y se dirigió a la sala.
—¡Chicos, a cenar! —llamé.
Allison apareció con el teléfono todavía en la mano. Jeremy bajó las escaleras de dos en dos y Roberto regresó a la cocina mientras se aflojaba la corbata. Nos sentamos alrededor de la mesa. Durante los primeros minutos, la conversación giró alrededor de los negocios de Roberto.
—Estamos negociando la compra de un edificio en el centro —comentó mientras se servía pollo—. Si conseguimos cerrar por el precio que quiero, podemos obtener una rentabilidad excelente después de la reforma.
—¿Otro edificio? —preguntó Jeremy.
—Así es como se gana dinero, hijo. Detectando oportunidades antes que los demás.
—Yo detecté una oportunidad de ganar dinero vendiendo mis apuntes de historia, pero la profesora no compartió mi visión empresarial.
Roberto levantó la mirada.
—Espero que estés bromeando.
—Por supuesto. Nadie quiso comprarlos.
Allison soltó una carcajada.
—Eres un idiota.
—Un emprendedor incomprendido —corrigió Jeremy.