Recuérdalos Capítulo 7
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Capítulo 7

Patricia llegó a buscarme poco más de veinte minutos después de nuestra conversación telefónica.

Yo seguía estacionada junto a la plaza, con los ojos hinchados y una sensación de agotamiento que parecía extenderse por todo mi cuerpo.

Cuando vi su automóvil detenerse detrás del mío, experimenté un alivio tan intenso que tuve que contener las lágrimas nuevamente.

Bajó apresuradamente y se acercó a mi ventanilla. Apenas abrí la puerta, me abrazó sin hacer preguntas. Permanecimos así durante unos segundos, mientras yo intentaba recuperar la compostura.

—Vamos a salir de aquí —me dijo finalmente—. No tienes que resolverlo todo ahora.

—Tengo que ir a casa —respondí—. Necesito algunas cosas.

Patricia me observó con preocupación.

—¿Roberto está allí?

—No. Sigue en el edificio donde lo encontré. O al menos eso creo.

—Entonces iremos juntas, recogeremos lo indispensable y te vendrás conmigo.

—No quiero causarte problemas.

—Lauren, por favor. Somos amigas. No voy a dejarte sola después de lo que me acabas de contar.

Intenté sonreír, pero apenas conseguí asentir.

Dejamos mi automóvil en la plaza y fuimos en el suyo hasta mi casa.

Durante el trayecto le conté lo sucedido en el estacionamiento, aunque todavía me costaba pronunciar algunas palabras.

Patricia escuchó sin interrumpirme. Cuando mencioné que Roberto me había sujetado del brazo y me había amenazado con impedir el divorcio, apretó las manos sobre el volante.

—¿Es la primera vez que te hace algo así? —preguntó.

La pregunta me obligó a guardar silencio.

—No —admití finalmente.

Patricia volvió la cabeza hacia mí por un instante.

—¿Qué quieres decir?

Respiré profundamente y le conté lo ocurrido meses atrás, cuando Roberto me había empujado durante una discusión y terminé inconsciente después de golpearme la cabeza contra un mueble.

Le hablé de las veinticuatro horas en observación, de las flores que me había llevado y de su insistencia en que no les contara la verdad a nuestros hijos.

Cuando terminé, Patricia permaneció callada durante varios segundos.

—Lauren, eso es muy grave.

—Lo sé.

—No, creo que recién ahora estás empezando a comprenderlo.

Miré por la ventanilla. Me resultaba extraño escuchar aquella historia en voz alta.

Durante meses había intentado acomodarla dentro de mis recuerdos como un episodio aislado, algo terrible que nunca debía repetirse.

Pero al contarla junto con lo sucedido aquella mañana, comprendí que ya no podía seguir separando una cosa de la otra.

—Me da vergüenza haber permitido tantas cosas —murmuré.

—No tienes que avergonzarte de haber confiado en tu esposo —respondió Patricia—. Quien debería avergonzarse es él.

No dije nada. Me limité a observar las calles que conocía de memoria mientras nos acercábamos a mi casa.

Al llegar, Patricia estacionó frente a la entrada y miró a su alrededor.

—Vamos a hacerlo rápido. Y si aparece Roberto, nos marchamos inmediatamente.

Asentí.

Entrar en aquella casa sabiendo que estaba a punto de abandonarla fue una experiencia desconcertante.

Todo permanecía exactamente como lo había dejado aquella mañana.

Mi taza del desayuno seguía junto al fregadero, un abrigo descansaba sobre el respaldo de una silla y, en la sala, había un libro abierto sobre la mesa auxiliar.

Nada indicaba que mi vida acababa de cambiar.

Subimos directamente al dormitorio. Patricia buscó una maleta grande mientras yo abría el armario y comenzaba a sacar ropa sin demasiado orden.

—Lleva documentos, medicamentos, el cargador del teléfono y lo que necesites para trabajar —me recordó—. Lo demás puede esperar.

—Tengo tantas cosas aquí...

—No tienes que llevártelas todas hoy.

Me detuve frente a una fotografía familiar que descansaba sobre la cómoda.

Había sido tomada algunos años antes, durante unas vacaciones en las que los chicos todavía eran pequeños.

Jeremy sonreía mostrando un diente que estaba a punto de caérsele y Allison abrazaba un peluche que llevaba a todas partes.

Roberto y yo aparecíamos detrás de ellos, sonriendo a la cámara.

Tomé el portarretrato entre las manos.

—Pensé que íbamos a envejecer juntos —dije casi en un susurro.

Patricia se acercó.

—Lo sé.

—Nunca imaginé que terminaríamos así.

—Tampoco tenías por qué imaginarlo.

Guardé la fotografía entre algunas prendas.

Después recogí mis documentos personales, varias carpetas importantes y algunos objetos que tenían un valor sentimental.

Antes de cerrar la maleta, fui hasta el baño para buscar mis productos de higiene.

Al mirarme en el espejo descubrí una mujer que parecía mucho más cansada de lo que recordaba.

No sabía qué iba a suceder al día siguiente ni dónde estaría viviendo dentro de un mes. Solamente sabía que no quería estar allí cuando Roberto regresara.

Mientras terminábamos de recoger mis pertenencias, el teléfono comenzó a sonar.

Era él.

Observé su nombre en la pantalla hasta que la llamada se interrumpió. Unos segundos después volvió a llamar.

—No tienes que atender —me dijo Patricia.

—Va a ponerse furioso.

—Ya está furioso, Lauren. Contestarle no va a cambiar eso.

Dejé el teléfono en silencio y continuamos preparando las cosas. Bajamos las maletas, las acomodamos en el automóvil y regresé una última vez para comprobar que no hubiera olvidado nada indispensable.

Me detuve en el recibidor.

Había vivido allí durante tantos años que cada rincón guardaba alguna historia. Las marcas de crecimiento de los chicos en el marco de una puerta, las fotografías familiares, los muebles que habíamos elegido cuando todavía creíamos que aquella casa sería nuestro hogar para siempre.

Sentí tristeza, pero también una extraña necesidad de marcharme antes de que los recuerdos terminaran convenciéndome de quedarme.

Cerré la puerta.

Y me fui.

***

Patricia vivía sola en una casa pequeña y acogedora, a unos veinte minutos del banco. Me preparó la habitación de invitados, dejó toallas limpias sobre la cama y me aseguró que podía quedarme todo el tiempo que necesitara.

Aquella primera noche apenas dormí. Roberto llamó tantas veces que terminé apagando el teléfono.

También envió mensajes que alternaban entre disculpas, reproches y exigencias.

En algunos decía que estaba dispuesto a conversar y solucionar nuestros problemas; en otros me acusaba de destruir la familia y actuar como una adolescente caprichosa.

Patricia me recomendó conservar los mensajes y no responder impulsivamente.

A la mañana siguiente me acompañó a una consulta con un abogado de su confianza, el doctor Esteban Rivas, quien la había asesorado años atrás en algunos asuntos familiares.

Era un hombre de unos cincuenta años, de voz tranquila y maneras cuidadosas, que nos recibió en un despacho sencillo, lleno de carpetas y libros jurídicos.

Le expliqué que quería divorciarme. Al principio intenté limitarme a la infidelidad, pero cuando mencioné la reacción de Roberto en el estacionamiento, el abogado comenzó a hacerme preguntas más precisas. Terminé relatándole también lo ocurrido aquella noche en nuestro dormitorio.

Esteban escuchó atentamente y tomó algunas notas.

—Lauren, lo primero que quiero que entiendas es que no necesitas el permiso de tu esposo para solicitar el divorcio —me explicó—. Que él diga que nunca va a concedértelo no significa que pueda obligarte a continuar casada.

Sentí un alivio que no esperaba.

—¿Aunque se niegue a firmar?

—Hay procedimientos que permiten avanzar sin su consentimiento. Tendremos que estudiar tu situación y preparar la documentación correspondiente, pero su negativa no puede convertirse en una condena a permanecer en ese matrimonio.

Asentí lentamente.

—También quiero que sepas que la agresión que me has contado es un asunto serio —continuó—.

Podemos revisar la documentación médica y valorar las medidas de protección que correspondan.

Mi recomendación es que no te reúnas a solas con Roberto y que, a partir de ahora, toda comunicación necesaria se realice por intermedio de mi estudio.

—¿Cortar completamente el contacto?

—Sí, al menos por el momento. No respondas sus llamadas ni aceptes encuentros para hablar del matrimonio.

Conserva los mensajes que te envíe. Si necesita comunicar algo relacionado con el proceso, puede hacerlo conmigo.

Y si vuelve a amenazarte o intenta acercarse de manera intimidante, avísanos y solicita ayuda de inmediato.

Miré a Patricia, que permanecía sentada a mi lado.

—Tenemos dos hijos —expliqué—. Aunque ya son mayores y están estudiando en la capital.

—Eso no te obliga a mantener conversaciones directas con él. Tus hijos pueden relacionarse con ambos sin convertirse en intermediarios de este conflicto.

Me quedé pensando en Jeremy y Allison. Todavía no les había contado lo sucedido y me aterraba imaginar su reacción.

—No sé cómo voy a explicarles todo esto.

Esteban dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—No tienes que contarles todos los detalles de inmediato, pero tampoco necesitas mentir para proteger la imagen de Roberto. Puedes hablarles con sinceridad, de acuerdo con lo que te sientas preparada para compartir.

Antes de marcharnos, revisamos algunos aspectos económicos del matrimonio.

La casa, los bienes que habíamos adquirido y las cuestiones patrimoniales requerirían documentación y asesoramiento.

Esteban me explicó que no debía firmar ningún acuerdo ni renunciar a derechos sin revisarlo previamente.

También me recomendó organizar mis cuentas personales y mantener a salvo mis documentos.

Salí de aquella oficina con una carpeta de indicaciones y la sensación de haber dado el primer paso hacia algo que todavía me resultaba difícil imaginar.

Durante los días siguientes, Patricia se convirtió en mi principal apoyo.

Me acompañó a recuperar mi automóvil, me ayudó a organizar mis pertenencias y se aseguró de que no faltara nada indispensable.

En el banco intenté continuar trabajando con normalidad, aunque había momentos en los que me costaba concentrarme.

Roberto no aceptó la separación con facilidad.

Primero llegaron las disculpas. Después, las promesas.