Capítulo 34
Caleb conducía por las calles oscuras y silenciosas de Bellevoix.
Ningún semáforo pasaba del verde al ámbar y al rojo en los cruces.
Las fachadas de todos los comercios cerrados quedaban ocultas en una sombra densa.
Era como si todo en la Tierra se hubiera aletargado y ellos fueran los dos últimos supervivientes de un apocalipsis.
Unos minutos después cruzaron otra bocacalle. De pronto estaban en plena luz. Las farolas y las luces de los porches brillaban, reflejándose en las ventanas de los edificios y multiplicando su efecto. Un letrero de neón ardía sobre los surtidores de la gasolinera de la esquina.
—Es solo un sector pequeño —dijo Caleb. Sus manos se destensaron sobre el volante—. Puede que unas diez manzanas en total.
—Eso es bueno, ¿no?
—No es malo. —Redujo la marcha ante un stop y luego miró a Ariel de reojo—.
Un apagón más amplio y empiezas a perder sistemas críticos.
Los hospitales y sitios así tienen generadores de emergencia, pero, si algo falla, la gente que depende de respiradores, monitores cardíacos o bombas de perfusión queda en peligro.
—Esto lo hemos provocado nosotros —dijo Ariel despacio—. ¿Cómo es eso normal, o siquiera posible?
Caleb no respondió mientras los faros de la camioneta barrían casas dormidas y coches aparcados. De vez en cuando, un gato paseaba por la acera, con los ojos destellando en verde antes de salir disparado.
—En el sueño, al principio, yo estaba dentro de sus recuerdos.
Observando. Veía lo que él veía y sentía lo que él sentía, pero no estaba allí.
Era solo una espectadora. —Ariel hizo una pausa, y su mano siguió acariciando el lomo de Cosmo—.
Pero luego cambió, y yo estaba de pie en su habitación, frente a él.
Él podía verme, y yo podía verlo. Ya no era un recuerdo.
—¿Y qué crees que era, entonces?
—No lo sé. Parecía real. El suelo bajo mis pies y el aire cargado, como si la casa no tuviera aire acondicionado. Y cuando me agarró… —Bajó la vista a los antebrazos, a los arañazos y los moratones, visibles incluso con la tenue luz del salpicadero—. Esto es real. Me lo han hecho sus manos.
Volvió a detenerse, soltó el aire y luego le dio a Cosmo unos toquecitos suaves en la cabeza.
—¿Y qué me dices de este? Estaba allí, Caleb.
Al final, cuando no conseguía escapar de Martin.
Cosmo apareció de la nada. La cara que puso Martin.
Fue lo único que lo descolocó. Que yo estuviera en su espacio era algo que podía asimilar, porque entiende la capacidad.
¿Pero un perro? Eso no entraba en su teología.
—¿Y cómo se mete un perro en un espacio onírico?
—No lo sé. No sé ni cómo me meto yo en un espacio onírico.
Caleb negó despacio con la cabeza.
—Hay que reconocérselo al pequeñajo. Si algo es, es tenaz.
—Está distinto desde que murió Rachel —dijo Ariel en voz baja—. Pensé que era por el duelo. Y puede que lo fuera, pero también es otra cosa.
No terminó la idea. La posibilidad de que el perro de Rachel tuviera algún tipo de conexión con el espacio onírico —a través de Rachel o por simple proximidad a lo que fuera la convergencia— parecía demasiado delirante, incluso con todas las locuras que estaban pasando.
—¿Y qué pasa con la tela? —preguntó Caleb.
Metió una mano en el bolsillo de la chaqueta, manteniendo la otra en el volante, y sacó el trozo de algodón azul.
—Te lo has llevado.
—Ni de coña iba a dejarlo atrás —dijo.
Ella sonrió, de verdad. El instinto de conservar las pruebas estaba tan arraigado en los dos…
En ella, por el periodismo. En él, por las emergencias.
Incluso en plena crisis, con ella convulsionando en la cama a su lado y un asesino siguiéndoles la pista, había guardado un trozo de tela de cinco centímetros porque era importante.
—Así que, si los moratones son reales —dijo despacio—, y la tela es real, ¿qué significa eso sobre lo que está pasando ahí dentro? El espacio onírico no puede estar solo en nuestra cabeza, ¿verdad?
—No lo sé.
—¿Podrías mover algo en el sueño y que se moviera en la realidad?
Ariel fue a hablar de nuevo, pero solo consiguió pronunciar su nombre.
—Caleb.
—¿Podrías hacerle daño a alguien en un espacio onírico, incluso matarlo, y que fuera real?
Ella no contestó. Cosmo se removió en su regazo y alzó la mirada hacia ella. Se dio cuenta de que la mano se le había quedado quieta. Volvió a empezar, acariciándolo con movimientos lentos y constantes, de arriba abajo por el lomo.
—No lo sé —dijo al fin—. Y ahora mismo no quiero saberlo.
Dejaron atrás el límite del distrito comercial. Un restaurante cerrado. Una lavandería con un único fluorescente encendido sobre la puerta. Una iglesia con un cartel delante que anunciaba el sermón del domingo: EL SEÑOR ES MI PASTOR. Ariel apartó la vista.
Sus pensamientos regresaron al sueño. No al enfrentamiento con Martin, sino a las partes anteriores.
Los recuerdos que había visto en su cabeza antes de que él despertara a su presencia.
Antes de las escenas con su hermano, Michael, había captado atisbos de su vida.
Breves destellos de una ranchera con paneles de madera y del exterior de una iglesia con la pintura desconchada y caras de niños.
Aquellas caras guardadas en su memoria como fotos en una cartera.
Muchas de ellas nítidas y conservadas con el mimo de alguien que las atesoraba.
Pero otras emborronadas, con una oscuridad alrededor, como tinta que hubiera traspasado el papel.
Como si los recuerdos de Martin sobre esos niños en concreto estuvieran dañados o deliberadamente velados.
Lo dejó pasar. Lo archivó en el mismo sitio donde había metido la aparición de Cosmo en el sueño… las marcas de los brazos y la tela que había cruzado. Un cajón mental que había etiquetado como cosas que no tienen sentido .
La camioneta giró por una calle que no reconocía. Luego por otra. Caleb conducía ahora en círculos imprecisos, con un patrón aparentemente errático, pero con los ojos fijos en la carretera. Vigilaba los espejos y escrutaba las bocacalles. Se aseguraba de que no los siguieran.
—Hay otra cosa —dijo Ariel.
Caleb esperó.
—En el sueño, Michael podía meterse en la mente de la gente estando despierto.
De pie en un parque, en plena tarde, le sacó a Danny sus secretos como si nada.
—Hizo una pausa y bajó la vista a sus manos, que acariciaban el lomo de Cosmo—.
Todo lo que yo he hecho ha sido en el espacio onírico, dormida.
Pero Michael lo hacía con los ojos abiertos.
—¿Quieres intentarlo?
—Quiero saber si puedo.
Cerró los ojos y tendió algo hacia fuera desde el lugar del pecho donde vivía la calidez. El lugar donde la conexión con Caleb se sentía profunda y constante. Buscó la frecuencia de Martin. Esa presencia oscura y fría a la que se había enganchado en el sueño.
Nada.
Tomó aire y empujó con más fuerza. Ignoró el latido detrás de los ojos y el cansancio que le calaba los huesos, y buscó más lejos.
Seguía sin haber nada. Solo el zumbido del motor y los latidos de Cosmo bajo su mano, y la calidez que irradiaba Caleb a su lado. Todo absolutamente corriente.
Abrió los ojos.
—¿Algo? —preguntó Caleb.
—No. —La palabra salió seca. Miró a través del parabrisas la calle vacía—. Nada. No lo siento en absoluto.
—Acabas de tener un ataque. Tu cerebro ha pasado por…
—Sé por lo que ha pasado mi cerebro. —Lo cortó, y enseguida suavizó la voz—. Perdona. Es que… ¿de qué sirve tener estas capacidades si solo funcionan cuando estoy inconsciente e indefensa? Cuando estoy despierta y de verdad las necesito, no hay nada.
Caleb no le ofreció consuelo ni frases hechas. Se limitó a seguir conduciendo mientras el silencio se alargaba. A Ariel se le fueron cerrando los párpados. La adrenalina que la había sacado de la cabaña iba menguando. La reemplazaba un cansancio aplastante.
A su lado, Caleb soltó un largo resoplido y se irguió contra el asiento.
—Quiero ir a casa de mi madre. Asegurarme de que la casa está segura.
Se le había ido el color de la cara. Bajo el resplandor del salpicadero parecía pálido y descolorido. Ella cruzó la mano por encima de la consola central y la posó sobre su brazo. Apretó para darle ánimos.
—Sí. Buena idea. Vamos —dijo.
***
Caleb aparcó la camioneta unas casas más allá, en el lado contrario de la calle. Lo bastante cerca para ver la puerta y la entrada de la casa de su madre, pero lo bastante lejos para no despertarla.
La casa descansaba en silencio en la oscuridad. La luz del porche estaba encendida, bañando los escalones de la entrada y parte del césped con un cálido resplandor ámbar. El SUV de Larry estaba aparcado detrás del coche de Josie en la entrada.
Caleb apagó el motor y se quedó un momento sentado, escrutando la calle.
—Quédate aquí.
—Qué gracioso.
La miró. Suspiró.
—Vale. Pero tenemos que ir con cuidado.
Salieron y Ariel dejó a Cosmo en el suelo, donde trotó junto a ellos, las uñas repiqueteando suavemente sobre el pavimento.
No se oía nada en ninguna parte. La más leve brisa agitaba los árboles que flanqueaban la calle, y la niebla se deslizaba por los céspedes y se arremolinaba alrededor de los parterres y los coches aparcados.
Caleb se dirigió al lateral de la casa. Ariel lo siguió, con Cosmo pisándole los talones.
Todas las ventanas estaban cerradas y con el pestillo echado.
La puerta de atrás, con llave. La cancela del patio lateral, asegurada.
Ni huellas en los parterres ni marcas en los alféizares. Todo parecía normal.
Siguió rodeando la casa hasta la fachada y subió al porche. Las tablas no crujieron: Larry mantenía la casa en buen estado. Caleb se inclinó hacia la ventana estrecha que había junto a la puerta y se hizo visera con las manos para atisbar a través del cristal.
—La alarma está puesta. Están dentro. Sanos y salvos —dijo en voz baja.
Ariel vio cómo el alivio se abría paso por él. La tensión de los hombros se le soltó, y exhaló larga y lentamente. Apoyó la palma extendida contra la puerta principal y la mantuvo ahí, como si lanzara un hechizo.
Volvieron a la camioneta y subieron.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Ariel.
Ninguno de los dos tenía una buena respuesta. No podían irse de Bellevoix. Huir no resolvía el problema ni hacía justicia por Rachel, y suponía dejar a Josie expuesta. No podían acudir a la policía, porque ¿qué iban a decir? ¿Que un hombre con el que habían soñado era peligroso?
Tenían a Bolton, pero Bolton estaba en Chicago. Podía coordinarse con la policía local, pero allí no tenía jurisdicción. Necesitaban encontrar a Martin. Hacerle pagar por Rachel, por Gayle y por todo lo demás que hubiera hecho y que ellos aún no habían destapado.
—De momento, lo mejor es quedarnos aquí —dijo Caleb—. Vigilar la casa. Turnarnos para dormir algo.
No era un plan, en realidad. Más bien un compás de espera. Pero era todo lo que tenían a las dos de la madrugada.
Ariel acomodó a Cosmo en su regazo y apoyó la cabeza contra la ventanilla.
El cristal estaba fresco y le aliviaba la sien.
Le dolía todo el cuerpo. Incluso en sitios que no sabía que pudieran doler.
Los moratones de los brazos le palpitaban al ritmo del pulso, acompañados del dolor de cabeza sordo que se le había instalado detrás de los ojos.
Caleb estaba sentado con las manos en el regazo, la mirada clavada en la casa de su madre y en las sombras justo más allá del charco de luz del porche.
Pasaron los minutos. El tiempo se difuminó y se ablandó. En algún punto a lo lejos ululó un búho.
Entonces apareció un coche al fondo de la calle.
Avanzaba despacio, con los faros iluminando casas, árboles y coches aparcados. Pasó junto a su camioneta y se detuvo delante de la casa de Josie.
Caleb se irguió. Los faros del coche se apagaron y, por un instante, no pasó nada. El coche se quedó ahí, una forma oscura contra la carretera aún más oscura.
Entonces se abrió la puerta del conductor y una figura salió. Un hombre.
Cerró la puerta tras de sí y caminó sobre la hierba. Sus movimientos eran firmes. No dudó ni miró alrededor. Siguió caminando sin más hasta plantarse en mitad del césped delantero.
Se giró hacia la camioneta de Caleb y los miró fijamente. Tras un instante, sacó un teléfono del bolsillo y la pantalla se iluminó con un brillo azulado sobre su cara enjuta y curtida.
Martin Kersley.
Dentro de la camioneta, Ariel buscó el brazo de Caleb. Los músculos eran de hormigón bajo sus dedos. Él respiraba de forma superficial. Cosmo se puso de pie y apoyó las patas delanteras en el salpicadero, con un gruñido grave en la garganta.
Fuera, la luz del porche ardía como un halo alrededor de la cabeza de Martin.
Y la puerta de Josie estaba a solo una docena de pasos de donde él se encontraba.