Capítulo 33 #2
La bota de Caleb le rozó los cuartos traseros al perro.
Trastabilló y a duras penas se sostuvo contra el marco de la puerta con la mano libre, mientras Ariel se tambaleaba hacia un lado.
Cosmo soltó un gañido, pero no se movió…
se plantó justo en su camino, con los ojos fijos en Ariel, sin ceder terreno.
—Aparta, Cosmo.
Caleb pasó por encima de él con cuidado y guio a Ariel alrededor del perro y hasta el baño.
La sentó en el borde de la bañera… mojó un paño en el lavabo y luego le limpió la sangre de la cara con movimientos suaves. Con una mano le levantó la barbilla mientras con la otra le daba toquecitos en el labio superior, la mejilla y el reguero seco que le había corrido hasta la oreja.
Ella se dejó. Sin discutir ni apartarle la mano de un manotazo. Sin insistir en que estaba bien. Eso le indicó lo mal que debía de sentirse.
La hemorragia nasal había cesado y la sangre de la cara estaba seca y pegajosa. Ya viraba a un marrón herrumbroso. Aclaró el paño y frotó una y otra vez hasta dejarle la piel limpia.
Y, mientras lo hacía, ella fue volviendo en sí. Lo notó por cómo se le agudizaba la mirada y se le enderezaba la postura. Le volvió algo de color a la cara: no mucho, pero sí lo suficiente para que ya no pareciera un cadáver.
Caleb dejó el paño en el borde del lavabo y se acercó a la pequeña ventana que había encima del inodoro. Apartó la cortina y miró fuera. La calle estaba a oscuras.
Todas las casas que alcanzaba a ver desde la ventana estaban a oscuras. Ni luces de porche ni parpadeos azules de pantallas de televisión. Las farolas que normalmente proyectaban conos naranjas a lo largo de la carretera también estaban apagadas.
—No somos solo nosotros —dijo.
Ariel se pasó una mano por la frente.
—¿Qué quieres decir?
—Toda la calle está sin luz. No veo ni una sola luz por ninguna parte. —Dejó que la cortina volviera a su sitio y se giró hacia ella—. Hemos tumbado la red eléctrica. O parte de ella.
Ella no dijo nada durante un momento, se quedó ahí sentada con los brazos colgando entre las rodillas, los moratones muy marcados a la luz de la linterna. Entonces levantó la cabeza de golpe y lo miró.
—Estaba vigilando la cabaña —dijo.
La escena del sueño le golpeó de lleno en la boca del estómago.
—Nos vio. Ha estado en la casa.
—Y yo estaba… en su mente —dijo Ariel. Hizo una pausa. Apretó los labios—. Cualquier duda que tuviera después de matar a Rachel ha desaparecido. Ya no está confundido. Está convencido de que tiene que destruirme.
Caleb apoyó las manos en el lavabo. La porcelana estaba fría contra las palmas.
—No podemos quedarnos aquí —dijo.
—No.
—Deberíamos irnos. Ahora mismo.
Ariel se agachó y cogió a Cosmo de donde estaba acurrucado contra sus espinillas. Se lo apretó contra el pecho y se puso de pie.
—Ahora mismo —convino ella.
Se movieron deprisa por la cabaña, como si lo hubieran ensayado. Caleb barrió el dormitorio con la linterna del móvil y sacó una bolsa de lona del armario. Metió ropa a empujones sin importarle demasiado qué cogía.
La bolsa de Ariel seguía a medio hacer desde Chicago. Volvió a meter las cosas dentro y la cerró con la cremallera. Caleb cogió su cargador de la mesilla y el de ella de la mesa de la cocina, donde tenía el móvil enchufado.
Cogió la bolsa de pienso de la encimera y la metió en la bolsa de lona. Añadió dos botellas de agua de la nevera y una caja de barritas de proteínas del armario de encima de los fogones. Agarró las llaves de la camioneta del cuenco de la mesa junto a la puerta.
Ariel metió el portátil y la cámara en sus fundas. Volvió a coger a Cosmo, se lo acomodó contra el pecho, luego se colgó la bolsa de un hombro y agarró el asa de la maleta con ruedas, arrastrándola tras de sí.
—Ya está todo —dijo.
Caleb echó un último vistazo al salón, con el televisor apagado y a oscuras, y al dormitorio, con las sábanas y la funda de almohada salpicadas de sangre.
Cogió el trozo de tela y se lo guardó en el bolsillo.
No sabía muy bien por qué se lo llevaba.
Quizá como prueba. De qué, no habría sabido decirlo, pero no pensaba dejarlo allí.
Cerró la puerta principal con llave tras de sí.
Se quedaron en el porche, rastreando la propiedad con la mirada en busca de cualquier señal de Martin Kersley.
Unas casas más allá, el haz de una linterna se movía tras una ventana.
Alguien más estaba despierto e intentaba averiguar por qué se había ido la luz.
En algún punto más lejano, un perro ladró. Luego se le unió otro.
Pero ni rastro del pastor.
Subieron a la camioneta y Caleb giró la llave en el contacto. El motor arrancó a la primera, y la tensión de los hombros se le aflojó un poco. Salió a la carretera, y los faros abrieron dos túneles de luz en la calle inquietantemente oscura.
Ariel iba en el asiento del copiloto con Cosmo en el regazo, un brazo rodeando su cuerpecillo y una mano acariciándole el lomo despacio, de arriba abajo. Tenía la cara hundida en el pelo de la coronilla del perro. Cosmo se acurrucaba contra ella, los ojos oscuros entornados.
Bajo el resplandor del salpicadero, Caleb la observó respirar contra el pelo del perro, con la mano acariciándolo sin parar. Lo estaba dejando entrar. Por fin. Recibía consuelo y lo devolvía a partes iguales.
—¿Adónde vamos? —preguntó Ariel, con la voz amortiguada contra Cosmo.
—No lo sé.