Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

El chico mayor atrapó la pelota y volvió la cabeza hacia su hermano. Sonrió con sorna.

—Te gusta Gemma Stark. Lo vi anoche en tu cabeza. Fingiste perder el libro para compartir el suyo en geografía. Olía bien, ¿eh? A fresas o algo así. —Puso una cara de pena fingida—. Siento decírtelo, Marty, pero le pareces un pringado.

—Cállate. Si ni siquiera me gusta. Se lo voy a decir a mamá. —El chico más pequeño —Martin, comprendió Ariel con un sobresalto— se levantó de la cama de un impulso—. Mamá, Michael está haciendo cosas malas otra vez con la mente.

Antes de que la versión infantil de Martin llegara a la puerta, su hermano lo agarró por detrás y lo hizo girar en redondo.

—No puede oírte, y no vas a decir nada, chivato idiota.

De todos modos no te creerá, y le contaré que fuiste tú quien le rompió el plato especial, el de las rosas.

—Michael sonrió al ver la expresión horrorizada en la cara de Martin—.

Pues claro que sabía que habías sido tú.

Puedo averiguar todo lo que has hecho en tu vida. Todo lo que has pensado alguna vez.

—No deberías meterte en la cabeza de la gente. Está mal. —La voz de Martin sonaba forzada, como si intentara no llorar—. Coges cosas que no son tuyas.

Michael se dejó caer de nuevo en la cama, cogió la pelota y reanudó sus lanzamientos al aire.

—Lo que pasa es que tienes envidia porque tú no sabes hacerlo.

La habitación y los chicos se desvanecieron.

Ariel parpadeó contra los colores arremolinados mientras otra escena se formaba a su alrededor.

Un parque con un campo de béisbol. Era principios de primavera, con los árboles apenas empezando a insinuar las hojas.

El aire era fresco pese a la luz brillante del sol.

El joven Martin y un chico flaco con gafas estaban sentados en las gradas, revisando cromos de béisbol.

—Te cambio mi George Brett por el Hank Aaron —dijo el chico.

Martin se apretó el cromo de Hank Aaron contra el pecho.

—Vaya pringado estás hecho, Danny. Aaron vale el Brett y por lo menos dos más.

—Ni hablar —dijo Danny, apretándose también su cromo contra el pecho.

Michael y otros dos se acercaron. Los tres eran altos y larguiruchos, a la manera de los chicos recién pasada la pubertad que aún no han terminado de encajar en su propio cuerpo.

Martin vio los ojos de Michael clavados en Danny. Vio la sonrisa de suficiencia. Ariel notó cómo el corazón de Martin se aceleraba, como si estuviera en su propio pecho.

—Vamos. Volvamos a mi casa —le dijo Martin a su amigo.

Michael señaló con el dedo.

—Anda, pero si es Danny Walker. ¿Sigues meándote en la cama?

La boca de Danny se abrió. Se cerró. La cara se le puso roja como un tomate. La mano se le cerró en torno al cromo y lo aplastó sin darse cuenta.

—No me lo creo. ¿De verdad se mea en la cama? —preguntó uno de los amigos de Michael.

—Pues sí. He oído que por la noche lleva de esos pañales —los que tienen ositos azules—, igual que un bebé —dijo Michael, con el labio curvado en una mueca de desdén.

Ariel vio temblar la barbilla de Danny. Tras las gafas del chico, los ojos se le llenaron de lágrimas mientras la vergüenza le inundaba la cara.

—Seguro que su mamá todavía lo lleva al baño y le limpia el culito —dijo el segundo amigo.

La rabia llenó el pecho del joven Martin, su emoción derramándose en Ariel como lava. Se levantó, se interpuso entre su hermano y Danny.

—Callaos. Tenéis que callaros todos de una puta vez.

Mientras los tres adolescentes se reían, Martin recogió a toda prisa los cromos y los metió en la caja especial de viaje. Danny seguía sentado como petrificado. Martin agarró la mano de su amigo y tiró, pero Danny no se movió. Tenía los ojos fijos en algo por encima del hombro de Martin.

Martin se volvió y vio a su hermano mirando fijamente a los ojos de Danny como si tratara de hipnotizarlo. El miedo le recorrió la columna, le atenazó la garganta.

—Para. Déjalo en paz —le gritó a Michael.

Los amigos de Michael cantaban « el meón es un llorica » y aullaban de risa, pero Michael no se unió. Su atención seguía fija en Danny, los ojos brillantes de satisfacción.

La presión creció en el pecho de Ariel. Miedo y la más honda sensación de malos presagios. Quería apartar la vista, salir corriendo, pero no lograba obligarse a moverse.

Entonces Danny emitió un sonido. Una especie de grito ahogado y las manos le volaron a la cabeza mientras se desplomaba por el extremo de las gradas. Cuando aterrizó sobre la hierba, su alarido fue desgarrador, y se hizo un ovillo.

La sonrisa de suficiencia había desaparecido de la cara de Michael.

Toda la sangre se le retiró del rostro, y se quedó allí plantado, mirando a Danny con los ojos muy abiertos y aterrados.

Apenas tuvo tiempo de levantar las manos antes de que Martin se abalanzara sobre él, un golpe con todo el cuerpo que lo hizo tambalearse de lado.

Los pies se le engancharon en el banco de abajo y cayó, con la cabeza golpeando el asiento metálico con un crujido espantoso.

El sonido se apagó primero, como si alguien bajara despacio el volumen. Luego la imagen se destiñó, con los colores virando al tono sepia de una vieja fotografía olvidada al sol, antes de borrarse poco a poco.

Ariel estaba de pie en la austera habitación de la cama individual y la cruz de madera. El vaso de agua seguía en la mesilla. Pero esta vez Martin estaba frente a ella, a apenas un par de metros.