Recuerda Huir (Sombras del Sueño 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

Estaban tumbados uno al lado del otro en la cama de Caleb.

La cabaña estaba en silencio, salvo por los sonidos del bayou —ranas e insectos— que se colaban a través de las paredes y el susurro del viento entre los árboles.

Cosmo estaba sentado en el suelo, junto a la cama, observándolos con la cabeza ladeada, mientras sus ojos oscuros y líquidos iban de una cara a otra como si tratara de entender qué se traían entre manos.

¿Debía unirse a la fiesta o quedarse al margen?

Por lo visto se decantó por lo segundo y trotó hasta su cama, escarbó en la manta esponjosa, luego se hizo un ovillo y apoyó el hocico entre las patas delanteras.

Ariel miraba el techo.

—Esto es ridículo.

—Lo has sugerido tú.

—Ya lo sé. Lo he sugerido yo. Tengo derecho a pensar que mi propia sugerencia es ridícula.

Sentía el calor de su cuerpo al lado. El tirón familiar en el pecho y el hilo que los unía ya tenso.

—Bueno, ¿y cómo hacemos esto exactamente? —preguntó Caleb.

—¿Y yo qué sé? No es que haya un manual ni nada.

Él volvió la cabeza sobre la almohada. Ella notó su mirada en un lado de la cara.

—Dame la mano —dijo.

Ella vaciló. No porque no quisiera, sino porque de pronto hasta ese pequeño contacto se le antojaba demasiado íntimo.

Cada vez que se tocaban, su conexión se intensificaba.

La calidez se extendía y se hacía más fuerte.

El mundo exterior se volvía más silencioso. Lo que había entre ellos, más fuerte.

Y todavía le daba un poco de miedo.

Aun así, lógicamente tenía sentido que se dieran la mano mientras se quedaban dormidos. Quizá ayudara a mantener la conexión hasta el plano de los sueños. Así que cruzó el espacio que los separaba y entrelazó los dedos con los de él.

El calor fue inmediato. Empezó en las palmas unidas, luego le subió por el brazo, le cruzó el pecho y le bajó por el vientre. No dolía. Todo lo contrario, de hecho. Se le filtraba, calmándola, en lugares que ella sola no alcanzaba.

Los dedos de Caleb se cerraron en torno a los suyos. Notó el pulso en las yemas de los dedos de él, regular y fuerte, como un metrónomo. Como si le dijera que podía contar con él.

—Cierra los ojos —dijo ella.

—Si los tengo cerrados.

—Bien. Ahora calla y déjame concentrarme.

Intuyó su sonrisa.

Ariel cerró los ojos y respiró. Inspiró por la nariz. Espiró por la boca. Contando los tiempos de la respiración cuadrada. Como se serenaba antes de una toma difícil.

Mientras el ventilador de techo giraba sobre ellos, su sombra recorría despacio la habitación en círculos.

La calidez de las manos unidas palpitaba. La respiración de Caleb seguía siendo profunda y regular. Los sonidos del bayou se alejaron. Su propia respiración se fue ralentizando hasta que dejó de oírla.

Y entonces ya no estaba allí.

***

Ariel abrió los ojos a la nada.

Fue lo primero que registró. No solo oscuridad, sino un vacío que resonaba. Como si estuviera en el plató de una película sobre el espacio exterior justo antes de empezar a rodar.

Estaba de pie, o más bien suspendida. No había suelo bajo ella y, sin embargo, no caía. El espacio a su alrededor se extendía en todas direcciones, inmenso y sin fondo. Esparcidos por él había puntos de luz.

No parecían estrellas. Estaban demasiado cerca de ella y entre sí, y palpitaban despacio en un ritmo que le recordó a la respiración. O a los latidos. Como si cada lucecita estuviera viva.

Caleb estaba a su lado. Percibió su presencia antes de verlo.

Seguía teniéndole la mano cogida y la conexión entre ambos era visible allí.

Una auténtica fibra luminosa que iba de una palma a otra y brillaba con un suave dorado.

Mientras ella la contemplaba maravillada, la luz dorada se avivó y se extendió, subiéndoles por los brazos.

—¿Estás bien? —preguntó ella.

—Define «bien».

—De pie y respirando.

—Entonces sí, supongo que estoy bien. —Los puntos de luz palpitaban a su alrededor, suaves y persistentes—. ¿Dónde estamos? —preguntó.

—En ningún sitio todavía. —Las palabras le brotaron con seguridad. Como si alguna parte de ella hubiera estado allí antes… aunque su mente consciente no lograra enfocarlo—. Creo que esto es el espacio intermedio. El lienzo en blanco. No hemos ido a ninguna parte.

Él la miró. En aquel lugar sus ojos eran más dorados que color avellana. El resplandor de las manos unidas se le extendía por los hombros y le iluminaba la cara.

—Suena a que sabes lo que haces —dijo.

—Lo estoy fingiendo.

—Pues resultas bastante convincente.

—Soy una profesional. —Volvió a echar un vistazo al espacio inmenso, a las luces que respiraban—. Aunque tengo que reconocer que normalmente finjo con una cámara en las manos, no flotando en un vacío cósmico.

Una voz llegó desde detrás de ellos. Cálida y divertida, y tan maravillosamente familiar que a Ariel se le entrecortó el aliento.

—Flotando en un vacío cósmico. Muy dramático. ¿Lo has ensayado?

Rachel apareció a la vista y se detuvo a poca distancia.

Unos tres metros, quizá, aunque la distancia era difícil de calcular en un lugar sin suelo ni paredes.

Llevaba vaqueros y una sudadera. Esta vez no la gris manchada de sangre, sino una azul que Ariel reconoció como su favorita.

Le hizo absurdamente feliz saber que Rachel podía elegir su vestuario en el más allá.

La larga melena rubia de Rachel le caía suelta sobre los hombros y tenía los pies descalzos. Las uñas de los pies pintadas del mismo azul que la sudadera. Estaba exactamente igual que siempre.

—Rachel. —La voz de Ariel se quebró con la palabra.

—Hola. —Rachel sonrió. Aquella sonrisa deslumbrante, capaz de iluminar una habitación, que Ariel había fotografiado al menos mil veces sin llegar nunca a capturarla del todo—. Ya era hora.

—No sabía cómo…

—Créeme, lo entiendo. La mujer que no cree en nada que no pueda fotografiar ha tenido que aprender a soñar a propósito. ¿Qué tal te va con eso?

—Fatal.

—Cómo no. —Los ojos de Rachel se desviaron hacia Caleb y su sonrisa cambió. Se volvió más cálida y se llenó de un punto de picardía—. Hola, guapo.

Caleb parpadeó.

—Hola.

—Eres más alto de lo que esperaba. Y más fornido. Los hombros son… —Hizo un gesto amplio, del todo teatral—. Doy mi aprobación. Oficialmente. Ariel necesitaba a alguien sólido, por dentro y por fuera.

—Rach, para —dijo Ariel sin inflexión.

—¿Qué? Estoy muerta, no ciega.

Ariel se tapó los ojos con una mano.

—Esto es justo lo que me temía.

Rachel se rio, pero luego su expresión se puso seria.

—Vale. A ver, el caso es este. Vosotros dos habéis hecho algo de lo que la mayoría de los cerebros humanos jamás serían capaces.

Habéis entrado en este espacio a propósito.

Juntos. Eso es enorme. —Se acercó a ellos con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera—.

Pero básicamente estáis al volante de un deportivo trucado que no habéis conducido nunca, y el motor ya está rugiendo.

—Menuda analogía —masculló Ariel.

Rachel la señaló.

—Es la analogía perfecta, y lo sabes, porque fuiste la peor alumna de autoescuela de la historia del estado de Illinois. Asustaste tanto a aquel profesor que lo dejó a la semana siguiente.

—No lo dejó.

—Lo dejó, Ari. Lo comprobé. Se metió en el negocio inmobiliario.

—Eso no es… —Ariel se detuvo. Negó con la cabeza—. Vale. Lo que tú digas. Empecé con mal pie, pero ahora conduzco de maravilla. ¿Podemos pasar página, por favor?

—Sí. Porque esto es más difícil que conducir.

Mucho más difícil. —La mirada de Rachel saltó de uno a otro—.

Lo ideal habría sido que desarrollarais vuestras capacidades de pequeños.

Como aprender a andar antes de correr. En lugar de eso, os llenaron de fármacos y usaron máquinas para estimularos hasta forzar las conexiones y abrirlas de par en par.

Y luego, después, os borraron los recuerdos, lo que dañó las propias vías.

Rachel hizo una pausa y miró a Ariel.

—Tú sobre todo. En tu caso el borrado fue más profundo. Muchas más cicatrices. Aún puedes llegar, pero el trayecto es accidentado y cuesta mantener la conexión.

—¿Por eso me sangra la nariz?

—Y por eso tienes dolores de cabeza y ves doble. Tu cerebro intenta empujar la señal a través del cableado dañado. Y a veces se sobrecarga. —Rachel se giró hacia Caleb—. Ahí es donde entras tú.

Caleb se irguió.

—¿Qué quieres decir?

—Sientes la energía que hay entre vosotros, ¿verdad? Esa corriente que chisporrotea.

—Sí.

—Cuando ella empuja —y va a empujar, porque es lo único que sabe hacer—, la energía se dispara.

Se hincha hacia fuera. Se vuelve inestable y caótica.

—Rachel mantuvo los ojos fijos en los de él—.

Lo notas suceder, como una vibración que va demasiado rápido o un zumbido apremiante.

Tu trabajo es suavizarla y calmar la frecuencia.

Tú no eres el motor, Caleb. Eres el regulador. Sin ti, ella se quema.

—¿Cómo sabes tú todo esto? —preguntó Ariel, cruzándose de brazos.

Rachel sonrió de oreja a oreja.

—Estoy muerta, ¿recuerdas? Porque, mi querida amiga tan cínica, en este plano puedo acceder a muchísimo más conocimiento. Y he estado aquí antes. Las dos. Lo que pasa es que no lo recordamos cuando estamos en nuestros cuerpos terrenales.

—Y eso de suavizar, ¿cómo lo hago exactamente? —preguntó Caleb.

—Ya lo sabes. Lo has estado haciendo mientras dormías, las otras veces que compartiste sueños con ella. Lo que pasa es que no te dabas cuenta de que lo hacías. Fíate de tu instinto, eres mejor de lo que crees —dijo Rachel con una sonrisa dulce.

Ariel los observaba. Rachel hablándole a Caleb con su soltura natural y Caleb escuchando con esa atención concentrada y esa seriedad tan suyas.

Las dos personas más importantes de su vida —una muerta, otra viva—, juntas en aquel espacio surrealista, hablando de su cerebro averiado como si fuera el motor de un coche que necesitaba una puesta a punto.

Deseaba fotografiar aquel momento con tantas ganas que le dolían los dedos.

—Vale. Basta de cháchara —dijo Ariel, antes de ponerse demasiado sentimental—. Quiero encontrar a Martin.

El ambiente del paisaje onírico cambió… pasó de las instrucciones en tono de broma al silencio. Rachel retrocedió un paso y apartó la mirada.

—Es el que te mató, ¿verdad? —dijo Ariel.

Rachel no contestó de inmediato. Volvió a meterse las manos en los bolsillos de la sudadera y se frotó un pie descalzo con el otro. Al fin, su mirada regresó a la de Ariel, con los ojos solemnes.

—Sí —dijo.

—Entonces tengo que encontrarlo.

—Eso es más difícil que nada de lo que hayas hecho antes.

—La voz de Rachel sonaba dubitativa—. Lo que has visto hasta ahora en tus sueños era tu propio pasado.

Cosas que ya están dentro de tu cerebro, aunque te las hayan ocultado.

Entrar en la mente de otra persona es distinto.

Tienes que llegar más allá de ti misma. Encontrar su frecuencia.

Luego engancharte a ella y mantener la conexión mientras tus vías dañadas intentan zafarse de ella.

—Puedo hacerlo.

—Sé que puedes. O podrás, con tiempo y práctica.

—Puedo hacerlo ahora, Rach.

Rachel le estudió la cara unos instantes y luego asintió.

—Empieza por algo reciente. Su energía ha rondado la zona de Bellevoix estos últimos días.

Debería haber rastros residuales. Es como…

—Buscó la palabra—. Como un rastro de olor.

El eco del lugar por donde pasó la conciencia de alguien, incluso después de que el cuerpo haya seguido su camino.

Primero encuentra el rastro del eco. Síguelo. Luego intenta llegar al origen.

Ariel cerró los ojos y tendió algo hacia fuera.

No con las manos, sino desde ese lugar del pecho donde vivía la calidez.

Donde la conexión con Caleb se sentía fuerte y profunda.

La empujó hacia fuera, buscando a tientas…

¿qué? No lo sabía. Una presencia. Una frecuencia.

La energía de una mente que había conocido de niña pero que ahora solo había visto a través de fotos y testimonios de terceros.

Durante varios segundos no hubo nada salvo la sensación del espacio inmenso y las lucecitas palpitando a su alrededor.

Entonces notó un parpadeo.

A diferencia de la energía cálida y serena de Caleb, esta era fría y rígida. Férreamente controlada. Como un soldado siempre en su puesto.

La siguió.